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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Todos volvieron a tomar asiento con un suspiro. Dos empleados de la cámara trajeron una mesa y la colocaron ante Metelo el Numídico, quien se colocó agarrando la toga con la mano izquierda y apoyando la derecha por la punta de los dedos sobre la propia mesa. Los empleados abrieron la primera bolsa y la pusieron entre los dos sobre la mesa para verter una cascada de relucientes monedas que formaron un montón junto a la mano del Numídico. Su hijo hizo signo a los empleados de que dejasen la bolsa abierta a su lado y comenzó el recuento de las monedas, echándoselas rápidamente en el hueco de la mano situada junto al borde de la mesa.

– ¡Esperad! -exclamó Metelo.

Meneítos hijo se detuvo.

– ¡Contadlas en voz alta, cuestor del Tesoro!

Se oyó una especie de grito contenido y un gruñido generalizado.

Metelo hijo volvió a situar las monedas contadas en la mesa para comenzar otra vez.

– U… u… uno, do… do… dos, tr… tr… tres, cu… cu… cuatro…

Al anochecer, Mario se levantó de la silla curul.

– Padres conscriptos, se acaba el día y no hemos concluido. Pero en esta cámara no se prosigue la sesión una vez puesto el sol. Por consiguiente, sugiero que vayamos ahora al templo de Semo Sancus a prestar juramento. Debemos hacerlo antes de la medianoche para no violar una orden directa del pueblo -dijo mirando de través hacia donde estaba Metelo el Numídico, mirando cómo contaba su hijo, al que se le había acentuado notablemente el tartamudeo, aunque ya no se le notaba nervioso-. Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, es deber vuestro permanecer aquí vigilando esta larga tarea. Espero que lo hagáis. En consecuencia, os eximo de prestar juramento hoy; ya lo haréis mañana. O pasado mañana de no haber finalizado el recuento -añadió con un atisbo de sonrisa.

Quien no sonreía era Escauro. Pero echó la cabeza hacia atrás y soltó carcajada tras carcajada.

A finales de primavera, Sila regresó de la Galia itálica y pasó a ver a Cayo Mario nada más tomar un baño y cambiarse de ropa. Vio que Mario no tenía muy buen aspecto, cosa que no le sorprendió, porque hasta en el norte del país se habían difundido los detalles del clima en que se había aprobado la lex Appuleia, y no era necesario que Mario se lo contase. Se limitaron a mirarse mutuamente sin decir palabra como hacían cuando tenían que comunicarse algo esencial.

Sin embargo, una vez disipada la emoción del momento y consumida la primera copa de buen vino, Sila abordó la cruda realidad.

– Tu credibilidad ha sufrido un rudo golpe -dijo.

– Lo sé, Lucio Cornelio.

– Tengo entendido que por culpa de Saturnino.

– ¿Se le puede reprochar que me deteste? -replicó Mario con un suspiro-. Ha pronunciado cien discursos desde la tribuna y muchos de ellos ante asambleas no convocadas oficialmente. Todos me acusan de haberle traicionado. Y, como es un espléndido orador, la historia de mi traición no ha perdido en su estilo de presentación a las masas. Y las arrastra. No sólo a los habituales del Foro, sino que los de la tercera, cuarta y quinta clase parecen fascinados al extremo de que siempre que tienen un día libre vuelven al Foro a escucharle.

– ¿Con tanta frecuencia habla?

– ¡Todos los días!

Sila lanzó un silbido.

– ¡Eso es una novedad en los anales del Foro! ¿A diario? ¿Llueva o haga sol? ¿En asambleas oficiales y no oficiales?

– Todos los días. Cuando el pretor urbano, su propio colega Glaucia, obedeció la orden del pontífice máximo de comunicarle que no podía hablar en días de mercado, fiestas y días no decretados de comicios, él hizo oídos sordos. Y como es un tribuno de la plebe, nadie se ha atrevido a bajarle de la tribuna -dijo Mario con aire preocupado-. En consecuencia, su fama va en aumento y ahora hay otra clase de habituales del Foro: los que acuden a oír las arengas de Saturnino. Tiene…, no sé cómo se dice, supongo que será una palabra griega, como de costumbre, tiene kharisma. Me imagino que la gente comparte su pasión porque, al no ser asiduos al Foro, desconocen los recursos de la retórica y no reparan en cómo gesticula o cambia de ritmo al caminar. No; se quedan allí embobados escuchándole y cada vez más enfebrecidos por lo que dice, vitoreándole como energúmenos.

– Tendremos que echarle un ojo, ¿no? -inquirió Sila, mirando muy serio a Mario-. ¿Por qué lo hiciste?

– No me quedaba más remedio, Lucio Cornelio -contestó Mario sin pensárselo dos veces-. La verdad es que no soy, ¿cómo diría?, lo bastante retorcido para ver todos los intríngulis si tengo que mantenerme un par de pasos por delante de hombres como Escauro. Me cazó tan limpiamente como era de desear. Tengo que reconocerlo.

– Pero en cierto modo has salvado el programa -dijo Sila, tratando de consolarle-. La segunda ley agraria sigue en pie y no creo que la Asamblea de la plebe ni la Asamblea del pueblo vayan a invalidarla. Al menos así me han dicho que están las cosas.

– Cierto -contestó Mario, sin abandonar su aire preocupado y encogiéndose de hombros con un suspiro-. Saturnino es quien gana, no yo, Lucio Cornelio. Es esa actitud de ofendido lo que mantiene aglutinada a la plebe, pero yo los he perdido -añadió amargado, alzando las manos-. ¿Cómo voy a acabar mi mandato este año? Es un tormento tener que caminar en medio de abucheos y silbidos por la zona del Foro cuando Saturnino está en la tribuna, y odio el hecho de tener que ir al Senado. Detesto esa pulcra sonrisa en el rostro arrugado de Escauro, detesto la sorna insufrible de la cara de camello de Catulo… No estoy hecho para la política, y es algo que apenas he descubierto.

– ¡Pero has llegado a lo más alto del cursus honorum, Cayo Mario! -dijo Sila-. ¡fuiste uno de los más grandes tribunos de la plebe! Conocías el terreno de la política y te encantaba, de lo contrario no habrías sido un buen tribuno de la plebe.

– Oh, en aquella época era joven, Lucio Cornelio -replicó Mario encogiéndose de hombros-. Y tenía buena cabeza. Pero no soy un animal político.

– Entonces ¿vas a dejar el centro del escenario a un lobo gesticulante como Saturnino? No me pareces el mismo Cayo Mario que yo conocía -añadió Sila.

– No soy el mismo Cayo Mario que conocías -dijo Mario con desmayada sonrisa-. El Cayo Mario de ahora está muy, muy cansado. ¡Es tan desconocido para mi como para ti, créeme!

– ¡Pues haz el favor de pasar el verano fuera de Roma!

– Es lo que pretendo hacer en cuanto formalices lo de Elia -contestó Mario.

Sila se quedó sorprendido y luego se echó a reír.

– ¡Por los dioses, lo había olvidado totalmente! -dijo poniéndose en pie grácilmente con la armonía de un hombre guapo y en la flor de la vida-. Mejor será que vaya a casa y me entreviste con nuestra mutua suegra, ¿no crees? Seguro que estará haciendo lo imposible por largarse cuanto antes.

– Sí, está deseando irse -dijo Mario-. Le he comprado una pequeña villa preciosa en Cumas.

– ¡Pues me voy a casa más raudo que Mercurio en busca de un contrato para repavimentar la Via Apia! -dijo alargando la mano-. Cuídate, Cayo Mario. Si Elia sigue decidida, ahora mismo formalizaré el matrimonio. Tienes toda la razón -añadió echándose a reír al recordar algo-, Catulo César tiene cara de camello. ¡Un engreimiento monumental!

Julia esperaba fuera del despacho para abordar a Sila antes de que se marchase.

– ¿Qué te ha parecido? -inquirió preocupada.

– Ya se repondrá, hermanita. Le han zumbado y está sufriendo. Llévatelo a Campania y que se bañe en el mar y se revuelque en rosas.

– Eso haré en cuanto te cases.

– ¡Me caso, me caso! -exclamó él, alzando las manos en gesto de rendición.

– Hay una cosa que no puedo quitarme de la cabeza, Lucio Cornelio -añadió Julia con un suspiro-, y es que este casi medio año en el Foro ha gastado a Cayo Mario más que diez años de campaña con el ejército.

Se habría dicho que todos necesitaban un descanso, pues cuando Mario marchó a Cumas, la vida pública de Roma cayó en una monótona apatía. Uno a uno, los notables fueron abandonando aquella ciudad inaguantable en pleno verano, época en que toda clase de fiebres entéricas asolaban el Subura y el Esquilino y hasta en el Palatino y el Aventíno mermaban las condiciones de salubridad.

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