Mujeres peligrosas
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:
Katrina McGill había sido una belleza en su época. Esbelta y de cabello azabache, de Letonia o Lituania… Leonid nunca sabía de cuál de los dos países. Tenían tres hijos, de los cuales al menos dos no eran de Leonid. Él nunca les había hecho hacer análisis para demostrar su paternidad. ¿Para qué molestarse? La belleza del este de Europa lo había abandonado pronto por un león de las finanzas. Pero engordó, y el viejo rico había quebrado, de modo que ahora toda la banda (menos el ex ricachón) vivía de los centavos de Leonid.
– ¿Qué hay para la cena, Kat? -preguntó, respirando con dificultad después de escalar los cinco tramos de escalera hasta la puerta de su departamento.
– Llamó el señor Barch -le respondió ella-. Dijo que si no le pagas para el viernes inicia el juicio de desalojo.
La forma cuadrada de su cara y la pesadez en torno de los párpados era lo que la afeaba. Cuando era joven la gravedad estaba suspendida, pero él debería haber previsto que bajaría el telón.
Los chicos estaban en la sala. La tevé estaba encendida aunque nadie la miraba. El mayor, el pelirrojo Dimitri, estaba leyendo un libro. Tenía piel ocre y ojos verdes. Y también tenía la boca de Leonid. Shelly, la chica, parecía más china que cualquier otra cosa. Habían tenido un vecino chino cuando vivían en Staten Island. El hombre trabajaba en un centro de joyeros hindúes en Queens. Shelly estaba cosiendo una de las chaquetas de Leonid. Amaba a su padre y nunca interrogaba a su madre ni al rostro que veía en el espejo.
Shelly y Dimitri tenían dieciocho y diecinueve años. Iban al City College y vivían en casa. Katrina no quería ni escuchar hablar de que se fueran a vivir a otra parte. Y a Leonid le gustaba tenerlos cerca. Sentía que lo anclaban a algo, que evitaban que derivara por la calle cuarenta y dos hasta el Hudson.
Twill era el más joven. Dieciséis años y autobautizado. Acababa de volver a su casa después de una estadía de tres meses en un centro de detención juvenil cerca de Wingdale, Nueva York. El único motivo por el que seguía en la escuela era porque formaba parte de las condiciones de liberación.
Twill fue el único que sonrió cuando Leonid entró en el cuarto.
– Hola, pa -le dijo-. ¿A que no sabes? El señor Tortolli quiere contratarme en su tienda.
– Hola. Qué bien.
Leonid tendría que llamar al ferretero para decirle que Twill le abriría la puerta trasera y le vaciaría el comercio en tres semanas. Leonid lo amaba, pero Twill era un ladrón.
– ¿Y qué pasa con el señor Barch? -dijo Katrina.
– ¿Y qué pasa con mi cena?
Katrina sí que sabía cocinar. Sirvió pollo con salsa de vino blanco y las pastas más vaporosas que él hubiera comido nunca. También había brócoli y pan con almendras, piñas asadas y una oscura salsa de pescado que se podía comer con cuchara.
A Katrina le resultaba difícil cocinar desde que su mano izquierda había sufrido una parálisis parcial. El especialista había dicho que probablemente se debía a un ataque leve. Ella estaba todo el tiempo angustiada. Ya hacía años que sus novios habían dejado de llamarla.
Leonid se ocupaba ahora de ella y de sus hijos. Hasta le pedía tener sexo con ella de tanto en tanto porque sabía que ella aborrecía hacerlo.
– ¿Llamó alguien más? -preguntó, cuando los estudiantes se habían ido a sus cuartos y Twill estaba nuevamente en la calle.
– Un hombre llamado Arman.
– ¿Qué dijo?
– Hay una pequeña cafetería francesa en la esquina de la diez y la diecisiete. Quiere verte ahí a las diez. Le dije que no sabía si podrías ir.
Cuando Leonid se acercó a besar a Katrina, ella se inclinó a un costado para evitarlo y él se rió.
– ¿Por qué no me abandonas?
– ¿Quién mantendría a nuestros hijos si lo hiciera? Esto hizo que Leonid se riera con más ganas.
Llegó a la Fiesta de Babette a las nueve y cuarto. Pidió un espresso doble y observó con fijeza las piernas de una mujer madura sentada en la barra. Tenía por lo menos cuarenta años pero estaba vestida como si tuviera quince. Leonid sintió los indicios de la primera erección en más de una semana.
Tal vez por eso llamó a Karmen Brown por el celular. La voz de Karmen había sonado como si tuviera puesto un vestido de esa clase.
Cuando respondió, Leonid se dio cuenta de que la mujer estaba en la calle.
– ¿Hola?
– ¿Señorita Brown?
– Sí.
– Soy Leo McGill. ¿Usted me dejó un mensaje?
– Señor McGill. Creí que estaba en Florida.
El rugido de un motor casi ahogó sus palabras.
– Lamento que no se me escuche muy bien -dijo-. Esa fue una moto que pasó por la calle.
– Está bien. ¿Cómo puedo ayudarla?
– Tengo un problema y… bien, es algo personal.
– Soy detective, señorita Brown. Escucho cosas personales todo el tiempo. Si quiere que nos encontremos tendrá que contarme de qué se trata.
– Richard -dijo ella- Mallory. Es mi prometido y creo que me está engañando.
– ¿Y usted quiere que yo lo pruebe?
– Sí -dijo-. No quiero casarme con un hombre que me trate de ese modo.
– ¿Cómo consiguió mi nombre, señorita Brown?
– En la guía telefónica. Cuando vi dónde quedaba su oficina, me pareció que usted debía ser bueno.
– Puedo verla mañana, en algún momento.
– Prefiero que nos encontremos esta noche. No creo que pueda dormir hasta que este asunto esté aclarado.
– Bueno… -vaciló el detective-. Tengo una reunión a las diez y después voy a ver a mi novia.
Era una broma privada, algo que la joven señorita Brown jamás entendería.
– Tal vez pueda reunirme con usted antes de que vea a su novia -sugirió Karmen-. Sólo llevará unos minutos.
Acordaron encontrarse en un pub sobre Houston, dos manzanas al este de Elizabeth Street, donde vivía Gert Longman.
En el momento en que Leonid quitaba el auricular de su oreja, Craig Arman entró en la cafetería. Era un hombre blanco, grandote, con un rostro amplio y amable. Hasta la nariz rota lo hacía parecer más vulnerable que peligroso. Llevaba puestos unos jeans desteñidos y una camiseta debajo de un amplio pulóver tejido. Había una pistola en medio de toda esa tela, Leonid lo sabía perfectamente. El contador callejero de Néstor Bendix jamás iba desarmado.
– Leo -dijo Arman.
– Craig.
La pequeña mesa que había elegido Leo estaba detrás de una columna, alejada del resto de la concurrencia del popular restaurante.
– Los polis consiguieron su paquete -dijo Arman-. Nuestro hombre entró y salió del lugar en diez minutos. Una rápida llamada al centro y ahora está a la sombra. Tal como dijiste.
– Eso significa que puedo pagar el alquiler -respondió Leo.
Arman sonrió y Leonid sintió que le ponían algo que pesaba más o menos unos cien gramos sobre un muslo, debajo de la mesa.
– Bueno, tengo que irme -dijo Arman entonces-. Temprano a la cama, como sabes.
– Sí -acordó Leonid.
La mayoría de los muchachos de Néstor no tenía demasiada afinidad con las razas más oscuras. El único motivo por el que Néstor lo llamaba era porque Leonid era el mejor en lo suyo.
Leonid tomó un taxi en la Séptima Avenida que lo llevó a Barney's Clover, sobre Houston.
La muchacha sentada en el extremo del bar era todo lo que Katrina había sido alguna vez, salvo que era rubia y su belleza nunca se marchitaría. Tenía un rostro de porcelana con rasgos pequeños y adorables. Nada de maquillaje excepto un atisbo de pálido brillo labial.
– ¿Señor McGill?
– Leo.
– Me alivia tanto que haya aceptado encontrarse conmigo -dijo ella.
Llevaba pantalones color ocre y una blusa color coral. En el regazo tenía un impermeable blanco, doblado. Sus ojos eran de ese tono castaño que un artista podría describir como rojo. Llevaba el cabello corto… masculino aunque sexy. Sus labios pintados estaban listos para besar nalgas de bebé y para reír.