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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– No hay nada que hablar -replicó Aurelia-. Tenéis que marcharos.

– ¡Bah! Siempre queda el recurso de hablar de las cosas. Vamos, señora, sentémonos -insistió Lucio Decumio.

Y Aurelia se dio cuenta de que le estaba pasando algo horrible: ¡comenzaba a gustarle aquel Lucio Decumio! Era absurdo, pero estaba sucediendo.

– De acuerdo -dijo-. Cardixa, quédate detrás de mí.

Lucio Decumio acercó una silla y él tomó asiento en un banco.

– ¿Un poco de vino, señora?

– Ni mucho menos.

– ¡Oh!

– ¿Y bien?

– ¿Y bien, qué? -replicó Lucio Decumio.

– Erais vos quien quería hablar -dijo Aurelia.

– Ah, sí, era yo -dijo Lucio Decumio con un carraspeo-. Vamos a ver, ¿de qué os quejáis exactamente, señora?

– De vuestra presencia bajo mi techo.

– Bueno, bueno, eso es bastante ambiguo, ¿no? Quiero decir que podemos llegar a algún acuerdo; vos me decís qué es lo que no os gusta y yo veré de arreglarlo -dijo Lucio Decumio.

– El deplorable estado, la porquería, el ruido, el derecho que os arrogáis sobre la acera y este local, cosa totalmente falsa -comenzó a decir Aurelia, contando con los dedos de la mano-. ¡Y ese negocio que tenéis con el vecindario, aterrorizando a los inocuos tenderos para que paguen un dinero que no tienen! ¡Qué despreciable comportamiento!

– El mundo, señora -contestó Lucio Decumio, inclinándose hacia ella muy serio-, se divide en lobos y corderos. Es ley natural. Si no fuese natural, habría muchos más corderos que lobos, mientras que, como se sabe, hay unos mil corderos por cada lobo. Considerad que nosotros somos los lobos del barrio, y no somos unos lobos tan malos. Sólo enseñamos los dientes y damos algún mordisco que otro, pero no matamos a nadie.

– Eso es una metáfora repugnante -replicó Aurelia- que no me conmueve lo más mínimo. Tenéis que marcharos.

– ¡Ay de mí! -exclamó Lucio Decumio, echándose hacia atrás-. ¡Ay de mi! -repitió, mirándola a los ojos-. ¿De verdad que son primos vuestros?

– Mi padre es el ex cónsul Lucio Aurelio Cota y mi tío el cónsul Publio Rutilio Rufo, mi otro tío es el pretor Marco Aurelio Cota y mi esposo el cuestor Cayo Julio César -replicó Aurelia reclinándose en la silla, alzando un poco la cabeza y cerrando los ojos-. Además, mi cuñado es Cayo Mario.

– Pues bien, mi cuñado es el rey de Egipto, ¡ja, ja, ja! -espetó Lucio Decumio ante aquella sarta de nombres.

– Pues os aconsejo que os vayáis a vivir a Egipto -réplicó Aurelia sin imnutarse lo más mínimo por el sarcasmo-. Os digo que el cónsul Cayo Mario es mi cuñado.

– Ah, claro, y, naturalmente, la cuñada de Cayo Mario vive en pleno culo del Subura -replicó Lucio Decumio.

– Esta ínsula es mía. Es mi dote, Lucio Decumio. Mi esposo no es el primogénito y de momento vivimos en la ínsula. Más adelante viviremos en otro lugar.

– ¿De verdad que Cayo Mario es cuñado vuestro?

– Hasta el último pelo de sus cejas.

– Me gusta estar aquí -dijo Lucio Decumio con un suspiro-, así que mejor será que lleguemos a un acuerdo.

– Quiero que os marchéis -insistió Aurelia.

– Vamos a ver, señora. Me asiste cierto derecho -dijo Lucio Decumio-. Los miembros de esta cofradía son los guardianes del altar de la encrucijada; sus legítimos guardianes. Quizá os creáis que vuestros primos son los dueños del Estado, pero si nosotrOs nos vamos, entrarán otros, ¿cierto? Esto es un colegio de encrucijada, señora, registrado oficialmente ante el pretor urbano. Y os diré un secreto -añadió, inclinándose de nuevo y alargando el cuello como una tortuga-. ¡Todos los de los cruces son lobos! Lleguemos a un acuerdo, señora. Mantenemos el local limpio, pintamos un poco las paredes, andamos de puntillas cuando sea de noche, ayudamos a cruzar la calle a las ancianas, renunciamos a esa operación con el vecindario ¡y nos convertimos en pilares de la sociedad, como quien dice! ¿Qué os parece?

Pese a sus esfuerzos por reprimirla, la sonrisa se dibujó en su rostro.

– Mejor que el horror que yo conozco, ¿no, Lucio Decumio?

– ¡Mucho mejor! -añadió él efusivamente.

– Desde luego no me gustaría tener que volver a plantear todo esto con otra gente -dijo Aurelia-. Muy bien, Lucio Decumio: os pondré a prueba seis meses -añadió, levantándose y dirigiéndose a la puerta, seguida por Lucio Decumio-. Pero no penséis ni por un instante que vacilaré en echaros y dejar que entren otros-concluyó diciendo, con un pie ya en la calle.

Lucio Decumio la acompañó por el Vicus Patricii, abriéndole paso entre la multitud con asombrosa facilidad.

– Os aseguro, señora, que nos convertiremos en pilares de la sociedad.

– Veo muy difícil que podáis prescindir de unos ingresos a los que estabais acostumbrados -dijo Aurelia.

– ¡Oh, no os preocupéis, señora! -replicó Lucio Decumio, animado-. Roma es muy grande. Nos limitaremos a trasladar lo bastante lejos nuestra operación para no molestaros… al Viminal, al Ager… hay muchos sitios. No os preocupéis lo más mínimo por Lucio Decumio y sus hermanos de los cruces sagrados. Nos las arreglaremos.

– ¡Eso no es una respuesta! -replicó Aurelia-. ¿Qué diferencia hay entre aterrorizar a nuestro vecindario y hacerlo en otra parte?

– Lo que el ojo no ve y la oreja no oye, el corazón no lo lamenta -contestó el hombre, francamente sorprendido de que fuese tan obtusa-. Es la realidad, señora.

En aquel momento llegaban a la puerta principal.

– Supongo que haréis lo que queráis, Lucio Decumio -dijo ella, deteniéndose y mirándole con cara de pocos amigos-, pero que yo no me entere a dónde trasladáis vuestra "operación", como la llamáis.

– Punto en boca, señora. ¡Lo juro! ¡Punto en boca! -dijo él adelantándose a llamar a la puerta, que abrió con sospechosa prontitud el propio mayordomo-. Ah, Eutico, hace días que no se os ve por la cofradía -añadió Lucio Decumio con voz suave-. La próxima vez que la señora os dé fiesta, espero veros por el local. Vamos a limpiarlo y pintarlo para complacer a la señora. Hay que tener contenta a la cuñada de Cayo Mario, ¿no os parece?

– Por supuesto -contestó Eutico, totalmente anonadado.

– ¿Así que nos lo habías ocultado? ¿Por qué no nos dijiste quién era la señora? -insistió Lucio Decumio con voz tan suave como la seda.

– Como habréis advertido a lo largo de los años, Lucio Decumio, yo no hablo de mi familia -contestó Eutico dándose importancia.

– Malditos griegos; todos son iguales -dijo Lucio Decumio, dando un papirotazo a un mechón de su lacio pelo en dirección de Aurelia-. Que lo paséis bien, señora. Encantado de conoceros. Si deseáis algo de nosotros, servíos comunicármelo.

Cuando se cerró la puerta, Aurelia miró al mayordomo con rostro impasible.

– Bien, ¿qué me dices? -inquirió.

– ¡Domina, tengo que pertenecer a la cofradía! ¡Soy el mayordomo de los caseros y no consentirían que me quedara al margen!

– Eutico, ¿te das cuenta que podría mandar azotarte por esto? -dijo Aurelia sin cambiar de expresión.

– Sí -musitó el griego.

– Azotamiento es el castigo establecido, ¿verdad?

– Sí.

– Pues tienes suerte de que sea la esposa de mi marido y la hija de mi padre -añadió Aurelia-. Creo que mi suegro, Cayo Julio, lo concibió mejor. Antes de morir dijo que no entendía cómo una familia podía vivir en la misma casa con gente a la que mandaba azotar, ya fuesen hijos o esclavos. Sin embargo, hay otros modos de tratar la deslealtad y la insolencia. Y no pienses que no estoy dispuesta a asumir la pérdida económica de venderte con malas referencias, y cobrar mil sestercios en lugar de diez mil denarios; aparte de que tu nuevo propietario sería de tan baja clase social que te mandaría azotar sin piedad.

– Lo comprendo, domina.

– ¡Bien! Sigue perteneciendo a la cofradía del cruce; comprendo tus motivos. Y también alabo tu discreción respecto a nosotros -dijo Aurelia, disponiéndose a alejarse-. Ese Lucio Decumio, ¿qué trabajo tiene? -inquirió.

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