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Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
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Finalmente Max levantó la mirada y tiró el vendaje sobre el asiento, al lado de ella.

– La próxima vez que hiperventiles, dejaré que te desmayes.

Sí, lo había insultado y había herido sus sentimientos. O lo que tuviera él por sentimientos, porque ella no estaba segura de que ese hombre experimentase emociones humanas. Lola bajó la mano de la frente y dirigió la vista hacia la manta de lana blanca que tenía sobre el regazo. No quería pensar en Max como en un ser con sentimientos humanos. No quería considerarlo un ser humano. Ese hombre era el responsable de la situación en que se encontraban y de ponerlos, a ella y a Baby, en peligro. Si no fuera por Max, Baby no se encontraría a bordo del Dora Mae, y tampoco se habría caído por la borda.

El perro se soltó de los brazos de Lola y se abrió camino a través de los pliegues de la manta hasta que pudo saltar al suelo. Se sacudió y se acercó a los pies de Max. Por una vez, no ladró.

Mientras se encontraba debajo de Max en la plataforma de baño e intentaba controlar la respiración, Lola tuvo la certeza de que él había estado a punto de besarla. Percibió el calor de sus labios y el deseo en sus ojos. Lola era lo bastante mayor y había estado con suficientes hombres como para reconocer esos signos.

Vale, quizá se había equivocado esta vez. Era obvio que él había intentado ayudarla a controlar la respiración, y Lola se sentía un poco tonta y avergonzada por haber malentendido sus intenciones. Lola levantó la mirada y vio las largas piernas de Max, los dedos que desabrochaban los botones de la bragueta, los pulgares que se metían en la cintura de los pantalones y los empujaban hacia abajo.

– Siento mucho haber mal interpretado lo que hiciste. No sé qué…

– Olvídalo -la interrumpió Max.

Los calzoncillos mojados parecían una segunda piel. Lola apartó la vista, pero sólo después de echarle una buena ojeada, tan buena que tuvo que obligarse a no mirar de nuevo.

– Dime una cosa: ¿qué hacías de vacaciones sola en Dolphin Cay? -le preguntó él, y Lola tuvo la sensación que él deseaba cambiar de tema tanto como ella.

– ¿Por qué?

Max tendió los pantalones en la borda.

– Por curiosidad.

– Quería alejarme de todo durante unos días.

– ¿En Dolphin Cay?

Lola le sostuvo la mirada, temerosa de mirar por debajo de sus hombros y de que Max se quitara esos calzoncillos.

– Exacto.

– Yo habría pensado que una chica como tú preferiría pasar un tiempo en el Club Med o… -Hizo una pausa y se pasó las manos por el pelo. Unas gotas de agua clara le resbalaron por el cuello-. ¿Cómo se llama otro lugar de postín que hay en Nassau?

– El Ocean Club -le informó ella. Había pasado allí unas semanas hacía unos cuantos veranos.

– Sí, ese. Entonces, ¿qué hacías en esa minúscula isla con tu perro como única compañía?

– No tenía ganas de estar rodeada de gente.

– ¿Por qué?

– No tenía ganas de que la gente me señalara y me observara.

– ¿Es que todavía no te has acostumbrado? Seguro que una modelo famosa como tú siempre es el blanco de todas las miradas.

Eso era diferente

– La situación ha cambiado desde que esas fotografías aparecieron en la web.

– ¿Qué fotografías?

¿Era posible que existiese alguien en este planeta que no hubiera visto esas fotografías en Internet, que ni siquiera hubiera oído hablar de ellas? No sólo se habían difundido en la prensa amarilla, sino que los telediarios nacionales se habían hecho eco del juicio.

– ¿Qué fotografías? -preguntó Max otra vez.

Lola no quería hablar de eso con él. Esa mañana no sentía tanta rabia contra él como el día anterior, y era muy probable que él le dijera algo desagradable, como que había sido una estúpida al dejar que Sam hiciera fotos y que se merecía lo que había pasado. Y quizá se lo mereciese, pero Lola había estado muy enamorada de Sam y había confiado en él. O tal vez Max dijera que el único motivo por el que ella estaba molesta era que no le habían pagado por las fotos. El abogado de Sam había hecho circular esta opinión, y cada vez que la oía, Lola montaba en cólera.

Max se acercó a la silla de pescar y se repantigó, cruzando los brazos como si se dispusiera a esperar su respuesta durante todo el día.

Una ligera barba de tres días le oscurecía la cara allí donde no es magullada. Las tiras blancas que le cubrían el corte de la frente contrastaban con la piel bronceada. Tenía todo el aspecto de un pirata, hasta tal punto que Lola pensó que nada de lo que ella pudiera decirle le importaría, pues seguramente él había hecho cosas peores que confiar en alguien tuviese en su poder fotos comprometedoras.

– Las de la página web de Sam.

– ¿Quién es Sam?

– Mi ex novio. -Se quitó la manta, que ya empezaba a picarle en los hombros-. Colgó en Internet unas fotos bastante incómodas para mí.

– ¿Fotos de desnudo?

– Sí.

– ¿Primeros planos?

– Planos bastante cercanos.

La brisa le hizo revolotear el vestido desabrochado a la altura del pecho y del estómago. Lola se fijó en que lo tenía abierto hasta el ombligo y empezó a abotonárselo.

– ¿Y por qué son tan incómodas?

– No importa.

– ¿Sales bailando el mambo horizontal?

– ¿El qué?

– Montándotelo. Haciéndolo. Practicando sexo.

Lola levantó la vista y lo miró a los ojos azules; luego volvió a centrar su atención en los botones del vestido.

– No.

Los dedos entumecidos por el frío y le estaba costando pasar los botones por los ojales.

– ¿Estabas actuando en solitario?

Lola tardó unos segundos en comprender a qué se refería.

– No.

– Entonces, a él, ¿le estabas…?

– ¡No! -interrumpió, antes de que esa mente obsesa siguiese entrando en detalles-. Estaba encima de una bicicleta besando un pirulí.

Max se quedó callado, pero cuando habló sonó decepcionado:

– ¿Eso es todo?

– Sí.

Ella la miró de nuevo y se dio cuenta de que Max tenía la mirada fija en la actividad de sus dedos, que se afanaban en abrochar el último botón del vestido. Lola bajó las manos rápidamente. Entonces, Max, con lentitud exasperante, recorrió con la vista su cuello, su mentón y su boca hasta que llegó a los ojos.

– ¿Estabas sola o con tu novio? -le preguntó, con la voz un poco más grave.

– Sola.

Lola volvió a colocarse la manta encima de los hombros, protegiéndose de su mirada. De nuevo, le sorprendió que sentirse observada por él le resultara tan desagradable como se imaginaba. En realidad, no le parecía desagradable en absoluto. Más bien era inquietante. Inquietante por ese azul intenso y esa sombra de deseo que percibía en sus ojos, por la tirantez que le provocaba en el pecho. De repente, él parpadeó y el deseo, desapareció de sus ojos como si nunca hubiera existido.

– No me parece tan terrible -dijo, como si un minuto antes no le hubiese pillado contemplando sus pechos.

Max se mostraba tan desenfadado que Lola no entendía por qué de repente se había puesto nerviosa. Tampoco era la primera vez que un hombre la veía en sujetador, desde luego. Hubo un tiempo en que su escote había sido el más fotografiado de todo el mundo.

– Era un pirulí gigante -le explicó.

Max arqueó una ceja, como diciendo «¿y qué?».

– La verdad es que no lo estaba besando, exactamente.

– ¿Y qué estabas haciendo, exactamente?

Lola se lo aclaró porque, aunque resultaba un poco embarazoso, no precisamente un secreto. Además, si él se moría de ganas de saberlo, sólo tenía que pagar veinticinco pavos para verlo en Internet, como todo mundo. Después de que los rescataran, eso sí.

– Mi imitación personal de Linda Lovelace.

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