El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Glaucia, presidente de los diez tribunos salientes, era el delegado para celebrar la elección del colegio entrante. De haberse celebrado ya las elecciones centuriadas de cónsules y pretores, no habría podido asumirlo por su condición de pretor electo, pero, dadas las circunstancias, nada se lo impedía.
Se llevaron a cabo en la zona de comicios, bajo la presidencia de Glaucia en la tribuna de los Espolones, mientras sus nueve colegas echaban a suertes el orden en que votaban las treinta y cinco tribus y luego fiscalizar a las distintas tribus conforme lo iban haciendo.
Había mucho dinero de por medio, parte de él repartido por Saturnino, pero mucho más por cuenta de los candidatos anónimos respaldados por los padres de la patria. Todos los ricos de los bancos delanteros conservadores se habían rascado el bolsillo para comprar votos para candidatos como Quinto Nonio de Piceno, una nulidad política de acendrado espíritu conservador. Aunque Sila nada había tenido que ver con su ingreso en el Senado, era hermano del cuñado de Sila, y cuando Cornelia Sila, la hermana de Sila, se casó y entró a formar parte de la riquísima familia de la aristocracia rural de Nonio de Piceno, el lustre de su apellido impulsó a los varones de la misma a probar su suerte en el cursus honorum, y decidieron dar el espaldarazo al hijo nacido de este matrimonio, aunque antes su tío quiso ver lo que se podía hacer.
Fueron unas elecciones llenas de sorpresas. Por ejemplo, Quinto Nonio de Piceno fue elegido sin dificultad, mientras que Lucio Apuleyo Saturnino no lo consiguió. Había diez cargos y Saturnino quedó en undécimo lugar en la lista.
– ¡No lo puedo creer! -exclamó Saturnino, mirando a Glaucia-. ¡No puedo creérmelo! ¿Qué ha pasado?
Glaucia ponía ceño, porque, de pronto, disminuían enormemente sus posibilidades de ser pretor. Pero se encogió de hombros, dio unas palmaditas a Saturnino en la espalda y bajó de la tribuna.
– No te preocupes -dijo-, aún puede cambiar la situación.
– ¿Cómo va a cambiar el resultado de una elección? -inquirió Saturnino-. No, Cayo Servilio, ¡me han eliminado!
– Dentro de un rato volveré a verte. Tú no te muevas ni te vayas -dijo Glaucia, perdiéndose entre la muchedumbre.
En el momento en que Quinto Nonio de Piceno oyó su nombre como uno de los diez tribunos elegidos, quiso marcharse a su lujosa casa del Carinae, donde le esperaban su esposa, con su cuñada Cornelia Sila y su hijo, ansiosos de saber los resultados.
Pero resultaba más difícil salir del Foro de lo que Quinto Nonio pensaba, pues no hacían más que pararle a cada paso para darle la enhorabuena; y por cortesía lógica no podía despachar por las buenas a los que le abordaban. Así, se vio forzado a retrasarse ante los incesantes saludos, sonrisas y apretones de mano.
Por fin fueron desapareciendo uno tras otro, y Quinto Nonio pudo embocar la primera calle en la ruta hacia su casa, acompañado por tres amigos que también vivían en el Carinae. Cuando les salieron al paso una docena de hombres armados de palos, uno de los amigos logró escapar corriendo hacia el Foro, para pedir auxilio, pero lo encontró virtualmente desierto. Afortunadamente Saturnino y Glaucia seguían hablando con un grupito cerca de la tribuna; a Glaucia se le veía congestionado y algo despeinado. Al oír los gritos de socorro, todos echaron a correr; pero era demasiado tarde y hallaron muertos a Quinto Nonio y a sus dos acompañantes.
– ¡Edepol! -exclamó Glaucia, poniéndose en pie después de comprobar que Quinto Nonio había expirado-. Quinto Nonio acababa de ser elegido tribuno de la plebe y yo soy el funcionario encargado de los comicios -añadió frunciendo el entrecejo-. Lucio Apuleyo, ¿quieres encargarte de hacer que lleven a Quinto Nonio a casa? Yo tengo que volver al Foro y resolver esta situación electoral.
La turbación de haber encontrado a Quinto Nonio y a sus acompañantes muertos en el charco de su propia sangre, prívó a los que habían acudido en su auxilio, incluido Saturnino, de sus normales facultades de raciocinio y nadie advirtió lo antinatural de aquellas palabras de Glaucia, ni siquiera Saturnino. Y allí, de pie y solo en la tribuna de los Espolones, ante un Foro vacío, Cayo Servilio Glaucia anunció la muerte del recién elegido tribuno de la plebe Quinto Nonio, para, acto seguido, comunicar que el candidato que ocupaba el undécimo lugar, Lucio Apuleyo Saturnino, sería quien le reemplazase.
– Todo arreglado -dijo Glaucia, satisfecho, más tarde en casa de Saturnino-. Ahora ya eres legalmente tribuno de la plebe en sustitución de Quinto Nonio.
Desde los acontecimientos que le habían forzado a abandonar su cargo de cuestor en Ostia, Saturnino no tenía muchos escrúpulos, pero aun así se quedó mirando boquiabierto a Glaucia.
– ¡No habrás sido…! -quiso exclamar.
Pero Glaucia rozó con la punta del dedo índice el lado de la nariz y sonrió ferozmente a Saturnino.
– No me preguntes, Lucio Apuleyo, y no te mentiré -respondió.
– La lástima es que era una buena persona.
– Sí, lo era. Pero su muerte ha sido cosa del destino, porque era el único que vivía en el Carinae y tenía más factores en contra. En el Palatino es más difícil organizar algo porque hay muy poca gente por las calles.
Saturnino lanzó un suspiro y se encogió de hombros.
– Es verdad. Bueno, ya soy tribuno. Gracias por tu ayuda, Cayo Servilio.
– No las merece -replicó Glaucia.
El escándalo fue monumental, pero nadie pudo probar que Saturnino estuviese implicado en un asesinato, dado que hasta el amigo del muerto atestiguó que Saturnino y Glaucia estaban en el Foro en el momento del crimen. La gente habló, pero "que hablen", comentó Saturnino con desdén. Y cuando Ahenobarbo, pontífice máximo, exigió que se celebrasen de nuevo las elecciones del tribunado, su moción no prosperó. Glaucia había creado un inaudito precedente para solventar la crisis.
– ¡Que hablen! -repitió Glaucia, esta vez en el Senado-. Las alegaciones de que Lucio Apuleyo y yo estamos implicados en la muerte de Quinto Nonio no tienen fundamento alguno. En cuanto a que yo haya sustituido a un tribuno muerto por otro vivo, debo decir que hice lo que habría hecho cualquier funcionario que preside unos comicios. Nadie puede negar que Lucio Apuleyo salió en undécimo lugar y que la elección se llevó a cabo debidamente. Nombrar a Lucio Apuleyo sustituto de Quinto Nonio lo más rápida y eficazmente posible fue lo lógico. El contio de la Asamblea de la plebe que convoqué ayer aprobó unánimemente mi actuación, como pueden verificar todos los presentes. Este debate, padres conscriptos, es inútil y está fuera de lugar. No se hable más del asunto.
Cayo Mario y Quinto Lutacio Catulo César celebraron su triunfo el primer día de diciembre. El desfile conjunto fue un dechado de genialidad, porque no cabía duda de que Catulo César, a la zaga del carro del primer cónsul, era el segundón. El nombre de Cayo Mario estaba en todas las bocas, y hasta hubo una carroza, ideada por Lucio Cornelio Sila, que se encargó, como de costumbre, de organizar el desfile, en la que se representaba a Mario consintiendo en que los soldados de Catulo César tomaran los treinta y cinco estandartes cimbros, dado que los suyos ya habían capturado muchos en la Galia.
En la reunión que siguió en el templo de Júpiter Optimus Maximus, Mario defendió apasionadamente su decisión de conceder la ciudadanía a los soldados de Camerinum y de repoblar el valle de los Salassi creando una colonia en la pequeña Eporedia. Su anuncio de presentarse a un sexto consulado fue acogido con una serie de gruñidos, burlas, protestas y aplausos. Aplausos predominantemente. Cuando cesaron las aclamaciones, anunció que su parte del botín la dedicaría a la construcción de un nuevo templo en el Capitolio para el culto militar al honor y la virtud, en el que se guardarían sus trofeos y los trofeos de su ejército, y que, igualmente, construiría un templo al honor militar romano y a la virtud en Olimpia de Grecia.