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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– Pues no puede aprobarse esa ley -dijo Ahenobarbo.

– No hay un solo tribuno de la plebe que se atreva a interponer el veto -añadió Marco Cota.

– Pues habrá que oponerse a ella basándonos en la religión -dijo Escauro, mirando intencionadamente a Ahenobarbo-. Si ellos han mezclado en esto a la religión, igual haremos nosotros.

– Creo que sé a lo que te refieres -dijo Ahenobarbo.

– Pues yo no -añadió Cota.

– Cuando llegue el día en que se vote la aprobación de la ley y los augures examinen los presagios para comprobar que los comicios no contravienen los deseos divinos, haremos que sean adversos -dijo Ahenobarbo-. Y seguiremos comprobando que son adversos hasta que uno de los tribunos de la plebe tenga valor para interponer el veto so pretexto de la religión. Y se acabó lo de la ley, porque la Asamblea de la plebe se cansa en seguida de las cosas.

El plan se llevó a la práctica y los augures declararon adversos los presagios. Desgraciadamente, Lucio Apuleyo Saturnino era también augur -un cargo a guisa de recompensa que se le concedió a instancias de Escauro cuando éste lo rehabilitó- y su interpretación de los presagios no concordaba.

– ¡Es un truco! -gritó a la plebe desde la tribuna-. ¡Mirad a esos paniaguados del Senado, padres de la patria! ¡Los presagios son favorables, pero lo que quieren es quebrar el poder del pueblo! ¡Todos sabemos que Escauro, príncipe del Senado, Metelo el Meneitos y Catulo son capaces de lo que sea para privar a nuestros soldados de su justa recompensa, y esto demuestra que han pasado a los hechos! ¡Han falseado deliberadamente la voluntad de los dioses!

El pueblo creyó a Saturnino, que había tenido la prevención de introducir a sus gladiadores entre la multitud, y cuando uno de los tribunos de la plebe trató de interponer el veto diciendo que los presagios eran adversos, que había oído truenos y que cualquier ley aprobada aquel día sería nefas, sacrílega, entraron en acción los gladiadores de Saturnino, y mientras él afirmaba en tono grandilocuente que no aceptaría el veto, sus matones bajaron al desventurado de la tribuna y se lo llevaron por el Clivus Argentarius hasta las mazmorras de la Lautumiae y allí lo tuvieron hasta que terminó la votación de las tribus por la que se aprobó la ley, pues la cláusula del juramento era suficiente novedad para intrigar a los habituales asistentes de la Asamblea plebeya. ¿Qué sucedería si se aprobaba la ley? ¿Quién se opondría? ¿Cómo reaccionaría el Senado? ¡Aquello era para no perdérselo! Y la gente quería participar.

Al día siguiente de la aprobación de la ley, Metelo el Numídico se puso en pie en el Senado y anunció con gran dignidad que él no iba a prestar juramento.

– ¡Mi conciencia, mis principios y toda mi vida gravitan en torno a esta decisión! -gritó-. Pagaré la multa y me exiliaré en Rodas. Porque no pienso prestar juramento. ¿Me oís, padres conscríptos? ¡No-voy-a-prestar-juramento! No puedo jurar una cosa que repugna a lo más íntimo de mi ser. ¿Qué significa abjurar? ¿Qué es crimen más alevoso, jurar mantener una ley y ponerme en contra de ella, o no jurar? Vosotros mismos podéis contestaros. Mi respuesta es que el mayor crimen es jurar. Así, yo os digo, Lucio Apuleyo Saturnino, y a vos, Cayo Mario, ¡que-no-prestare-juramento! Prefiero pagar la multa y exiliarme.

Su postura causó profunda impresión, pues todos los presentes sabían que hablaba en serio. Mario frunció el entrecejo y Saturnino esbozó una sonrisa. Comenzaron los murmullos, las dudas, las protestas en progresión creciente.

– Van a dar la lata -musitó Glaucia desde su silla curul próxima a la de Mario.

– Si no cierro la sesión, se negarán a jurar -musitó Mario poniéndose en pie-. Os conmino a que vayáis a vuestras casas y penséis durante tres días las graves consecuencias si decidís no prestar juramento. A Quinto Cecilio le resulta fácil porque tiene dinero de sobra para pagar la multa y vivir bien en el exilio. Pero ¿cuántos de vosotros podréis hacer lo mismo? Id a casa, padres conscriptos, y pensáoslo estos tres días. Esta cámara se reunirá dentro de cuatro días y entonces deberéis decidiros, porque hay que tener en cuenta que es el plazo límite que estipula la lex Appuleia agraria secunda.

No puedes hablarles así, se decía Mario para sus adentros paseando por el magnífico suelo de su preciosa casa a los pies del templo de Juno Moneta, mientras su esposa le contemplaba impotente y su revoltoso hijo se escapaba al cuarto de juegos.

¡No puedes hablarles así, Cayo Mario, no son soldados! Ni siquiera son oficiales bajo tu mando, pese al hecho de que seas cónsul y casi todos ellos unos simples magistrados que jamás pondrán sus gordos culos en una silla curul. Sí, ellos, hasta el último, se consideran mis iguales. ¡A mí, Cayo Mario, seis veces cónsul de esta ciudad, de este imperio! Tengo que vencerlos, no puedo dejar un solo resquicio a la ignominia de la derrota. Mi dígnítas es muchísimo más grande que la de ellos, por mucho que digan lo contrario. Y no lo aguanto. Soy el primer hombre de Roma. Y cuando muera, tendrán que admitir que yo, Cayo Mario, el patán itálico que no hablaba griego, fue el hombre más grande de la historia de la república, el Senado y el pueblo de Roma.

Unicamente sobre esto giraron sus pensamientos durante los tres días de plazo que había dado a los senadores. Una y otra vez pensaba en lo terrible de perder la dígnítas si le derrotaban. Y al amanecer del cuarto día salió para la Curia Hostilia decidido a vencer y sin pensar en absoluto en el tipo de tácticas a que recurrirían los padres de la patria para derrotarle. Puso particular cuidado en su aspecto para que nadie pudiese advertir su impaciencia de aquellos tres días, y descendió a buen paso la colina de los Banqueros con los doce lictores precediéndole, como si realmente fuese el amo de Roma.

La cámara se reunió en asombroso silencio; casi no se oía ruido de sillas, toses ni murmullos. Se efectuó impecablemente el sacrificio y los presagios se dictaminaron propicios.

Con perfecto dominio, Mario irguió su corpachón con gran majestad. Aunque no había reflexionado a propósito de la táctica que adoptarían los padres de la patria, él sí que había elaborado la suya hasta el más minimo detalle y todo su ser irradiaba plena confianza.

– Yo también he pasado estos tres días pensando, padres conscriptos -comenzó diciendo, con los ojos fijos en algún punto entre los senadores asistentes y en ningún rostro en particular, enemigo o partidario suyo. Y nadie podía saber en dónde clavaba la mirada porque las espesas cejas cubrían sus ojos. Metió la mano izquierda por debajo de la orla de la toga en el punto en que caía en bellos pliegues desde el hombro izquierdo hasta los tobillos, y bajó del estrado-. Un hecho es evidente -añadió dando unos pasos y deteniéndose-. Si esta ley es válida, a todos nos obliga a jurar defenderla -dio otros cuantos pasos-. Si esta ley es válida, todos debemos jurarla -continuó hasta las puertas de la cámara y se volvió hacia los senadores-. Pero ¿es válida? -inquirió con fuerte voz.

Su pregunta cayó en medio de un impresionante silencio.

– ¡Ya está! -musitó Escauro, príncipe del Senado, a Metelo el Numídico-. ¡Se acabó! ¡El mismo se ha buscado la ruina!

Pero Mario, de nuevo junto a las puertas, no oyó nada y no se detuvo a reflexionar.

– Hay entre vosotros -prosiguió- quienes persisten en decir que no puede ser válida ninguna ley aprobada en las circunstancias de la lex Appuleia agraria secunda. He oído cuestionar la validez de la ley en relación con dos tesis, una que se aprobó en contra de los presagios; y otra que se aprobó pese a la violencia ejercida contra la sacrosanta persona de un tribuno de la plebe legalmente elegido. -comenzó a andar y se detuvo-. Es evidente que existen dudas sobre el futuro de la ley. La Asamblea de la plebe tendrá que reexaminarla a la luz de esas dos objeciones a su validez -afirmó, dando un paso y parándose-. Pero eso, padres conscriptos, no es la alternativa que contemplamos en esta sesión. La validez per se de la ley no es lo que más nos preocupa. Nuestra preocupación es más urgente -otro paso más-. La propia ley estipula que debemos jurarla, y eso es lo que hemos venido a debatir hoy. Hoy vence el plazo en que podemos prestar juramento para defenderla, por lo que la cuestión del voto es urgente. Y hoy la ley es una ley válida; luego hemos de jurar defenderla.

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