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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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– Entonces, ¿qué es lo que te apetece?

– Nada. Dar otra vuelta por ahí. Por la Dehesa, por ejemplo.

– Está bien. Luego almorzaremos en casa de Pilar.

Salieron rumbo a la Dehesa. Moncho cogió su máquina fotográfica y aprovechando que la mañana era soleada disparó varias veces. Primero, los soportales de la Rambla; luego, el Oñar, desde el puente de San Agustín; ¡luego, el edificio de Telégrafos! Ignacio le miró con simpatía… Y le resultaba gracioso que Moncho disparase con la mano izquierda.

La Dehesa, desnuda por obra y gracia del otoño, ofrecía un aspecto impresionante. Moncho comentó:

– No es moco de pavo, la verdad…

Anduvieron sin descanso, charlando. ¡Ah, sí, Moncho había evolucionado en aquellos años! Había llegado a determinadas conclusiones. Las dudas permanentes de Ignacio le parecían inútiles y fatigosas. Era preciso creer en algo. Y para ello un sistema eficaz era proceder por eliminación. "¿Andar diciendo "tanto gusto" y "he pasado una velada deliciosa"? Ni hablar… ¿Escuchar palabras altisonantes como "heroísmo", "misticismo", "futuro mejor"? Manotazo limpio…" "Hay que elegir, Ignacio. Pero elegir cosas humildes, que estén a nuestro alcance: el trabajo, los amigos, la marca de tabaco… Con eso es suficiente".

Ignacio objetó:

– Entonces ¿hay que renunciar a la ambición?

– ¿Ambición? Yo soy más ambicioso que tú: ambiciono vivir a la medida de mis fuerzas.

Lo bueno de Moncho era que predicaba con el ejemplo. Allí mismo lo demostró. El muchacho era capaz de pasarse cinco minutos contemplando el tronco de un árbol. Sí, Moncho era un enamorado de lo inmóvil, aunque también, e Ignacio lo sabía, le gustaba ver correr el agua clara de los arroyos. "Fíjate en un detalle: eso de no tocar, peligro de muerte, lo ponen en los postes eléctricos, nunca en los árboles. ¡También los insectos se tragan unos a otros! Pero luego no sueltan discursos. Hay cierta diferencia, ¿no te parece?".

Otra alusión a la guerra. Ignacio comprendió. A Moncho la contienda civil lo había marcado profundamente. Y ahora, con la chica alemana fugitiva de su país… El chico admitió que aquello era cierto. Las personas seguían siendo lo que fueron siempre: mitad ángeles, mitad diablos. Rubias como él, morenas como Ignacio. Pero el mundo, el mundo colectivo y amorfo, se había vuelto loco. No había más que leer el periódico cada mañana. ¡Bombardeos, tanques, bajas enemigas! ¿Enemigas de quién? Un perpetuo combate de leucocitos. Nada tendría arreglo si la sociedad volvía la espada a la naturaleza. Lo peor de las guerras era eso, que impedían amar los pequeños detalles y la naturaleza. Realizaban un lavado de cerebro en esa dirección. Conducían hacia las máquinas y hacia el apelotonamiento en las grandes urbes. Las guerras eran la promiscuidad. Mataban lo íntimo y ello era muy grave.

Ignacio, que escuchaba atento, estaba impresionado. Sin embargo, veía en Moncho un peligro: que desembocara en la inhibición.

– De todos modos, debemos contribuir a mejorar las cosas, ¿no? Mandar el prójimo al cuerno -negarse a decir: "tanto gusto"-, resulta un poco egoísta. Proceder por eliminación puede conducir a esa serenidad de que tú gozas, pero al mismo tiempo a la vanidad personal. Tampoco me gustaría volverles la espalda a los demás…

– Yo no he dicho eso, Ignacio. He hablado precisamente de prestar atención. Más importante que hacer, es sentir. ¿Comprendes adonde voy?

– Creo que sí… Lo único, que en el fondo la actitud es pesimista. Eso de que el dolor purifica ¿te suena también altisonante?

– No, es otra gran verdad. Pero lo que no purifica en modo alguno es el odio.

– ¿Y crees que todos los que hicimos la guerra odiamos por definición?

– Sí, sin darnos cuenta. Y también odiarán todos los que la hacen ahora.

– ¡Pues mira por dónde -afirmó Ignacio- a mí me parece que soy mejor que antes!

Moncho, en aquel momento, enfocaba con su máquina un alto ciprés. No sabía si fotografiar su base o la punta afilada hacia el cielo, muy parecida al campanario de San Félix.

– No digas tonterías. Antes de la guerra eras ya un ser puro. Tú estás inmunizado. Te lo dice un médico… Y ahora, después de haber conocido a tus padres, comprendo el porqué.

Eso último emocionó a Ignacio. Por un instante se sintió efectivamente un santo. Amaba a aquel ciprés, al mundo colectivo, amorfo y loco, a sus padres, a Moncho… ¡Lo amaba todo!

– Gracias por el piropo, Moncho.

– No hay de qué.

Por fin se sentaron. Y guardaron un largo silencio. La memoria los llevó de nuevo a recordar las horas que habían pasado juntos en la alta montaña, al lado de una hoguera y bajo el firmamento estrellado. Les llegaba tenue el rumor del Ter que bajaba acariciando, puliendo, afinando los guijarros.

Ignacio rompió la pausa.

– Pensando en todo lo que has dicho, me pregunto si querrás tener hijos…

También en esta ocasión Ignacio supuso que Moncho se tomaría un tiempo para contestar. Y tampoco acertó. Moncho dijo:

– Rotundamente, no.

Ignacio hizo una mueca.

– Ahí está. Me lo temía… Y va a ser una lástima.

– Gracias por el piropo, Ignacio.

Llegó la hora de ir a casa de Pilar. ¡Paradójica situación! Pilar, ajena a las opiniones de Moncho, estaba a punto de dar a luz. El doctor Morell calculaba que faltaba un par de semanas para el gran acontecimiento. La hermana de Ignacio preparó en honor del huésped un almuerzo de postín. Moncho procuró en el diálogo tratar temas frívolos, pero resultaba difícil. Amanecer, dando razón cumplida a sus argumentos, había publicado aquel día la noticia del primer divisionario muerto: el camarada Luis Alcocer Moreno, teniente de aviación, hijo del alcalde de Madrid. Pilar aludió al hecho, aunque consiguió hacerlo sin llorar. Moncho se abstuvo de aplicar sus teorías. Se dedicó a cantar las excelencias del crío que iba a nacer. "¡Estoy seguro -profetizó- de que se parecerá a César!".

La alusión fue del agrado de Pilar, que a medida que iba observando y oyendo a Moncho pensaba: "¡Marta sería feliz con ese hombre! Si pudiera concertar una entrevista…" Don Emilio Santos quedó también prendado de Moncho, entre otras razones porque éste se interesó mucho por él, por su enfermedad ya superada y por su estancia en la cárcel. Don Emilio Santos acabó contándole lo que siempre contaba desde que 'La Voz de Alerta' le informó: que las cruces que él había grabado en la pared con la uña del pulgar, los detenidos de turno la habían convertido en hoces y martillos. Moncho exclamó: "¡Oh, claro! Es la ley".

El almuerzo se prolongó. Moncho se puso en el café tal cantidad de azúcar que Pilar se llevó las manos a la cabeza. El muchacho dijo: "No te preocupes… Dulce veneno, ¿no te parece?".

Pilar asintió. Y luego, inesperadamente, añadió:

– ¡Ojalá hubieras estado aquí cuando se marchó Mateo…!

Ignacio miró a su hermana.

– ¿Por qué dices eso? Tampoco hubiera conseguido nada.

Pilar jugueteaba con la cucharilla.

– Sí, claro, ya lo sé…

Segundos después se produjo lo impensado. Pilar se desmayó sin más. La cabeza le cayó sobre el pecho. Hubo general alarma. Menos mal que Moncho estaba allí… Moncho abrió la ventana y actuó de forma determinante. "Pilar, respira hondo, así… Eso es…"

Cuando la muchacha recobró el conocimiento, preguntó:

– ¿Dónde estoy? -Y a continuación balbuceó-: ¡Oh! Perdonadme…

Don Emilio Santos le aconsejó que se acostase, pero Moncho desaprobó la idea.

– ¿Por qué? Todo eso es natural.

Pilar corroboró:

– Desde luego. Ya estoy bien.

Pero momentos después rompió a llorar inconsolablemente.

Ignacio y don Emilio Santos permanecieron inmóviles, sin saber qué hacer. Moncho, en cambio, se levantó y acercándose a la ventana, la cerró.

Moncho e Ignacio salieron en el instante en que el reloj del despacho de Mateo, al que don Emilio Santos cuidaba siempre de dar cuerda, marcaba las seis. Se dirigieron hacia el Café Savoy. Ignacio caminaba inquieto. De pronto, llegados a la plaza del Marqués de Camps, se detuvo. Era evidente que un pensamiento le hervía en la mollera.

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