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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– Sí, en realidad lo hay…

– Explícamelo -insistió ella con afecto.

– Ya pensó en ello Cayo Servilio Glaucia, pero a Lucio Apuleyo no le gusta nada y los dos intentan disuadirme, y yo no se…

– ¿Tan nuevo es? -inquirió ella, consciente de la fama de Glaucia.

– Bastante.

– Explícamelo, por favor, Cayo Mario.

Sería un alivio contárselo a alguien que no tenía que actuar de un modo interesado, si no era a favor de su propio marido, pensó Mario, cansado.

– Julia, yo soy un militar y me gustan las soluciones militares -dijo-. En el ejército todos saben que cuando doy una orden es la mejor posible que las circunstancias permiten. Por eso todos se aprestan a obedecerla sin cuestionarla, porque me conocen y confían en mí. Bien, esa pandilla de Roma también me conoce y deberían confiar en mí, pero ¿lo hacen? ¡No! Están tan apegados a que se hagan las cosas a su manera, que ni siquiera se fijan en las ideas de los demás por mejores que sean. Voy al Senado sabiendo de antemano que voy a encontrarme con un ambiente de odio y de protestas que me agota antes de empezar. Soy demasiado mayor y habituado a mis modos para darles importancia, Julia. ¡Son unos idiotas y van a destruir la república si siguen haciendo como si las cosas no hubiesen cambiado desde los tiempos en que Escipión el Africano era niño! ¡El asentamiento que propongo para los soldados es una buena idea!

– Lo es -asintió Julia, ocultando su consternación. Aquellos últimos días, Mario estaba abatido y en lugar de parecer más joven, se le veía más viejo; por primera vez en su vida estaba engordando, por estar tanto tiempo sentado en reuniones en lugar de andar al aire libre. Y el pelo ya se le encanecía y empezaba a perderlo. Indudablemente era más beneficioso para el cuerpo de un hombre la guerra que la legislación-. ¡Cayo Mario, acaba de una vez y cuéntamelo! -insistió.

– Esta segunda ley tiene una cláusula adicional especial que ideó Glaucia -contestó Mario, comenzando a pasear de nuevo-. En un plazo máximo de cinco días después de la aprobación de la ley se exige a los senadores que juren defenderla para siempre.

Julia, sin poder evitarlo, se llevó las manos a la garganta para contener un grito, miró desconcertada a Mario y profirió la palabra más fuerte de su vocabulario:

– ¡Ecastor!

– Te sorprende, ¿verdad?

– ¡Cayo Mario, no te lo perdonarán nunca si la incluyes en la ley!

– ¿Crees que no lo sé? -replicó él a voces, alzando las manos como garras hacia el techo-. Pero ¿qué quieres? ¡Si no, no consigo esas tierras!

– Estarás muchos años en el Senado -dijo ella, humedeciéndose los labios-. ¿No puedes tratar de defender el cumplimiento de la ley?

– ¿Defenderla? ¿Y cuándo acabaría? -inquirió él-. ¡Estoy harto de luchar, Julia!

– ¡Oh, bah! -replicó ella fingiendo burlona irrisión-. ¿Cayo Mario cansado de luchar? ¡Si has luchado toda tu vida!

– Pero era una lucha distinta -replicó él-. Esto es sucio; no hay reglas y no sabes quiénes son ni dónde van a surgir tus enemigos. ¡A mí que me den una batalla precisa y al menos el resultado es rápido y limpio, vence el mejor! Pero el Senado de Roma es un burdel en el que se dan las conductas más ignominiosas, y yo me paso los días gateando en ese fango. Mira, Julia, de verdad te lo digo, ¡prefiero bañarme en la sangre de una batalla! Y si hay alguien tan ingenuo que crea que la intriga política no destruye más vidas que cualquier guerra, merece todas las adversidades que depara la política.

Julia se puso en pie y se acercó a él, le obligó a que dejase de pasear y le cogió las manos.

– Siento decirlo, mi amor, pero el foro político no es lugar para un hombre tan directo como tú.

– Si hasta ahora no lo sabía, desde luego; ahora si -replicó él, cabizbajo-. Supongo que habrá que hacerlo con la maldita cláusula especial de Glaucia. Pero, como no deja de decirme Publio Rutilio, ¿adónde iremos a parar con todas esas leyes de nuevo cuño? ¿Estamos realmente sustituyendo lo malo por lo bueno? ¿O simplemente cambiándolo por algo peor?

– Eso el tiempo lo dirá -dijo ella, tranquila-. Suceda lo que suceda, Cayo Mario, nunca olvides que siempre habrá profundas crisis de gobierno, que la gente siempre andará diciendo en tono horrorizado que esta o aquella ley son el hundimiento dé la república y que Roma ya no es lo que era. Lo sé porque he leído que Escipión el Africano lo decía de Catón el censor. Y es muy probable que algún antepasado de los Julios César lo dijese de Bruto cuando mató a sus hijos. La república es indestructible, y todos lo saben aunque se desgañiten diciendo que está condenada. Así que no pierdas de vista ese hecho.

Su buen humor le estaba apaciguando; Julia advirtió su satisfacción porque el fulgor rojo de sus ojos se desvanecía y la irritación desaparecía de su rostro. Era el momento de cambiar de tema, pensó.

– Por cierto, mi hermano Cayo Julio querría verte mañana, así que he aprovechado la ocasión para invitar a cenar a él y a Aurelia, si te parece bien.

– ¡Claro que sí, estupendo! -gruñó Mario-. ¡Se me había olvidado! Claro, va a salir para Cercina para establecer mi primera colonia de veteranos! -añadió desasiéndose de Julia y cogiéndose la cabeza con las manos-. ¡Por los dioses, qué memoria tengo! ¿Qué me está pasando, Julia?

– Nada -contestó ella para calmarle-. Necesitas un descanso, unas semanas fuera de Roma preferentemente. Pero como eso no podrá ser, ¿por qué no vamos juntos a buscar al pequeño Mario?

Aquel niño tan precioso, que aún no tenía nueve años, era el mejor de los hijos: alto, fuerte, rubio y con una nariz lo bastante romana para deleite de su padre. Que el niño mostrase más tendencia por lo físico que por lo intelectual, también complacía a Mario. El hecho de que siguiera siendo hijo único dolía a la madre más que al padre, porque Julia había sufrido dos abortos en los dos embarazos que siguieron a la muerte de su hermano menor, y ahora comenzaba a pensar que no podría nunca llevar un embarazo a buen término. Mientras que Mario estaba contento con tener un solo hijo y se negaba a creer que fuese a haber otro retoño.

La cena fue un éxito y no hubo otros convidados que Cayo Julio César, su esposa Aurelia y el tío de ésta, Publio Rutilio Rufo.

César se disponía a partir para Cercina, en Africa, al final del intervalo de mercado de ocho días, y estaba encantado con la encomienda, aunque había algo que empañaba su satisfacción.

– No estaré en Roma cuando nazca mi primer hijo -dijo sonriente.

– ¡No, Aurelia! ¿Otra vez? -exclamó quejumbroso Rutilio Rufo-. ¡Ya verás, será otra niña! ¿De donde vais a sacar otra dote?

– ¡Bah, tío Publio! -replicó la impenitente Aurelia, cogiendo un trozo de pollo-. Para empezar, no necesitaremos dote para las niñas. El padre de Cayo Julio nos hizo prometerle que no seríamos unos César engreídos y que mantendríamos a nuestras hijas al margen de la plutocracia. Así que pensamos casarlas con rústicos anodinos riquísimos -siguió sirviéndose trozos de pollo-. Y como ya tenemos la pareja de niñas, ahora vamos a tener niños.

– ¿Todos a la vez? -inquirió Rutilio Rufo con un guiño.

– ¡Oh, no estaría nada mal unos gemelos! ¿Es frecuente entre los Julios? -inquirió la intrépida madre a su cuñada.

– Creo que sí -contestó Julia-. Nuestro tío Sexto tuvo mellizos, aunque uno murió. César Estrabo es gemelo, ¿verdad?

– Exactamente -respondió Rutilio Rufo con una mueca-. A nuestro pobre amigo bizco le gusta poner sobrenombres adecuados y uno de ellos es "Vopiscus", que quiere decir superviviente de gemelos. Pero tengo entendido que le han puesto otro sobrenombre.

– ¿Cuál? -inquirió Mario por cuenta de los demás, que habían advertido el tono de malicioso regocijo en el comentario.

– Le ha salido una fístula en la parte inferior y alguien maliciosamente dijo que tenía culo y medio y empezó a llamarle Sesquiculus -dijo Rutilio Rufo.

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