Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Mujeres peligrosas
Mujeres peligrosas - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Mujeres peligrosas

Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:

Las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. ¿Qué hace peligrosa a una mujer? Su gran belleza, su encanto, su inteligencia, la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o el modo de reírse. Puede tener conciencia absoluta de su poder, o desconocerlo por completo. Utilizarlo comoa rma o protegerse detrás de él. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ése es mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.
1 ... 14 15 16 17 18 19 20 21 22 ... 82
Перейти на страницу:

Leonid respiró hondo y dijo:

– Cobro quinientos por día… más gastos. El kilometraje, alquiler de equipos y comida después de ocho horas de trabajo.

Craig acababa de darle doce mil dólares, pero negocios son negocios. La muchacha le entregó un gran sobre de papel manila.

– Aquí está su nombre completo y su dirección. También incluí una foto y la dirección de la oficina donde trabaja. Además hay ochocientos dólares ahí. Probablemente no necesite más porque estoy casi segura de que saldrá con ella mañana a la noche.

– ¿Qué va a tomar, amigo? -le preguntó el barman, un muchacho asiático de rostro encantador.

– Una soda -dijo el detective-, sin hielo.

El barman sonrió o hizo una mueca irónica, Leonid no supo bien cuál de las dos. Anhelaba tomarse un whisky con esa soda, pero su úlcera de estómago lo mantendría despierto toda la noche si lo hacía.

– ¿Por qué? -le preguntó Leonid a la bella muchacha.

– ¿Por qué quiero saber?

– No. ¿Por qué cree que saldrá con ella mañana a la noche?

– Porque me dijo que iría con su jefe a ver La flauta mágica en el Carnegie Hall. Pero en el teatro no hay ninguna ópera en programa.

– Parece haberlo averiguado todo por su cuenta. ¿Para qué necesita un detective?

– Por la madre de Dick -dijo Karmen Brown-. Me dijo que no era digna de su hijo. Dijo que yo era una persona vulgar y grosera y que sólo lo estaba usando.

La furia contorsionó el rostro de Karmen y hasta su etérea belleza se convirtió en algo horrible.

– ¿Y usted quiere restregarle esto en la cara? -preguntó Leonid-. ¿Por qué la mujer no estaría feliz de que su hijo se haya buscado otra novia?

– Creo que está viéndose con una mujer casada, y mayor, mucho mayor. Si puedo conseguir fotos de ellos, se le acabará la petulancia.

Leonid se preguntó si eso sería suficiente para hacerle mella a la madre de Dick. También se preguntó por qué Karmen sospechaba que Dick se veía con una mujer mayor y casada. Tenía una cantidad de preguntas pero no las planteó. ¿Por qué cuestionar a una vaca lechera? Después de todo, tenía dos alquileres que pagar.

El detective revisó la información y echó un vistazo al dinero, todo ello sujeto con un clip, mientras el joven barman le dejaba la soda junto a su codo.

La fotografía mostraba a un hombre que supuso sería Richard Mallory. Era un hombre joven, blanco, cuya cara parecía inacabada. Tenía un bigote que no era suficientemente espeso y una mata de cabello castaño que desafiaría a cualquier peine. Parecía incómodo de pie frente a la pista de patinaje del Rockefeller Center.

– Muy bien, señorita Brown -dijo Leonid-. Acepto el caso. Tal vez los dos tengamos suerte y el asunto esté terminado mañana a la noche.

– Karma -dijo ella-. Llámeme Karma. Así me llaman todos.

Leonid llegó a Elizabeth Street un poco después de las diez y media. Tocó el timbre de Gert y gritó su nombre por el micrófono del portero eléctrico. Tuvo que alzar la voz para que se lo escuchara por encima del rugido de una motocicleta que pasaba.

Gert Longman vivía en un pequeño estudio en el tercer piso de un edificio de estuco construido en la década del cincuenta. El techo era bajo pero la habitación era bastante amplia y Gert la había decorado con gusto. Había un sofá rojo y una mesa baja de caoba y armarios empotrados con puertas vidriadas en la pared del fondo. No tenía cocina aunque en un rincón había un refrigerador pequeño con una cafetera y una tostadora eléctricas encima. Gert también tenía un reproductor de cd. Cuando Leonid llegó, Ella Fitzgerald estaba cantando temas de Cole Porter.

Leonid apreció la música, y lo dijo.

– Me gusta -dijo Gert, arreglándoselas en cierto modo para rechazar el cumplido de Leonid.

Era una mujer de piel oscura cuya madre había venido de la parte española de Hispaniola. Sin embargo, Gert no hablaba con acento. Ni siquiera sabía hablar español. En realidad, Gert no sabía nada de su propia historia. Se enorgullecía de decir que era tan americana como cualquier Hija de la Revolución americana.

Se sentó en un extremo del sofá.

– ¿Néstor ya te pagó? -preguntó Gert.

– Sabes que te he extrañado, Gertie -dijo Leonid, pensando en su piel de satén y en la cuarentona con el provocativo vestido adolescente de la cafetería francesa.

– Eso ya fue, Leo. Terminó hace mucho tiempo.

– Todavía debes tener necesidades.

– No de ti.

– Una vez me dijiste que me amabas -respondió Leonid.

– Eso fue después de que me dijiste que no estabas casado.

Leonid se sentó a pocos centímetros de ella. Le acarició un nudillo con dos de sus dedos.

– No -dijo Gert.

– Vamos, nena. Allá abajo lo tengo duro como un palo.

– Y yo estoy seca hasta los huesos.

… pero para una mujer un hombre es vida, cantaba Ella.

Leonid se echó atrás y metió la mano derecha en el bolsillo de sus pantalones.

Después de que Karmen Brown se fue de Barney's Clover, Leonid se metió en el baño y descontó los tres mil de Gert de los doce mil que Craig Arman le había puesto en el regazo. Extrajo el fajo de su bolsillo.

– Al menos podrías darme un besito en mi palo por todo esto -dijo.

– También podría pinchártelo.

Leonid soltó una risita y Gert esbozó una sonrisa. Nunca serían amantes otra vez, pero a ella le gustaba su estilo. El podía leer eso en la mirada de Gert.

Tal vez tendría que haber abandonado a Katrina.

Le entregó el fajo de billetes de cien dólares y le preguntó:

– ¿Alguien podría encontrar el rastro entre tú y Joe Haller?

– Uh, uh. No. Yo trabajaba en una oficina totalmente diferente de la suya.

– ¿Cómo conseguiste sus antecedentes?

– Revisé una lista de probables empleados de la empresa y después hice una investigación de antecedentes de unos veinte.

– ¿Desde tu oficina?

– Desde la terminal informática de la biblioteca pública.

– ¿Y no pueden rastrearte allí?

– No. Compré mi cuenta con un número de Visa que me dio Jackie P. Es de algún pobre vago de St. Louis. No hay manera de rastrearlo. ¿Qué pasa, Leo?

– Nada -dijo el detective-. Sólo quiero ser cuidadoso.

– Haller es una mierda -agregó Gert-. Se lo ha estado haciendo a las mujeres de la oficina durante meses. Y cuando el marido de Cynthia Athol se enteró y fue a buscarlo, Joe le dio tal paliza que lo mandó al hospital. Le rompió la clavícula. Hace apenas dos semanas azotó con una correa a Chris Small.

Cuando Néstor le pidió a Leonid que le consiguiera un chivo expiatorio para un delito diurno, Leonid acudió a Gert y ella consiguió un empleo temporario en la Financiera Amberson. Todo lo que tuvo que hacer fue señalar a un tipo que tuviera antecedentes que lo hicieran sospechoso del golpe, un tipo que nadie pudiera relacionar con Néstor. Y ella lo hizo todavía mejor. Consiguió un tipo que no le gustaba a nadie.

Haller había robado una tienda doce años antes, cuando tenía dieciocho años. Y ahora era un gigoló con cinturón negro en algo. Le gustaba abrumar a las tontas secretarias de la oficina con sus músculos y su gran miembro. No le importaba que sus maridos o novios se enteraran porque creía que podía hacer pedazos a cualquier hombre en una pelea mano a mano.

A Gert le habían contado que en una oportunidad Haller había dicho: “Cualquier mujer que tenga un verdadero hombre a su lado no me permitiría tomarla de esa manera”.

– No te preocupes -dijo Gert-. Se merece lo que le ocurre y nunca podrán rastrearme.

– Okey -dijo Leonid.

Volvió a acariciarle el nudillo.

– No.

Él deslizó sus dedos hacia la muñeca de la mujer.

– Por favor, Leo. No quiero luchar contigo.

Leonid respiraba con agitación y la erección le hinchaba los pantalones. Pero se alejó.

1 ... 14 15 16 17 18 19 20 21 22 ... 82
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)