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La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
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—Proyectiles, mi querido Severian. Pesadas postas de metal, cada una casi del ancho de una nuez y no tan larga como mi pulgar y estampada con la palabra golpea. Salían tamborileando de mi garganta y se derramaban en el cubo, y yo estiré la mano y la hundí en la inmundicia para verlas. La dueña de la posada vino y se llevó el cubo, pero yo las había limpiado y guardado. Hay dos, y ahora están en el cajón de esa mesa. La trajo ella para poner la cena. ¿Quieres verlas? Abre.

No podía imaginarme de qué estaba hablando Dorcas, y le pregunté si pensaba que alguien intentaba envenenarla.

—No, no, de ninguna manera. ¿No vas a abrir el cajón? Eres tan valiente… ¿No quieres matar? —Confío en ti. Si dices que en la mesa hay proyectiles, estoy seguro de que así es.

—Pero no crees que los vomité yo. No te culpo. ¿No hay una historia sobre la hija de un cazador que fue bendecida por un pardal, y que al hablar derramaba cuentas de azabache? Entonces la mujer del hermano le robó la bendición, y cuando hablaba, de los labios le saltaban sapos. Recuerdo haberla oído, pero nunca le creí.

—¿Cómo es posible arrojar plomo?

Dorcas rió, pero en su risa no había alegría: —Es fácil. Tan fácil… ¿Sabes lo que vi hoy? ¿Sabes por qué no pude hablarte cuando me encontraste? Yno pude, Severian, te lo juro. Sé que pensaste que estaba enfadada y me había puesto testaruda. Pero no… Me había vuelto como de piedra, muda, porque nada parecía importar, y todavía no estoy segura de que algo importe. Sin embargo, siento lo que dije sobre que no eras valiente. Eres valiente, lo sé. Lo único es que no parece una valentía hacerles cosas a los pobres prisioneros. Fuiste muy valiente al luchar con Agilus, y después, cuando casi te peleaste con Calveros porque creíste que iba a matar a Jolenta…

Volvió a quedar en silencio, y luego suspiró: —Ah, Severian, estoy tan cansada…

—De eso quería hablarte —dije yo—. De los prisioneros. Quiero que entiendas, por más que no puedas perdonarme. Era mi profesión, el oficio para el que me adiestraron desde la infancia. —Me incliné hacia adelante y le tomé la mano; parecía frágil como un pájaro cantor.

—Ya has dicho algo así otra vez. De veras, te entiendo.

—Y lo podía hacer bien. Dorcas, es eso lo que no entiendes. El tormento y la ejecución son artes, y yo tengo el talento, el don, la bendición. Esta espada…, todas las herramientas que utilizamos viven cuando yo las empuño. De haberme quedado en la Ciudadela, podría haber sido un maestro. Dorcas, ¿me escuchas? ¿Ves algún sentido en estas cosas que te digo?

—Sí —dijo ella—. Un poco, sí. Pero tengo sed. Si ya has bebido bastante, sírveme un poco de vino, por favor.

Lo hice, llenando sólo la cuarta parte del vaso porque temía que se lo derramara en la cama.

Se sentó a beber, algo que hasta entonces no había estado seguro de que fuese capaz de hacer, y una vez que acabó de tragar la última gota escarlata tiró el vaso por la ventana. Oí cómo se estrellaba abajo, en la calle.

—No quiero que bebas después de mí —me dijo—. Y sabía que si no lo tiraba ibas a hacerlo.

—Pero entonces, ¿piensas que lo que tienes es contagioso?

Volvió a reírse.

—Sí, pero ya lo tienes tú también. Te lo contagió tu madre. La muerte, Severian. Todavía no me preguntaste qué fue lo que vi hoy.

XI — La mano del pasado

No bien Dorcas dijo «Todavía no me preguntaste qué fue lo que vi hoy», me di cuenta de que yo había estado intentando desviar la conversación. Tenía el presentimiento de que para mí sería algo sin el menor sentido, y que así como los locos creen que las huellas de los gusanos bajo la corteza del árbol caído son una escritura sobrenatural, ella le adjudicaría un gran significado.

—Pensé que quizá fuera mejor distraerte, fuera lo que fuese —dije.

—Sería mejor, si pudiéramos. Era una silla. —¿Una silla?

—Una silla vieja. Y una mesa, y varias cosas más. Parece que en la calle de los Fusteros hay una tienda que les vende muebles viejos a los eclécticos, y a los autóctonos que han absorbido nuestra cultura tanto como para quererlos. Como aquí no hay fuentes para satisfacer la demanda, dos o tres veces por año el dueño y sus hijos van a Nessus, a los barrios abandonados del sur, y llenan la barca. Yo hablé con él, ¿comprendes?; lo sé todo. Allí hay decenas de miles de casas vacías. Algunas se derrumbaron hace mucho, pero otras siguen tal como las dejaron los dueños. A la mayoría las han saqueado, pero de vez en cuando se sigue encontrando plata y alguna joya. Y aunque en general han perdido la mayor parte de los muebles, casi siempre hay algo que los dueños tuvieron que dejar.

Me pareció que iba a llorar, y me incliné a acariciarle la frente. Con una mirada me dio a entender que no quería, y se tendió en la cama como antes. —Algunas de esas casas todavía conservan todos los muebles. Son las mejores, me explicó él. Cree que cuando el barrio murió hubo unas pocas familias, o quizá gente que vivía sola, que decidieron quedarse. Eran demasiado viejos para moverse, o demasiado tercos. Yo lo he pensado, y estoy segura de que algunos deben de haber tenido algo que no soportaban abandonar. Una tumba, a lo mejor. Enmaderaron las ventanas contra los asaltantes, y se protegieron con perros o cosas peores. Al fin se fueron, o se les acabó la vida, y los animales devoraron sus cuerpos y se liberaron; pero para entonces ya no había allí nadie, ni siquiera saqueadores o traperos, hasta que llegaron este hombre y sus hijos.

—Tiene que haber muchísimas sillas viejas —dije. —No como ésa. La conozco a la perfección: los grabados en las patas e incluso el motivo en el tapizado de los brazos. Y todo lo recordé entonces. Luego aquí, cuando vomité esos trozos de plomo, esas cosas como semillas duras, pesadas, lo comprendí. ¿Recuerdas, Severian, qué pasó cuando salimos del jardín Botánico? Tú, Agia y yo salimos del gran vivero de cristal, y tú alquilaste un bote que nos llevara de la isla a la costa, y el río estaba lleno de nenúfares con flores azules y hojas verdes y brillantes. Las semillas de esos nenúfares son así, duras y pesadas y oscuras, y he oído que se hunden en el fondo del Gyoll y allí se quedan durante eras completas. Pero cuando el azar las acerca a la superficie retoñan por muy viejas que sean, y se ven plantas de otra quilíada que vuelven a florecer.

—Yo también lo he oído dije—. Pero ni para ti ni para mí significa nada.

Dorcas estaba quieta, pero le temblaba la voz: —¿Qué poder hace que vuelvan? ¿Lo puedes explicar?

—El sol, supongo… Pero no, no lo puedo explicar. —¿Y no hay ninguna otra fuente de luz que el sol? Supe entonces qué quería decir, aunque algo en mí no podía aceptarlo.

—Cuando aquel hombre, Hildegrin, el que después volvimos a encontrar sobre la tumba de la ruinosa ciudad de piedra, nos transportó hasta la orilla en el Lago de los Pájaros, nos habló de millones de muertos, gente cuyos cadáveres habían sido arrojados al agua. ¿Cómo hicieron para que se hundieran, Severian? Los cadáveres flotan. ¿Cómo los lastraron? No lo sé. ¿Y tú?

Yo lo sabía: —Les metieron plomo por la garganta. —Eso pensé. —Su voz era ahora tan débil que apenas podía oírla, aun en esa habitación silenciosa. No, lo supe. Lo supe cuando las vi.

—Piensas que la Garra te hizo revivir. Dorcas asintió.

—Ciertas veces ha actuado. Lo admito. Pero sólo si yo la quitaba de la bolsa, y aun así no siempre. Cuando me sacaste del agua en el Jardín del Sueño Infinito estaba en mi talego, y ni siquiera sabía que la tenía.

—Severian, una vez me dejaste sostenerla. ¿Podría verla de nuevo ahora?

La saqué de la bolsa y la alcé en la mano. Los fuegos azules parecían adormilados, pero en el centro de la gema vi el gancho de aspecto cruel que le daba su nombre. Dorcas extendió la mano, pero me acordé del vaso de vino y sacudí la cabeza.

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