Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
– ¡Nada de pelusilla! La etimología no puede equivocarse. Ese niño será un Sansón.
Matías se pasó todo el rato temiendo que entrara de pronto un representante del Laboratorio Ofe y ofreciera a Pilar, madre lactante, un tubo de Madresol, producto que "beneficiaba la crianza". Y he ahí que en el último momento, cuando los invitados empezaban a despedirse, llegó Marcos con un telegrama dirigido a Pilar y que acababa de captar él mismo en la oficina. Lo firmaba Mateo y decía escuetamente: "Bendito sea Dios".
César Santos Alvear había nacido precisamente el día que los alemanes ocuparon Odessa, y cuarenta y ocho horas después de que la División Azul entrara por primera vez en contacto con el enemigo.
Ésa fue la espada pendiente minuto a minuto sobre la familia Alvear. Amanecer había empezado a publicar a diario la lista de los divisionarios que morían en tierras de Rusia. Eran simples esquelas, sobre las que Moncho hubiera proyectado fulgurantes comentarios. "Ricardo Fuente Bejarana. ¡Presente!". "Emilio Gómez Aguayo. ¡Presente!". "Teniente Galiana Garmilla. ¡Presente!". Pilar leía estas esquelas y dejando caer el periódico exclamaba: "¿Por qué ponen ¡presente! si se han ido para siempre?".
El peligro estaba ahí. El peligro estaba en que cualquier día Amanecer apareciera con una enorme franja en la cabecera y un nombre y un apellido cubriendo la primera página: "Mateo Santos. ¡Presente!". Si eso ocurría, ¿cómo lo resistiría el corazón? ¿Qué sería de Pilar, de don Emilio Santos, del piso de la plaza de la Estación? ¿Qué sería del otoño, del mundo y del recién nacido César Santos Alvear?
Por si fuera poco, ignorábase incluso el lugar exacto en que la División Azul combatía. Los corresponsales de guerra no lo precisaban jamás, limitándose a decir que "combatía victoriosamente, ocasionando graves pérdidas al enemigo". Había sonado, desde luego, el nombre del lago limen. Pero ¿estaría todavía allí? "¿Dónde estarán, dónde estará Mateo?". El parte alemán mencionaba de vez en cuando a la División, pero siempre en términos puramente encomiásticos. Sólo una vez indicó que había luchado "en el sector septentrional". ¡Bueno, era un punto de referencia! Según el atlas de Manuel, que la familia Alvear consultó con frenesí, el lago limen se hallaba situado efectivamente "en el sector septentrional". ¿Se hallarían, pues, en ese lago? ¿Y por qué en un lago? La radio habló de "cierto número de heridos españoles condecorados por el Führer con la Cruz de Hierro". ¿Condecorados? ¿Tan fuertes habrían sido los combates? ¿Figuraría Mateo entre los heridos? ¡Ay, no haberle cosido en el pecho un detente!
Aquello no era una espada, era un martirio. Y la máquina burocrática se había puesto en marcha, con su espeluznante frialdad. De pronto Pilar recibió un sobre del Gobierno Civil conteniendo "los haberes de Mateo", su paga mensual, más unos pluses, "por prestar servicio en campaña". Y al día siguiente otro sobre notificándole que la ciudad de Sevilla había enviado a Rusia, a la División, chorizo, mortadela, ¡y dos mil medallas de la Virgen de los Reyes! Y poco después una invitación para asistir a los funerales que se celebrarían en la Catedral en memoria de los primeros divisionarios caídos. ¿Qué hacer con aquellos haberes? ¿Era posible gastar aquel dinero? ¿Llegaría a tiempo la Virgen de los Reyes? ¿Debía Pilar asistir a los funerales de la Catedral?
Ocurría eso. Todos aquellos que no tenían a ningún familiar luchando "en el sector septentrional", vivían un clima de euforia, pendientes de las gestas de los divisionarios. Organizaban honras fúnebres, y mítines y festivales pro División y leían en voz alta, en los corrillos, la descripción "del arrollador avance alemán en todos los frentes", así como la noticia según la cual varios generales rusos habían sido destituidos por incompetentes, al tiempo que el Gobierno de Stalin se preparaba para abandonar Moscú y trasladarse a los Urales.
Resultaba harto difícil acostumbrarse a la espada y al martirio. Y más lo resultó el día en que los periódicos empezaron a hablar del aguinaldo de Navidad que se merecían los voluntarios y "al que debía contribuir España entera".
La palabra Navidad sonó como un escopetazo en casa de los Alvear, y en los oídos del padre de Sólita, y en los oídos de Gracia Andújar, quien cada día iba a misa a rezar por Cacerola, y en los oídos del padre Forteza, que tenía también el presentimiento de que no vería nunca más a Alfonso Estrada. Porque Navidad significaba que el "general invierno" de Rusia, tan temido por todos, caería inexorablemente sobre la División, contrariamente a las optimistas previsiones del general Sánchez Bravo.
Pilar estaba azorada, no comprendía. ¡Chorizo, mortadela, aguinaldo de Navidad! ¿Era todo lo que podía hacerse? ¿Y por qué su propia vecina, una mujer que ocupaba el piso del mismo rellano y que por las mañanas vendía fruta en la plaza de Abastos, conectaba cada tarde la radio para escuchar tranquilamente el "serial"? ¿A qué pedir "que contribuyese España entera", si la verdad era que todo el mundo continuaba viviendo su vida?
Pilar comprendió que la angustia era intransferible. Entonces se decidió a escribir a Mateo, adjuntándole en la carta una fotografía del neófito César.
Estoy bien, Mateo. Y el niño también, como podrás ver por la foto. Al nacer pesaba tres quilos y medio. Mosén Alberto lo bautizó. A los abuelos se les cae la baba mirándolo. Mi madre está en casa todo el día, ayudándome, aunque como te digo me siento perfectamente. ¡Ojalá tuviera yo la certeza de que tú puedes decir lo mismo! ¿Dónde estás, Mateo? Amanecer publica cada día la lista de los caídos. ¡Oh, Mateo, que Dios te proteja!
Mosén Alberto continuaba visitando a Pilar. Tenía la certeza de que con su presencia la consolaría, y era cierto. Llegó incluso a llevarle bizcochos, pues había oído que a Pilar se le apetecían. Mosén Alberto le aseguraba una y otra vez que a Mateo no le ocurriría nada malo. "Compréndelo, Pilar… Las misiones arriesgadas se las confiarán a los solteros". Mosén Alberto se había encariñado también con el bebé, y siempre pedía que lo pusieran en la balanza para llevar la cuenta de su aumento de peso. "¿Cuatro quilos doscientos? ¡Qué barbaridad! Ignacio acertó… Ese crío será un Sansón".
César Santos Alvear era el centro de la casa, su numen y su misterio.
– Pilar, hay que cambiar al niño otra vez. Tráete los pañales.
– Voy, mamá…
– ¡Ay, mi cariñito, mi rey, mi pequeñín…!
Cuando llegaba al piso don Emilio Santos, gritaba desde la puerta: "¿Dónde está el gran déspota? ¿Dónde lo habéis metido?".
Matías subía también todos los días, al salir de Telégrafos, al hogar de la plaza de la Estación.
– ¿Se puede entrar… o hay que pagar algo?
Ignacio guardaba en la cartera la primera carta que Ana María le escribió a raíz del nacimiento de César. Dicha carta terminaba así: "Nuestro primer hijo se llamará Ignacio".
CAPÍTULO LXV
Mateo vivía. Vivía perfectamente, como Pilar. Era de los combatientes que con más anhelo habían deseado entrar en contacto con el enemigo. Lucía en el pecho su estrella de alférez. Había nombrado asistente suyo a Alfonso Estrada, con el que se llevaba muy bien, y el cocinero de su sección era Cacerola. En cambio, había perdido de vista a los capitanes Arias y Sandoval, a mosén Falcó, a Sólita, a Rogelio e incluso a Salazar y a Núñez Maza. En el reparto de fuerzas que tuvo lugar poco después de relevar a las tropas alemanas en el extenso sector del lago limen, se había producido la dispersión.
Mateo participó con su batallón en la toma de Tigoda y de Nitlikino, y debido a la tenaz resistencia rusa vio caer a su lado a los primeros camaradas; pero el ejemplo dado por los jefes y su propia energía consiguieron que no perdiera ni un solo momento la serenidad. Cacerola temía por él, y también Alfonso Estrada. Hubiérase dicho que Mateo desafiaba a la muerte, la cual andaba siempre al acecho, debido a la artillería rusa. En cambio, los prisioneros rusos de que habían hablado los corresponsales de guerra en los periódicos españoles demostraban una sumisión incomprensible. Una pequeña escolta bastaba para vigilarlos. Cuidaban de arreglar caminos y de otros menesteres, y no aprovechaban las ocasiones que se les presentaban para huir. Al anochecer se recogían en las isbas y al día siguiente, con toda puntualidad, se presentaban a sus guardianes para reanudar el trabajo. Mateo decía: "El idioma ruso es un enigma; pero la psicología rusa es mucho peor: es el absurdo".