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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Naturalmente, al presentarse Saturnino, Mario le invitó a quedarse y ambos se dispusieron a hablar despreocupadamente en aquel placentero decorado de un lago más hermoso que ninguno de la península.

No es que Mario se hubiese vuelto más enrevesado, pues cuando llegaba el momento de abordar un tema, lo hacía sin rodeos.

– No quiero que Metelo el Numídico sea mi colega consular el año que viene -dijo de pronto-. He pensado en Lucio Valerio Flaco, que es persona maleable.

– Se adaptaría bien -dijo Saturnino-, pero no conseguiréis que le nombren, porque los padres de la patria están apoyando la candidatura de Metelo -añadió mirando inquisitivo a Mario-. En cualquier caso, ¿vais a presentaros al sexto consulado? Desde luego, con la derrota de los germanos podéis dormiros en los laureles.

– Ojalá pudiera, Lucio Apuleyo, pero no ha concluido la tarea por el simple hecho de haber derrotado a los germanos. Tengo dos ejércitos de proletarios por licenciar, o mejor dicho, tengo uno de seis legiones reforzadas y Quinto Lutacio otro de seis legiones muy reforzadas. Pero me considero el responsable de los dos, porque Quinto Lutacio piensa que basta con entregarles los papeles de licencia y nada más.

– ¿Seguís decidido a darles tierras, verdad? -inquirió Saturnino.

– Así es. Si no lo hiciera, Lucio Apuleyo, Roma quedaría empobrecida en varios aspectos. Primero, porque se encontraría con más de quince mil veteranos que invadirían la urbe y toda Italia con un poco de dinero que gastarían en unos días, para convertirse a continuación en perenne foco de disturbios en donde se instalaran. Si hay guerra, volverían a alistarse; pero si no la hay, van a constituir un grave inconveniente -respondió Mario.

– Lo entiendo -añadió Saturnino inclinando la cabeza.

– Se me ocurrió estando en Africa y por eso reservé las islas de la costa para asentamiento de los veteranos. Tiberio Graco quiso asentar a los pobres de Roma en las tierras de Campania para que la ciudad resultara más cómoda y segura y así inyectar nueva sangre en el agro. Pero hacerlo en Italia fue un error, Lucio Apuleyo -dijo Mario, pensativo-. Necesitamos romanos de extracción humilde en nuestras provincias. Y sobre todo soldados veteranos.

La perspectiva era hermosa, pero Saturnino no la veía.

– Bueno, todos oímos el discurso respecto a llevar la vida de Roma a las provincias -dijo- y la respuesta de Dalmático. Pero no es ése el verdadero propósito, ¿verdad, Cayo Mario?

– ¡Veo que sois muy agudo! -replicó Mario con fulgor en la mirada-. ¡Claro que no! A Roma -añadió inclinándose hacia él- le costaría mucho dinero enviar ejércitos a las provincias para abortar las sublevaciones y hacer cumplir las leyes. Mirad el caso de Macedonia. Allí tenemos dos legiones permanentemente acantonadas que al Estado le cuestan un dinero que podría emplearse mejor en otras cosas. ¿Qué pasaría si asentásemos a veinte o treinta mil veteranos en tres o cuatro colonias en Macedonia? Grecia y Macedonia son países muy despoblados en este momento, ya hace más de un siglo que lo son. ¡No hay más que ciudades fantasma! Y los terratenientes romanos absentistas con grandes propiedades, que producen poco, que no rinden nada para el país, son reticentes a emplear a hombres y mujeres indígenas. Y cuando los escordiscos cruzan la frontera, siempre hay guerra, los terratenientes se quejan al Senado y el gobernador se vuelve loco enfrentándose, por un lado, a esos nómadas celtas y a las airadas cartas de Roma, por otro. Pues yo daría mejor uso a esas tierras de propietarios romanos absentistas, llenándolas de colonias de soldados veteranos; estarían mucho más pobladas y constituirían una importante guarnición en caso de guerra.

– Eso se os ocurrió en Africa -sentenció Saturnino.

– Cuando repartí grandes parcelas a romanos que ni siquiera visitarán sus posesiones, pues se limitaron a enviar administradores y a emplear a grupos de esclavos, sin preocuparse de la situación local ni de los indígenas, impidiendo el progreso de Africa y dejándola a merced de un nuevo Yugurta. No es que quiera derogar la propiedad romana de tierras en las provincias, sino que algunas parcelas de estas tierras alojen a buen número de romanos veteranos de la milicia que podamos alistar en caso necesario. -Se recostó de nuevo en la silla para no mostrar lo acuciante de su deseo-. Hay un modesto ejemplo de la utilidad de estas colonias de veteranos en países extranjeros en momentos de gravedad. Al pequeño contingente que asenté personalmente en la isla de Meninx le llegó la noticia de la rebelión de esclavos en Sicilia y se organizaron por unidades, alquilaron naves y desembarcaron en Lilybaeum a tiempo de impedir que la ciudad cayese en manos de Atenión.

– Ya entiendo lo que queréis conseguir, Cayo Mario -dijo Saturnino-. Es un esquema excelente.

– Pero lo rechazarán, aunque sólo sea porque es obra mía -dijo Mario con un suspiro.

Un estremecimiento recorrió la espina dorsal de Saturnino; quien rápidamente volvió la cabeza, fingiendo admirar el reflejo de árboles, montañas y nubes en el espejo perfecto del lago. ¡Mario cedía! ¡A Mario no le interesaba lo más mínimo el sexto consulado!

– Supongo que habréis sido testigo en Roma del griterío y las protestas por haber concedido la ciudadanía a esos excelentes soldados de Camerinum… -añadió Mario.

– Sí. Ha trascendido a toda Italia-respondió Saturnino-, y toda Italia está de acuerdo con la medida, pese a que en Roma los padres de la patria no la aprobaron.

– ¿Y por qué no van a ser ciudadanos romanos? -inquirió Mario, irritado-. Han combatido mejor que ninguno, Lucio Apuleyo, eso nadie puede negarlo. Si por mí fuera, concedería la ciudadanía a todos los habitantes de Italia -dijo con un suspiro-. Cuando digo que quiero tierras para los veteranos proletarios, me refiero a eso. Tierras para todos ellos: romanos, latinos e itálicos.

Saturnino lanzó un silbido.

– ¡Eso va a ser polémico! Los padres de la patria no lo aceptarán.

– Lo sé. Lo que no sé es si vos tenéis el valor para defenderlo…

– Nunca he considerado detenidamente eso del valor -replicó Saturnino, pensativo-, y, por consiguiente, no sé cuánto tengo. Pero sí, Cayo Mario, creo que no me faltará para defenderlo.

– No necesito sobornar para asegurarme la elección, porque es cosa hecha -añadió Mario-. Sin embargo, no sé por qué no iba a procurarme unos cuantos que repartieran sobornos para asegurar el cargo de segundo cónsul; y para el vuestro, si necesitáis ayuda, Lucio Apuleyo. Y también para Cayo Servilio Glaucia. Tengo entendido que va a presentarse a las elecciones de pretor.

– Así es. Sí, Cayo Mario, a los dos nos gustaría mucho que nos ayudarais a salir elegidos. En contrapartida, haremos todo lo que sea necesario para que consigáis esas tierras.

– Ya he preparado algo -dijo Mario sacando un rollo de papel- y he redactado el tipo de ley que creo será necesaria. Desgraciadamente, no soy ningún famoso jurista, mientras que vos sí. Pero, y espero que no os ofendáis, Glaucia es un verdadero genio en legislación. ¿No podríais los dos formular unas grandes leyes para los inexpertos escribas?

– Vos nos ayudáis a conseguir el cargo, Cayo Mario, y tened la seguridad de que se aprobarán vuestras leyes -contestó Saturnino.

No cabía duda del alivio que recorrió el corpachón de Mario, ostensiblemente relajado.

– Solamente añadiré una cosa, Lucio Apuleyo: os juro que no me importa si no soy cónsul por séptima vez -dijo.

~Por séptima vez?

– Me predijeron que sería cónsul siete veces.

Saturnino se echó a reir.

– ¿Por qué no? Nadie habría podido imaginar que alguien fuese a ser cónsul seis veces. Y vos vais a serlo.

Las elecciones del nuevo colegio de tribunos de la plebe se celebraron mientras Cayo Mario y Catulo César conducían a sus respectivos ejércitos hacia Roma para proceder al desfile triunfal, y fueron unos comicios muy movidos. Había más de treinta candidatos para los diez cargos, y más de la mitad eran individuos al servicio de los padres de la patria, por lo que la campaña fue cáustica y violenta.

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