El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– Muy bien -contestó César a la carta en que le anunciaba el nacimiento de Ju-Ju-, ya tenemos la tradicional pareja de niñas de los Julios. La próxima vez que lleve despachos para el Senado empezaremos con los chicos.
Que era muy parecido a lo que su madre Rutilia le había dicho para consolarla de haber concebido niñas.
– Tendrías que haber pensado que tus palabras caían en saco roto -comentó Cota sonriente.
– ¡Ya lo creo! -exclamó Rutilia, irritada-. ¡De verdad, Marco Aurelio, esta hija mía me desconcierta! Cuando quise animarla, se limitó a enarcar las cejas y a decirme que a ella le daba absolutamente igual que fuesen niños o niñas, con tal de que fuesen sanos.
– ¡Y es una encomiable actitud! -replicó Cota-. Así como hace cuatrocientos o quinientos años no eran bien vistos los nacimientos de niñas, ahora las madres las aceptan mejor.
– ¡Sí, claro! ¡Es una simple actitud! -replicó Rutilia-. Si no me quejo de su tranquilidad, lo que me indigna es que te haga creer que eres tonta por decir lo evidente.
– Yo la quiero mucho -terció Rutilio Rufo, conteniendo la risa.
– ¡Sí, claro! -apostilló Rutilia.
– ¿Es bonita la niña? -inquirió Rutilio.
– Preciosa. ¿Qué otra cosa puede esperarse? Esa pareja no podría tener un hijo feo ni aunque lo hicieran de pie en la cama -contestó Rutilia, irritada.
– Vamos, vamos, a ver si hablas como una noble romana -añadió Cota, dirigiendo un guiño a Rutilio Rufo.
– ¡Ojalá se os cayeran los dientes! -chilló Rutilia, tirándoles los almohadones.
Poco después de nacer Ju-Ju, Aurelia tuvo que enfrentarse al asunto de la taberna de la esquina. Era algo que había querido evitar, pues, aunque se hallaba en su ínsula, no podía cobrar alquiler por tratarse de un lugar de reunión de una cofradía religiosa; aunque no tenía categoría de templo ni de aedos, era un centro "oficial" que figuraba en los libros de registro del pretor urbano.
Pero era una molestia porque siempre había movimiento junto a ella, incluso por la noche, y algunos de los cofrades echaban en seguida de la acera a los peatones; por el contrario, no se daban mucha prisa en limpiar la constante acumulación de basura ante la puerta.
Cardixa fue la primera en enterarse de un aspecto más siniestro de la cofradía religiosa de la taberna. Aurelia la había enviado a la tiendecita contigua a la entrada de la casa a comprar un ungüento para el culito de Ju-Ju, y se encontró con la dueña -una anciana de Galacia, experta en medicinas, tónicos, remedios y panaceas- junto a la pared, mientras un par de individuos de mala catadura discutían sobre qué tarros y botellas iban a destrozar primero. Gracias a Cardixa no destrozaron nada y fue ella quien los molió a golpes, poniéndolos en fuga, al tiempo que lanzaba imprecaciones. Luego, la aterrada anciana le contó que no había podido pagar el impuesto de protección.
– Todas las tiendas pagan a la cofradía de la taberna para que no les molesten -contó Cardixa a Aurelia-. Dicen que prestan servicio de protección a los tenderos contra los robos y las violencias, pero los únicos robos y violencias que padecen son por mano de la cofradía si no les pagan el impuesto de protección. Como sabéis, domínilla, esa pobre gálata ha enterrado hace poco a su esposo, y le hizo unos funerales caros; por eso no tiene dinero.
– ¡No se hable más! -dijo Aurelia, dispuesta a presentar batalla-. Vamos a arreglar esto, Cardixa.
Y, muy decidida, salió de su casa y fue deteniéndose en todas las tiendas del Vicus Patricii preguntando a los propietarios por aquello del impuesto de protección. Por lo que algunos le dijeron, supo que los asuntos de la cofradía desbordaban el estricto marco de las tiendas de la ínsula, por lo que acabó recorriendo todo el vecindario, enterándose así de una increíble historia de flagrante coacción. Incluso las dos mujeres encargadas de la letrina pública en la acera opuesta del Subura Minor al servicio de la empresa que tenía contrato con el Estado se veían obligadas a pagar un porcentaje del dinero que los clientes con recursos les pagaban para disponer de una esponja o un palo para limpiarse después de defecar; cuando la cofradía se enteró de que las dos mujeres hacían además el servicio de recoger orinales de diversas viviendas para vaciarlos y limpiarlos y que no lo habían dicho, les rompieron todos los orinales y las pobres mujeres tuvieron que comprar otros. Los baños contiguos a la letrina pública eran de un propietario particular -como todos los de Roma- y eran un buen negocio. Allí también estipuló un impuesto la cofradía para garantizar que no se mantendría a los clientes sumergidos en el agua hasta que casi se ahogaran.
Cuando Aurelia concluyó la investigación, estaba tan indignada que prefirió volver a su casa para calmarse antes de enfrentarse a la cofradía.
– ¡Y eso en mi casa! -exclamó abrumada-. ¡En mi propia casa!
– No os preocupéis, Aurelia, ya les daremos su merecido -dijo Cardixa.
– ¿Dónde está Ju-Ju? -inquirió Aurelia con un profundo suspiro.
– En el cuarto piso. Esta mañana le toca a Rebeca amamantarla.
– ¿Por qué no podré yo tener leche? -exclamó Aurelia, retorciéndose las manos-. ¡Estoy más seca que una vieja!
– Hay mujeres que tienen leche y otras que no -replicó Cardixa, encogiéndose de hombros-. No se sabe por qué. No os dejéis deprimir, lo que realmente os preocupa es el asunto de la cofradía. Ya sabéis que a ninguna le importa dar el pecho a Ju-Ju. Enviaré a una criada al cuarto a que diga a Rebeca que se quede un ratito con la pequeña y nosotras saldremos a zanjar ese asunto.
– Pues vamos -dijo Aurelia poniéndose en pie-. Acabemos de una vez.
No había mucha luz dentro de la taberna y Aurelia permaneció en el umbral; a contraluz, aquella belleza que conservaría toda su vida irradiaba toda su plenitud y fue como si el interior se iluminara, pero volvió a ensombrecerse en cuanto apareció Cardixa detrás de su ama.
– ¡Es el elefante que nos sacudió esta mañana! -dijo una voz en la penumbra.
En los bancos se produjeron varias deserciones, mientras Aurelia avanzaba y miraba a su alrededor, respaldada por Cardixa.
– ¿Quién es aquí el responsable? -inquirió Aurelia.
De la mesa de un rincón se levantó un hombrecillo delgado de unos cuarenta años con inconfundible aspecto romano.
– Soy yo -dijo, acercándose-. Lucio Decumio, para serviros.
– ¿Sabéis quién soy? -inquirió Aurelia.
El hombre asintió con la cabeza.
– Estáis ocupando, sin pagar alquiler, unas dependencias que son mías -le espetó Aurelia.
– Las dependencias no son vuestras, señora, sino del Estado -replicó Lucio Decumio.
– Del Estado, no -contestó ella, mirando en derredor puesto que sus ojos se habían acostumbrado a la escasa iluminación-. Este lugar es un asco; lo tenéis totalmente descuidado. Quedáis desahuciado.
Se hizo un impresionante silencio y Lucio Decumio frunció los ojillos con gesto avieso.
– No podéis desahuciarnos -dijo
– ¡Ya lo veremos!
– Me quejaré al pretor urbano.
– ¡Hacedlo, hacedlo! Es mi primo.
– Pues recurriré al pontífice máximo.
– Claro que sí. También es primo mío.
– No serán todos primos vuestros -replicó Lucio Decumio con un retintín que bien podía ser desacato o sorna.
– Ya lo creo que lo son -replicó Aurelia-. Tomad buena nota, Lucio Decumio, de que vos y vuestros rufianes tenéis que evacuar.
El hombre se la quedó mirando pensativo, rascándose la barbilla y con una especie de sonrisa en sus ojos gris claro; luego dio un paso a un lado, haciendo un gesto en dirección a la mesa que ocupaba.
– ¿Y si lo hablamos tranquilamente? -inquirió con la misma calma que el mismísimo Escauro.