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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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– Moncho… -le dijo-. ¿Por qué no te vienes a vivir a Gerona? ¿Por qué no instalas aquí tu laboratorio? No estoy muy seguro, pero creo que en Gerona no hay ningún analista de verdad…

Moncho siguió andando.

– Nos divertiríamos, ¿no es cierto? -comentó, como hablando consigo mismo.

– Eso no lo sé… -contestó Ignacio, reanudando la marcha para no rezagarse-. Pero para mí sería maravilloso.

Moncho empezó a mirar en torno. En una pastelería exhibían sólo licores y unas cajitas, en forma de gatos puestos en pie, que contenían Dios sabe qué clase de caramelos. Delante del espejo de Perfumería Diana un transeúnte se reventaba morosamente un grano que tenía en la nariz. Pasaban parejas cogidas del brazo. Y perros. Y niños.

– Tengo que pensarlo… -dijo Moncho.

Ignacio, al oír esto, casi pegó un salto.

– ¿De modo… que admites la posibilidad?

Moncho repuso:

– ¿Por qué no? -Se le veía concentrado-. Se me ha ocurrido desde que me apeé en la estación. Además, ya sabes que no quiero vivir en Lérida.

– Pero… -insinuó Ignacio, temeroso-. ¿Y la muchacha alemana?

Moncho alzó el mentón.

– ¡Bueno! No es seguro que eso vaya a durar siempre…

Ignacio estuvo a punto de cogerlo de la manga, de obligarle a dar media vuelta y darle un abrazo. Pero habían llegado frente al Café Savoy, en cuyo interior una viejecita solitaria y elegante se tomaba con fruición el extraño mejunje que allí servían.

– ¿Entramos?

Ignacio cedió el paso a Moncho. Y una vez dentro, miró el local con aire conocedor, saludando a los camareros detrás de la barra.

– ¿Dónde nos sentamos?

¡Por todos los santos, Ana María tuvo razón!: Gerona era un pañuelo. Allá al fondo, en las mesas que solían ocupar los enamorados, se encontraban Manolo y Esther. Ésta acababa de levantarse y Manolo hacía lo propio, como si se dispusieran a marchar.

Ignacio voló a su encuentro.

– ¡Un momento! -ordenó-. Quietos ahí…

Manolo y Esther, al reconocer a Ignacio, tuvieron una expresión alegre.

– ¿Qué ocurre? -Pensaron que el muchacho los andaba buscando.

– Me gustaría presentaros… a Moncho.

– ¡Cómo! ¿Está ahí…?

Ignacio se volvió hacia el aludido, indicándole que se acercase.

– Ése es Moncho -Segundos después añadía-: Y ésos son Manolo y Esther…

Moncho no parecía contrariado, sino al revés. Manolo y Esther le ofrecieron la mano, también visiblemente complacidos.

– ¡Caramba! Ignacio no hace más que hablar de ti…

– Sentémonos -sugirió Esther.

Pronto formaron una reunión alegre, que contrastaba radicalmente con la tenida en casa de Pilar. Por desgracia, la radio estaba conectada y la potente voz del locutor iba facilitando noticias. Era domingo. En la primera jornada del Campeonato Nacional de Fútbol el equipo del Barcelona, "reforzado por Pachín", había ganado por 5-0; el señor obispo pensaba instalar calefacción en el Seminario, cuyas obras de restauración habían empezado; etcétera.

Ignacio, que estaba eufórico, le pidió al camarero:

– Por favor, ¿querrá cerrar esa radio?

El camarero, sorprendido al principio, por fin se dirigió al mostrador y obedeció.

– ¿Qué queréis tomar?

La conversación se encauzó sin mayores dificultades. Manolo iba dándole vueltas a su verde sombrero tirolés, al tiempo que Esther, que llevaba uno de sus jerseys primorosos, mordisqueaba coquetonamente la medallita de oro que le colgaba del cuello. Inevitablemente pasaron revista a Gerona, a la impresión que le había causado al forastero. "¿Qué voy a deciros? Aquí no hay más que dos instituciones: la Catedral e Ignacio". Esther le preguntó a Moncho: "¿Cómo te las arreglas para tener ese color?". Ignacio se anticipó: "La montaña, Esther… ¿Es que ya no te acuerdas?". "¡Es verdad! Tendré que dedicarme al alpinismo…"

Ignacio rubricó:

– Moncho es capaz de pasarse cinco minutos contemplando el tronco de un árbol.

Manolo puso cara de asombro.

– Me parece un ejercicio arriesgado…

Hablaron del jazz, pasión de Manolo. A Moncho no le gustaba. "Pero sigues el ritmo con el pie, no es cierto?". "¡Qué remedio!", admitió el muchacho. Hablaron del Gobierno español, que acababa de crear el INI -Instituto Nacional de Industria-, con el propósito de montar en el país grandes plantas industriales. Hablaron de Barcelona, de la Universidad, de toros. En un rincón del café vieron a Mr. Edward Collins y Esther informó: "Es el cónsul inglés". Moncho sonrió: "También me parece un ejercicio arriesgado".

Ignacio se dio cuenta de que Moncho había impresionado a la joven pareja y no pudo sustraerse a una reacción celosa. Intentó, como tantas veces le ocurriera, protagonizar el diálogo.

– ¿Queréis conocer el principal defecto del aquí presente?

– Vaya… ¿Por qué no?

– Es agresivo por naturaleza. ¡Afirma que he sido siempre un ser puro!

Manolo se acarició la barbita a lo Balbo.

– Cuando quieras le ponemos un pleito y le demuestro lo contrario.

– También afirma que lo más importante de la vida es saber elegir tres cosas: el trabajo, los amigos y la marca de tabaco…

Esther tuvo un expresivo gesto.

– Eso me parece bien.

– ¡Pero da la casualidad de que él no fuma!

Manolo enarcó cómicamente las cejas.

– Entonces tienes razón: es un bellaco.

Moncho se rió. Se sentía a gusto. ¡La radio volvió a funcionar! Cante flamenco. Mr. Edward Collins parecía escuchar con suma atención.

– ¿Os dais cuenta? -dijo Ignacio-. Hurgando a fondo en nuestro secreto nacional…

El Café Savoy estaba lleno. Era el más elegante de la ciudad.

Moncho, que tenía al lado su máquina fotográfica, se dirigió a Esther y le dijo:

– Es una lástima que se haya hecho de noche. Me hubiera gustado sacarte una foto.

Esther, como siempre en esos casos, esbozó una reverencia… feliz.

Jornada completa. La última que Moncho pasaba en Gerona. Al día siguiente a primera hora el amigo de Ignacio tomaría el tren.

En el transcurso de la cena en el piso de la Rambla, Carmen Elgazu y Matías se desvivieron para atenderle. Querían a toda costa que Moncho guardara un grato recuerdo de aquella casa.

– ¿Más sopa…? ¿Un poco más?

– No, muchas gracias… Tengo bastante.

En el momento del postre, Carmen Elgazu le dijo:

– ¡Qué lástima que te marches tan pronto! A Ignacio se le ve dichoso a tu lado.

Ignacio, en tono alegre, comentó:

– ¡No alarmarse! A lo mejor Moncho vuelve… y se queda.

Matías y Carmen Elgazu abrieron de par en par los ojos.

– ¿De veras?

– No sé, no sé… Tengo que pensarlo.

Matías cabeceó varias veces consecutivas.

– Sí, hombre, anímate… Hay mucho que analizar aquí.

A la mañana siguiente Moncho se marchó. Con un pie en el estribo-, el "analista" leridano, que al entrar en el cuarto para acostarse había encontrado, encima de la cama, una hermosa reproducción del Everest dedicada por Ignacio, con un pie que decía: No tocar, peligro de muerte, miró con indisimulable afecto a su entrañable compañero de guerra.

– Ignacio, lo que les dije ayer a tus amigos lo dije en serio: eres una institución.

CAPÍTULO LXIV

En cuanto Pilar notó los primeros síntomas, fue trasladada a la Clínica Chaos, donde había cuatro habitaciones reservadas a Maternidad. En el momento del parto estaban presentes, en la clínica, Carmen Elgazu, Matías, Ignacio y don Emilio Santos.

El doctor Morell y una comadrona llamada Mercedes, que durante años había trabajado con el dóctor Rosselló, asistieron a Pilar. Ésta se comportó con plausible valentía y todo se desarrolló normalmente. Un milagro tan sencillo como el de San Jenaro, en Nápoles.

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