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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– Bueno, ¿no es eso realmente el otorgamiento de la ciudadanía romana? Una adopción por la que se entra en la familia de Roma…

– Tienes razón -dijo Druso con un suspiro-. Lo único que cambia es el nombre. Pero la concesión de la ciudadanía no convierte en romano a un itálico ni a un griego. Conforme pasa el tiempo, el Senado se resiste cada vez más a crear romanos artificiales.

– Entonces, quizá sea cometido de los itálicos hacernos romanos artificiales -dijo Silo-, con la aprobación del Senado o sin ella.

Una segunda ley agraria siguió a la primera; ésta afectaba a todas las nuevas tierras públicas conquistadas por Roma en el curso de las guerras contra los germanos. Fue, con gran diferencia, la más importante de las dos, porque tales tierras eran prácticamente vírgenes y no estaban explotadas a gran escala por agricultores o ganaderos, y eran potencialmente ricas en minerales y piedras preciosas. Todas ellas se hallaban en la Galia Transalpina occidental, en torno a Narbo, Tolosa, Carcasso, y en la Galia Transalpina central, además de una zona en la Hispania Citerior, que se había sublevado mientras los cimbros presionaban junto a los Pirineos.

Había muchos caballeros romanos y muchas empresas deseosas de expansionarse en la Galia Transalpina, y todos habían cifrado sus esperanzas en la derrota de los germanos, solicitando de sus patrones en el Senado que les asegurasen el acceso al nuevo ager publicus Galiae. Por lo que ahora, al ver que la mayor parte iba a parar a manos de los soldados proletarios, asumieron una furiosa protesta, desconocida desde la época de los Gracos.

A medida que el Senado se endurecía, igual sucedió con la primera clase de caballeros, otrora principales partidarios de Mario, quienes ahora veían frustrada su posibilidad de convertirse en terratenientes absentistas de la Galia Ulterior y se volvieron sus más encarnizados adversarios. Los agentes de Metelo el Numídico y de Catulo César circulaban por todas partes divulgando acusaciones.

– Da lo que pertenece al Estado como si él fuese dueño de las tierras y el Estado propiedad suya -era una de las acusaciones, pronto generalizada.

– Pretende apoderarse del Estado, ¿por qué tiene que ser cónsul otra vez, ahora que se ha derrotado a los germanos?

– ¡Roma nunca ha recompensado a sus soldados con tierras!

– ¡A los itálicos se les da más de lo que merecen!

– ¡La tierra arrebatada a los enemigos de Roma pertenece exclusivamente a los romanos, no a latinos y a itálicos también!

– ¡Empieza con el ager publicus en el extranjero, pero antes de que nos demos cuenta estará repartiendo el ager publicus de Italia y se lo dará a los itálicos!

– ¡Se autoproclama tercer fundador de Roma, pero lo que realmente quiere es convertirse en rey de Roma!

Y la retahíla no acababa. Cuanto más clamaba Mario desde la tribuna del Foro y en el Senado que Roma necesitaba sembrar las provincias de colonias de romanos corrientes, que los soldados veteranos constituirían buenas guarniciones y que las tierras romanas en el extranjero las cuidarían mejor muchos hombres humildes que un puñado de hombres ilustres, más acerba se volvía la oposición. Crecía en vez de disminuir por reiterativa y cada día era más fuerte y tenaz. Hasta que, poco a poco, sutilmente, casi involuntariamente, la actitud pública ante la segunda ley agraria de Saturnino comenzó a cambiar. Muchos de los personajes relevantes de la plebe -y los había entre los que frecuentaban el Foro, así como entre los caballeros más influyentes- comenzaron a dudar de que Mario tuviera razón, porque nunca habían visto semejante oposición.

– No puede haber humo sin fuego -comenzaron a decirse entre sí y a los que los escuchaban porque eran personas importantes.

– Esto ya no es una rencilla senatorial; está demasiado generalizada.

– Cuando una persona como Quinto Cecilio Metelo el Numídico, que además de cónsul ha sido censor, y todos recordamos lo bien que actuó siendo censor, sigue acrecentando el número de partidarios, debe ser por algo.

– Ayer oí que un caballero cuyo apoyo necesita desesperadamente Cayo Mario le hizo un desaire en público, y que las tierras de Tolosa que tenía prometidas se las va a dar ahora a los veteranos proletarios.

– A mí me han dicho que le han oído decir que quiere conceder la ciudadanía a todos los itálicos.

– Es su sexto consulado y el quinto sucesivo. El otro dia le oyeron decir en una cena que ya no dejará de ser cónsul y que va a presentarse todos los años hasta que muera.

– ¡Lo que quiere es ser rey de Roma!

Éste fue el resultado de la campaña de rumores desatada por Metelo el Numídico y Catulo César. Y, de pronto, incluso Glaucia y Saturnino comenzaron a temerse que la segunda ley agraria estuviera condenada al fracaso.

– ¡Tengo que conseguir esas tierras! -exclamó Mario, desesperado, dirigiéndose a su esposa, que había estado varios días aguardando pacientemente a que hablase de sus asuntos con ella. No porque tuviese nuevas ideas que ofrecerle ni nada positivo que decir, sino porque sabía que era la única persona amiga que tenía a su lado. Sila había regresado a la Galia Transalpina después del triunfo y Sertorio había emprendido viaje a la Hispania Citerior para ver a su esposa germana y a su hijo.

– Cayo Mario, ¿es realmente tan esencial? -inquirió Julia-. ¿De verdad que tanto importaría si tus soldados no reciben tierras? A los soldados romanos nunca se les han concedido tierras; no existe ningún precedente. Y no podrán reprocharte que no lo hayas intentado.

– No lo entiendes -replicó él, impaciente-. Ya no tiene que ver con los soldados, sino con mi dígnítas, mi posición en la vida pública. Si no se aprueba la ley, dejaré de ser el primer hombre de Roma.

– ¿Y no puede ayudarte Lucio Apuleyo?

– Hace lo que puede, ¡bien lo saben los dioses! Pero en lugar de ganar terreno, estamos perdiéndolo. Me siento como Aquiles en el río, incapaz de salir del agua porque la orilla se aleja; subo un poco con grandes esfuerzos y luego retrocedo el doble. ¡Hay increíbles rumores, Julia! Y no hay modo de contrarrestarlos porque no se dicen abiertamente. Si hubiese una décima parte de verdad en las cosas que se me atribuyen, hace tiempo que me habrían condenado a empujar una roca cuesta arriba en el Tártaro.

– Bien, sí, las campañas de difamación no se pueden combatir -comentó Julia con toda naturalidad-. Tarde o temprano, los rumores se hacen tan absurdos que todos se despiertan con un sobresalto. Es lo que va a suceder en este caso. Te han matado, pero seguirán apuñalándote hasta que toda Roma esté más que harta. La gente es terriblemente ingenua y crédula, pero hasta los más ingenuos y crédulos tienen su límite. Estoy segura de que aprobarán la ley, Cayo Mario. No te impacientes y espera a que la opinión cambie de rumbo a favor tuyo.

– Oh, sí, es muy posible que sea como tú dices, Julia, pero ¿qué puede impedir que la cámara la derogue en cuanto Lucio Apuleyo cese en el cargo y yo no disponga de un tribuno de la plebe como él para contener al Senado? -gruñó Mario.

– Entiendo.

– ¿De verdad?

– Por supuesto. Soy una Julio César, esposo mío, lo que significa que me he criado oyendo comentarios sobre política, pese a que mi sexo me impidiese la carrera pública -replicó ella mordiéndose el labio-. Es un problema, ¿verdad? Las leyes agrarias no pueden llevarse a la práctica de la noche a la mañana; tardan toda una vida. Años y años. Hay que encontrar la tierra, medirla, parcelarla, hallar la gente que se ha inscrito para asentarse en ella, comisiones y personal adecuado. No se acaba nunca.

– ¡Has estado hablando con Cayo Julio! -dijo Mario, sonriente.

– Efectivamente. En realidad, es un asunto del que entiendo mucho -dijo ella dando una palmadita en el extremo vacío del sofá-. ¡ Siéntate, amor mío!

– No puedo, Julia.

– ¿No hay un modo de proteger esa legislación?

Mario dejó de pasear, se volvió y la miró por debajo de sus espesas cejas.

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