El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Dicho lo cual, cogió una hoja de su desordenada mesa y se puso a leerla.
Cayo Mario, cónsul por quinta vez, da las gracias al Senado y al pueblo de Roma por su preocupación y consideración en relación con el asunto de los triunfos para él y su lugarteniente, el procónsul Quinto Lutacio Catulo. Alabo a los padres conscriptos por su admirable frugalidad en decretar un solo triunfo para cada uno de los generales romanos. No obstante, a mí me preocupa más que a los padres conscriptos el gravoso coste de esta larga guerra. Y lo mismo sucede con Quinto Lutacio. Por lo cual Cayo Mario y Quinto Lutacio compartirán un solo triunfo. Que toda Roma sea testigo del acuerdo y avenencia de los generales al desfilar juntos por sus calles. Por lo cual me complazco en notificar que Cayo Mario y Quinto Lutacio Catulo celebrarán el triunfo en las calendas de diciembre. Juntos. Viva Roma.
– ¡Bromeáis! -musitó Catulo César, blanco como el papel.
– ¿Bromear? ¿Yo? -replicó Mario parpadeando bajo sus pobladas cejas-. ¡Nunca, Quinto Lutacio!
– ¡No… no lo consentiré!
– No os queda más remedio -replicó Mario con voz dulce-. Pensaban que me habían vencido, ¿verdad? El simpático Metelo el Numídico, el Meneitos, y sus amigos… ¡vuestros amigos! Pues a mi no me vence nadie de los vuestros.
– ¡El Senado ha decretado dos triunfos y dos triunfos se celebrarán! -replicó Catulo César, tembloroso.
– Sí, podéis insistir, Quinto Lutacio, pero no estará bien, ¿no creéis? Elegid: o vos y yo hacemos un único desfile triunfal o vais a quedar en ridículo. Punto.
Y así fue. La carta de Mario llegó al Senado y éste decretó un solo triunfo para el primer día del mes de diciembre.
Catulo César no tardó en vengarse, escribiendo una carta al Senado en la que se quejaba de que el cónsul Cayo Mario había usurpado las prerrogativas de la cámara y el pueblo de Roma, otorgando plena ciudadanía a mil soldados de tropas auxiliares del Picenum en el mismo campo de Vercellae. Además, se había excedido en su autoridad consular, decía Catulo César, anunciando la formación de una colonia de legionarios veteranos romanos en la ciudad de Eporedia, de la Galia itálica.
Cayo Mario ha establecido esta colonia anticonstitucional para apoderarse del oro de aluvión que se extrae del lecho fluvial del Duria Maior en Eporedia. El procónsul Quinto Lutacio -añadía- desea señalar también que fue él quien ganó la batalla de Vercellae y no Cayo Mario. Como prueba terminante, aduce los treinta y cinco estandartes germanos en su posesión, contra sólo dos en poder de Cayo Mario. En mi condición de vencedor de Vercellae, reclamo mi derecho a vender como esclavos a todos los prisioneros. Cayo Mario pretende quedarse con un tercio.
En respuesta, Mario distribuyó copias de la carta de Catulo César entre sus propias tropas y las del procónsul, con un lacónico epígrafe en el que Mario explicaba que el producto de la venta de los cautivos cimbros hechos en Vercellae, hasta el límite de un tercio que había querido reservarse, se entregarían al ejército de Quinto Lutacio Catulo. Y señalaba que su propio ejército ya había recibido el producto de la venta de esclavos teutones después de la batalla de Aquae Sextiae y no quería que el ejército de Catulo César se sintiera marginado, porque tenía entendido que Quinto Lutacio -como era su derecho- se quedaría con el producto de la venta de los otros dos tercios de esclavos cimbros.
Glaucia leyó las dos cartas en el Foro y la muchedumbre se desternilló de risa. A nadie podía caberle duda de quién era el auténtico vencedor, y de que Mario se preocupaba más de sus tropas que de sí mismo.
– Tenéis que poner fin a esa campaña para desprestigiar a Cayo Mario -dijo Escauro, príncipe del Senado, a Metelo el Numídico-, u os van a abofetear la próxima vez que aparezcáis por el Foro. Y más vale que escribáis a Quinto Lutacio y se lo digáis. Queramos o no, Cayo Mario es el primer hombre de Roma. Ha ganado la guerra contra los germanos y lo sabe toda la ciudad. Es el héroe popular, el semidiós del pueblo. Tratad de derribarlo y se os echará Roma encima, Quinto Cecilio.
– ¡Me meo en la gente! -respondió Metelo el Numídico, que estaba amargado por tener que dar alojamiento a su hermana Metela Calva y al amante de baja estofa de turno.
– Mirad, podemos hacer otras cosas -añadió Escauro-. Para empezar, podéis presentaros otra vez a cónsul. Hace diez años que lo fuisteis, ¿os dais cuenta? Desde luego, Cayo Mario volverá a presentarse. ¿No sería una maravilla tararle el sexto consulado con la animadversión de un colega como vos?
– ¿Pero cuándo nos vamos a librar de esta enfermedad incurable llamada Cayo Mario? -dijo el Numídico, desesperado.
– Esperemos que pronto -dijo Escauro, nada dado a desesperarse-. Un año. No creo que más.
– Ami me parece que nunca.
– ¡No, no, Quinto Cecilio, os rendís fácilmente! Igual que Quinto Lutacio, permitís que vuestro odio hacia Cayo Mario os obnubile. ¡Pensad! ¿Cuánto tiempo durante estos cinco consulados eternos ha estado Cayo Mario en Roma?
– Apenas unos días. ¿Y eso qué tiene que ver?
– Tiene que ver totalmente, Quinto Cecilio. Cayo Mario no es un gran político, aunque hay que admitir que posee un excelente cerebro en esa cabezota. En lo que brilla Cayo Mario es como soldado y estratega. Yo os aseguro que no va a medrar en los comicios y en la curia cuando su mundo quede reducido a eso. ¡No le dejaremos medrar! Le burlaremos como a un toro, le trincaremos y no le dejaremos moverse. Y le derribaremos. Ya veréis -dijo Escauro con absoluta confianza.
Imaginando aquellas magníficas perspectivas que Escauro enunciaba, Metelo el Numídico sonrió.
– Sí, lo entiendo, Marco Emilio. Muy bien, me presentaré a cónsul.
– ¡Estupendo! Lo seréis; no puede ser de otra manera una vez que nos hagamos con toda la influencia posible en la primera y segunda clase, por mucho que admiren a Cayo Mario.
– ¡Ah, estoy deseando ser su colega! -dijo Metelo el Numídico desperezándose mentalmente-. ¡Le entorpeceré todo lo que pueda y le haré la vida imposible!
– Sospecho que recibiremos una inesperada ayuda de un cuarto -añadió Escauro con gesto felino.
– ¿Qué cuarto?
– Lucio Apuleyo Saturnino va a presentarse otra vez a las elecciones de tribuno de la plebe.
– ¡Nefasta noticia! Ese, ¡qué va a ayudarnos!
– No, es una excelente noticia, Quinto Cecilio, creedme. Cuando vos hinquéis los dientes en la grupa de Cayo Mario, igual que yo, Quinto Lutacio y cincuenta más, Cayo Mario no tendrá más remedio que alistar a Saturnino. Yo conozco a Cayo Mario. Se le acosa sin piedad, y en esas circunstancias da palos de ciego. Igual que un toro ante el señuelo. Caerá en la tentación de recurrir a Saturnino. Y yo creo que Saturnino es el peor instrumento al que puede recurrir Cayo Mario. ¡Ya veréis! Son sus aliados los que nos ayudarán a derribar al toro Cayo Mario -sentenció Escauro.
El instrumento iba camino de la Galia itálica para ver a Cayo Mario, con más ganas de establecer una alianza con él de lo que éste lo estaba en aquel momento respecto a su persona, pues Saturnino actuaba en el ruedo político de Roma y Mario permanecía en el elíseo de su mando militar.
Se entrevistaron en la pequeña ciudad de Comun, a orillas del lago Larius, en donde Mario había alquilado una villa del finado Lucio Calpurnio Piso, el mismo que había perecido con Lucio Casio en Burdigala. Lo cierto es que Mario estaba más cansado de lo que habría consentido en admitir ante Catulo César, que tenía diez años menos que él. A éste le había enviado a un remoto lugar de la provincia a presidir juicios y él se había retirado a disfrutar de unas vacaciones, dejando a Sila el mando del ejército.