El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Edhasa
- ISBN: 978-84-350-2212-5
- Переводчик: Horacio Gonz
- Жанр: Социально-философская фантастика
Электронная книга - «El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]». Краткое содержание книги:
—En ese caso, vaya —dijo Luz en voz baja. Vera se mostró ligeramente sorprendida—. Regrese al Arrabal. Esta misma noche. La ayudaré. Y mañana le diré a mi padre que la ayudé. Soy capaz de hacer algo…, ¡algo distinto a sentarme aquí, coser, maldecir y escuchar a ese estúpido de Macmilan!
Ágil, vigorosa y dominante, la joven se había puesto en pie de un salto y se erguía ante Vera, que permanecía inmóvil, encogida.
—He dado mi palabra, Luz Marina.
—¿Y eso qué importa?
—Si no digo la verdad, tampoco puedo buscarla —respondió Vera con tono severo. Se miraron con expresión decidida—. Yo no tengo hijos y tú no tienes madre. Niña, si pudiera ayudarte, lo haría, pero no en esos términos. Yo cumplo mis promesas.
—Yo no hago promesas —puntualizó Luz. Quitó un poco de hilo del huso y Vera lo ovilló.
6
Las puntas de los látigos restallaron en las puertas. Se oyeron voces masculinas. En Granja del Río Abajo alguien gritaba o chillaba. Los aldeanos se apiñaban en la bruma fría en la que dominaba el olor a humo; aún no había amanecido, las casas y los rostros se desvanecían en medio de la niebla y las penumbras. Aterrados por el miedo y la confusión de sus padres, dentro de las casitas los niños chillaban. La gente intentaba encender las lámparas, encontrar la ropa, calmar a los pequeños. Excitados, armados entre los indefensos y vestidos entre los desnudos, los guardias de la Ciudad abrían puertas, se introducían en el cálido y oscuro interior de las viviendas, daban órdenes a los aldeanos y a sus compañeros, empujaban a los hombres a un lado y a las mujeres al otro; dispersos como estaban en la oscuridad, entre las casas y entre el gentío creciente que se apiñaba en la única calle de la aldea, el oficial no podía controlarlos; sólo la mansedumbre de los aldeanos impedía que la brutal excitación se convirtiera en un éxtasis de asesinato y violación. Los aldeanos protestaron, discutieron e hicieron preguntas, pero como la mayoría creía que los estaban arrestando y en el Templo habían acordado no resistirse, obedecieron diligentemente las órdenes de los guardias; en cuanto comprendieron las órdenes, transmitieron la información rápida y claramente —los hombres adultos a la calle, las mujeres y los niños debían permanecer en las casas— como medida de protección. El frenético oficial observó que los detenidos se agrupaban por su cuenta. En cuanto se formó un grupo de veinte hombres, ordenó a cuatro guardias —uno de ellos armado con un mosquete— que salieran en formación de la aldea. De la misma manera habían sacado a dos grupos de Aldea de la Meseta. Estaban reuniendo al cuarto grupo en Aldea Sur cuando apareció Lev. Rosa, la esposa de Lyon, había corrido de Meseta al Arrabal, había llamado agotada a la puerta de la casa de los Shults e informado sin resuello: «Se llevan a los hombres. Los guardias se llevan a todos los hombres». Lev había partido de inmediato, en solitario, encomendando a Sasha que despertara al resto del Arrabal. Llegó jadeante a causa de los tres kilómetros de carrera y vio que la niebla raleaba, se tornaba luminosa. Las figuras de aldeanos y guardias en la Carretera Sur destacaban con las primeras luces mientras Lev acortaba camino por los campos rumbo a la cabeza del grupo. Se detuvo delante del hombre que encabezaba la irregular formación.
—¿Qué pasa?
—Se ha ordenado un reclutamiento de trabajadores. Póngase en la fila, con el resto.
Lev conocía al guardia, un sujeto alto llamado Angel; habían pasado un año juntos en la escuela. Vientosur y las otras arrabaleras le temían porque siempre que podía Angel las arrinconaba en el pasillo e intentaba meterles mano.
—Póngase en la fila —repitió Angel y alzó el mosquete, apoyando la punta del cañón en el pecho de Lev. Su respiración era casi tan agitada como la de Lev y tenías las pupilas muy dilatadas; soltó una especie de risa chirriante al ver que la respiración espasmódica de Lev hacía que el cañón subiera y bajara—. Chico, ¿ha visto cómo suenan cuando se disparan? Un ruido estrepitoso, estentóreo, como el de la semilla de un árbol anillado… —Apretó el mosquete contra las costillas de Lev, apuntó súbitamente hacia el cielo y disparó.
Atontado por el aterrador estampido, Lev se tambaleó y quedó anonadado. El rostro de Angel palideció; luego se quedó en blanco unos segundos, estremecido por el culatazo del arma torpemente fabricada.
Creyendo que habían disparado a Lev, los aldeanos situados detrás se acercaron en tropel y los otros guardias corrieron con ellos, gritando y maldiciendo. Extendieron los largos látigos y los chasquearon, haciéndolos parpadear pavorosamente en medio de la niebla.
—Estoy bien —afirmó Lev. Oyó su propia voz débil y lejana—. ¡Estoy bien! —gritó con todas sus fuerzas. Oyó que Angel también gritaba y vio que un aldeano recibía un latigazo en pleno rostro—. ¡Vuelvan a la fila!
Lev se unió al grupo de aldeanos y se reagruparon. Obedecieron a los guardias, se dividieron en pares y tríos y echaron a andar hacia el sur por el accidentado carril.
—¿Por qué vamos hacia el sur? Esta no es la Carretera de la Ciudad, ¿por qué nos dirigimos al sur? —preguntó el que iba a su lado, un chico de unos dieciocho años cuya voz denotaba inquietud.
—Han decidido practicar un reclutamiento de trabajadores —respondió Lev—. No sé para qué clase de faena. ¿A cuántos se han llevado? —Sacudió la cabeza para librarse del zumbante vértigo.
—A todos los hombres de nuestro valle. ¿Por qué tenemos que ir?
—Para que nuestros compañeros vuelvan. Cuando estemos todos reunidos, podremos actuar juntos. Todo saldrá bien. ¿Hay algún herido?
—No lo sé.
—Todo saldrá bien. Debemos mantenernos firmes —susurró Lev sin saber lo que decía.