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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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No sé qué remedio encontrarás, porque todo está ya decidido, aprobado oficialmente y registrado en los archivos. Yo estoy indignado, pero los padres de la patria (como los llama Saturnino) o los boni (como dice Esca uro) te han ganado por la mano y no obtendrás el prestigio que mereces por la derrota de los germanos. En tiempos de Numancia nos divertimos con perpetuar el revolcón de Metelo en la cochiquera aplicándole ese mote que también usan las niñeras en su jerga para referirse a los genitales de las niñas, pero yo, actualmente, considero que este hombre es un verdadero cunnus, y su hijo va a seguir el mismo camino.

Basta, basta, ¡no quiero acabar teniendo una apoplejía! Concluiré la misiva diciéndote que en Sicilia las cosas van bien. Manio Aquilio está haciendo una magnífica labor, lo que aún empequeñece más a Servilio el Augur, quien, sin embargo, ha hecho lo que prometió, denunciando a Lúculo ante el nuevo tribunal que entiende de traiciones. Lúculo se empeñó en defenderse personalmente y no le fue nada bien con todos esos caballeros engreídos, porque se les encaró con esa glacial altanería que se gasta y el jurado pensó que lo hacía por ellos. ¡Y así era, efectivamente! Este Lúculo es otro imbécil impenitente. Naturalmente, le condenaron. Creo que en todas las tablillas escribieron el DAMNO. Y es increíble la brutalidad de la sentencia. Tiene que exiliarse a más de mil millas de Roma, con lo que su única opción de vivir en una gran ciudad es Antioquía o Alejandría. Él ha elegido honrar al rey Tolomeo Alejandro en vez de al rey Antioco Gripus. Y el tribunal confiscó todos sus bienes, casas, tierras, inversiones y propiedades urbanas.

No esperó a que le obligaran a marcharse: de hecho, ni aguardó a saber a cuánto ascendían sus pertenencias, y encomendó el cuidado de la marrana de su esposa a su hermano el Meneitos -así verá lo que es bueno-, y a su hijo mayor, que ahora tiene dieciséis años y en quien el Estado tenía puestas sus miras, a su propia suerte. Es curioso que no encomiende este dotado muchacho al cuidado del Meneitos, ¿no crees? Al menor, que ahora tiene catorce, le han adoptado y ahora se llama Marco Terencio Varro Lúculo.

Me ha dicho Escauro que los muchachos han jurado procesar a Servilio el Augur en cuanto Varro Lúculo tenga edad para vestir la toga. La despedida del padre fue desgarradora, como puedes imaginarte. Escauro dice que Lúculo irá a Alejandría y se suicidará, y que los niños también lo creen así. Lo que más hiere a los Licinio Lúculo es que este dolor y esta ruina se los haya causado un hombre nuevo arribista como Servílío el Augur. Los hombres nuevos no os habéis ganado precisamente unos amigos en los hijos de Lúculo.

En fin, cuando los hijos de Lúculo tengan edad para procesar a Servilio el Augur, será ante otro nuevo tribunal constituido por otro Servílio de orígenes bastante oscuros: Cayo Servilio Glaucia. ¡Por Pólux, Cayo Mario, las leyes que dicta ese individuo! El esquema es acorazado y nuevo, pero funciona. Al estar de nuevo en manos de los caballeros, no hay recursos que les valga a los gobernadores si no son trabajadores. La recuperación de la propiedad peculada ha quedado ampliada a los últimos beneficiarios así como a los ladrones iniciales; los convictos por el tribunal no pueden hablar nunca más en público; a los que tienen derechos latinos que logren que se condene a un malversador se les recompensa con la ciudadanía romana, y ahora se efectúa una pausa en medio del juicio. El procedimiento antiguo es ya cosa del pasado, y el testimonio de los testigos, como se ha comprobado en los pocos casos juzgados, ahora cuenta mucho menos que las intervenciones de los abogados. Buena oportunidad para los buenos letrados.

Y para terminar, y no menos importante, te diré que ese curioso individuo que es Saturnino vuelve a verse en apuros. Cayo Mario, de ver dad que temo que no esté bien de la cabeza. No es una cosa lógica. Y yo creo que es por influencia de su amigo Glaucia. Los dos son brillantes, pero, al mismo tiempo, muy inestables y alocados. O quizá sea que realmente no sepan lo que quieren de la vida pública. Hasta el peor demagogo tiene un plan, una lógica orientada a ser pretor y cónsul, pero yo no la veo en esta pareja. Detestan el viejo estilo de gobierno, detestan el Senado, pero no presentan alternativas. ¿Serán quizá lo que los griegos llaman partidarios de la anarquía? No estoy seguro.

La suerte ha dado la espalda al rey Nicomedes de Bitinia en razón de la embajada del rey Mitrídates del Ponto. Nuestro joven amigo del país oriental más alejado del Euxino envió unos embajadores con suficiente inteligencia para descubrir la secreta debilidad de los romanos: ¡el dinero! Como no habían adelantado nada en la solicitud del tratado de amistad y alianza, comenzaron a sobornar senadores. Pagan bien, y ten la seguridad de que Nicomedes tiene motivos para preocuparse.

Luego, Saturnino habló en la tribuna del Foro y condenó a todos los senadores dispuestos a abandonar a Nicomedes y Bitinia en favor de Mitrídates del Ponto. Dijo que hacía años que teníamos un tratado con Bitinia y que el Ponto era el enemigo inmemorial de Bitinia. Añadió que había dinero de por medio y que Roma, por culpa del engrosamiento de las bolsas de unos cuantos senadores, iba a dejar en la estacada a su amigo y aliado de medio siglo.

Y se alega -yo no estaba presente- que dijo algo así como: "Ya sabemos lo caro que cuestan los matrimonios de senadores chochos con potrancas retozonas, ¿no es cierto? Quiero decir que los collares de perlas y las pulseras de oro son mucho más caros que un frasco de ese reconstituyente que vende Ticino en su tienda, ¿y quién dirá que una joven potrilla no es tónico más eficaz que el de Ticino?" Ja, ja, ja! Y también se burló del Meneitos, diciendo a la multitud: "¿Y qué me decís de nuestros muchachos en la Galia itálica?"

El resultado fue que dieron de palos a varios embajadores del Ponto y éstos acudieron al Senáculo a quejarse. Tras lo cual, Escauro y el Meneitos acusaron a Saturnino ante su propio tribunal de sembrar la discordia entre Roma y una embajada acreditada de un monarca extranjero. El día del juicio, nuestro tribuno de la plebe Glaucia convocó reunión de la Asamblea de la plebe y acusó al Meneitos de intentar otra vez deshacerse de Saturnino, al no haberlo podido hacer cuando era censor. El día de la vista aparecieron los famosos gladiadores que parece manipular Saturnino, rodearon a los jurados con cara de pocos amigos, éstos renunciaron al juicio y los embajadores pontinos tuvieron que regresar a su país sin tratado. Estoy de acuerdo con Saturnino en que sería algo imperdonable abandonar a nuestro amigo y aliado de hace cincuenta años para aliarnos con su enemigo de siempre, por el simple hecho de que ahora sea mucho más rico y poderoso.

Se acabó, se acabó, Cayo Mario. En realidad sólo quería que supieras lo de los triunfos antes de que te llegaran los despachos oficiales, que el Senado no se apresurará a enviarte. Ojalá pudieras hacer algo, pero mucho lo dudo.

– ¡Oh, ya lo creo que sí! -masculló Mario con una sonrisa, cogiendo papel y aplicándose laboriosamente a redactar una breve carta. Luego mandó llamar a Quinto Lutacio Catulo César.

Catulo César llegó bullente de entusiasmo, porque el correo privado que había traído la carta de Rutilio Rufo, había igualmente traído para él dos misivas: una de Metelo el Numídico y otra de Escauro.

Pero su gozo se desvaneció al ver que Mario ya sabía lo de la aprobación de los dos triunfos, porque Catulo César se estaba relamiendo de gusto ante la perspectiva de ver la cara que ponía Mario al enterarse. No obstante, era algo secundario. El triunfo era lo que contaba.

– Así que me gustaría regresar a Roma en octubre, si no tenéis inconveniente -añadió Catulo César-. Celebraré yo primero mi triunfo, ya que vos, siendo cónsul, no podréis marchar tan pronto.

– Se os niega el permiso -dijo Mario con medida cortesía-. Regresaremos juntos a Roma a finales de noviembre, como estaba previsto. De hecho, acabo de enviar una carta al Senado en nombre de los dos. ¿Queréis que os la lea? No voy a atormentaros con mi escritura, así que os la leeré en voz alta.

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