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Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
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Las comisuras de los labios de Max dibujaron una sonrisa totalmente masculina que se extendió a sus ojos azules.

– ¿ Imitas a Linda Lovelace?

– No me lo recuerdes. ¿O es que quieres más detalles?

– Dios, sí.

Lola se rió.

– Olvídalo.

– ¿Y si te lo pido muy amablemente?

– No.

– Eres una aguafiestas, Lolita -le reprochó.

Baby saltó al asiento que había al lado de Lola y ella le quitó el collar empapado.

– ¿Cómo se llama esa página de Internet?

– ¿Por qué? ¿Es que vas a pagar veinticinco pavos para ver esas fotos?.

– Me has despertado la curiosidad por el pirulí gigante -le contesto encogiéndose de hombros-. ¿Te molestaría que lo hiciese?

– Por supuesto.

– ¿Por qué?

Lola no podía creer que le preguntara algo tan obvio.

– Bueno… es que salgo desnuda.

– Pero ya has posado desnuda en otras ocasiones.

– No del todo.

Eso había sucedido durante una época en que trabajaba para una importante marca de cosméticos. Estaba promocionando la línea de productos para la piel. Durante la sesión de fotos, tenía el cuerpo cubierto únicamente por una capa de aceite perfumado. Posó ante un fondo rojo, con los tobillos cruzados y los pies a la altura adecuada para ocultar el área del pubis. Desde detrás, dos manos masculinas le tapaban los pechos. Había pasado hambre durante la semana previa a la sesión. Cuando terminó, se plantó en una hamburguesería y pidió un menú número dos, ración grande.

– A mí me parece que posar en sujetador de encaje y bragas se acerca muchísimo a posar desnuda.

No era lo mismo, y Lola no sabía por qué tenía que explicárselo. Pero lo intentó de todas formas.

– Cada vez que he accedido a una sesión de fotos ha sido porque tenía control sobre mi imagen. Siempre era yo quien decidía. Lo de la página web no fue una decisión mía. No se trata sólo de un abuso de mi cuerpo, sino también de mi confianza. Yo nunca habría aceptado publicar esas fotos, y menos en una página porno de Internet. Mis padres estaban horrorizados. -Por otro lado, nunca habría aceptado mostrar una imagen suya de la etapa más aguda de su enfermedad. Fue una época en que había perdido el control, en que cada uno de los momentos del día y de la noche estaban dominados por la comida y el sentimiento de culpa. Se dedicaba a recortar recetas y comprar libros de cocina que nunca utilizaba-. No espero que lo entiendas.

Max se llevó la mano al costado y respiró profundamente.

– Bueno, tengo alguna idea de qué significa perder el control-dijo, mientras cogía la caña de pescar-. Sé lo que es no tener ningún control de lo que pasa en tu vida ni de cómo te ven los demás. Y también sé lo que es perder la confianza y sentirse traicionado.

– ¿Quién fue?

Quizá sí la entendía, pero le costaba imaginarse que ese hombre imponente, que actuaba con tal desparpajo, a pesar de estar vestido únicamente con los calzoncillos, pudiera preocuparse por algo.

– ¿Quién fue, Max? -insistió.

– No se trata de quién. -La miró de reojo y volvió a centrar la atención en el sedal-. Sino de qué.

Lola habría podido decirle que sus aparejos no eran los adecuados para practicar la pesca a motor parado, pero en ese momento le interesaba más lo que él pudiese contarle que lo que estaba haciendo. Pero como él no contestaba, preguntó:

– Pues ¿qué?

Él permaneció callado.

– Vamos, Max -suspiró Lola-. Yo te he contado lo del pirulí.

Max la miró por un momento y luego volvió a dirigir la vista a la caña.

– Hace unos años, me «retiré» de la Marina -empezó mientras soltaba sedal con el carrete-. Durante mi carrera, he cabreado bastante unos cuantos oficiales de alto rango. Uno de ellos fue nombrado secretario de la Marina y no me quería allí, así que me dio una patada en el culo.

– ¿Y qué hiciste?

Max se encogió de hombros.

– No siempre sigo las reglas del juego -le respondió, pero eso no significaba nada para Lola-. Hice lo que tuve que hacer para cumplir una misión, y después de eso me dieron a escoger entre el retiro o la prisión federal.

Vale, eso sí significaba algo.

– ¿Prisión? ¿ Bajo que cargos?.

– Conspiración. En ese momento, yo formaba parte del DEVGRU, el Grupo Naval de Desarrollo de Técnicas de Guerra Especiales. -Hizo una pausa y la miró como si ella supiera qué quería decir eso-. Se trataba de una unidad de antiterrorismo, inteligencia y seguridad nacional. Entre otras cosas, fabricábamos y probábamos armamento, y, al parecer, me confabulé con una empresa de contratación privada para defraudar treinta y cinco mil dólares al gobierno de Estados Unidos.

– ¿Cómo?

– Cobrándoles por unas armas de asalto que no existían.

Lola necesitaba saberlo, así que decidió preguntárselo:

– ¿Lo hiciste?

– Bueno -dijo mientras dejaba caer el cebo en sus manos-. Si quisiera jugarme el culo con el Gobierno, me aseguraría que fuera por bastante más dinero que treinta y cinco de los grandes. -Se dirigió a un lado del yate, tomó impulso con la caña hacia atrás y lanzó el cebo tan lejos que Lola lo perdió de vista antes de que llegara al agua-. Hoy en día, treinta y cinco de los grandes dan para un coche decente, y no vale la pena pasar un tiempo en chirona por eso.

– ¿Y por un Ferrari sí valdría la pena?

Max meditó por un momento y luego negó con la cabeza.

– No.

Lola sonrió.

– ¿Por qué has tardado tanto en contestar?

– Un Ferrari se merece un mínimo de reflexión.

– Eso es verdad -rió Lola-. ¿Contrataste a un abogado que te defendiera?

– Sí, pero cuando las pruebas que tiene el Gobierno se encuentran clasificadas y ni tú ni tu abogado tenéis autorización para ver ese material, estás jodido completamente.

Así, de perfil, entornando los párpados ante la luz brillante del Caribe, con la línea de la mandíbula y del mentón suavizada por la barba negra de pocos días, parecía casi una persona de verdad con problemas de verdad. Incluso la conversación que mantenían parecía una conversación de verdad, así que, puesto que estaban comunicándose como personas, Lola supuso que a él le interesaría saber que estaba pescando con el cebo equivocado.

– No vas a pescar nada con ese aparejo.

Max la miró por encima del hombro. El viento empezaba a secarle la punta del cabello.

– Yo creo que sí.

La manta le picaba a Lola detrás de los muslos, así que se puso de pie.

– El que utilizaba esta caña le puso una cucharilla. Necesitas un anzuelo emplomado. Algo que atraiga a los peces de aguas profundas. Es posible que tengas suerte, pero no lo creo.

Max le clavó la vista durante unos segundos.

– ¿De verdad?

Vale, a la mejor no estaba interesado en saberlo. O a la mejor era tan receptivo como la mayoría de los hombres a los consejos femeninos.

– Sí.

Max frunció las cejas y colocó la caña en el soporte de la silla.

– Quizá deberías opinar sólo sobre lo que sabes: posar en ropa interior.

Sí, era como la mayoría de los hombres. Era imposible mantener una conversación de verdad con él.

– Te sorprendería enterarte de todo lo que sé. Mi abuelo organizaba salidas de pesca en Charleston, y cuando lo visitaba en verano lo acompañaba muchas veces. -Tiró la manta encima de la silla-. Y ya no soy modelo, sino diseñadora de lencería. ¿Te suena Lola Wear, lnc.?

– No -contestó Max, y se sentó.

– Es mi empresa -le informó Lola, con no poco orgullo. Max la contemplaba con cara inexpresiva, así que especificó un poco más-: Empecé por diseñar unos cuantos sujetadores, y actualmente tengo cientos de empleados.

– ¿Así que haces ropa interior en lugar de exhibirla?

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