Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
1 ... 203 204 205 206 207 208 209 210 211 ... 219
Перейти на страницу:

Ignacio se rió.

– No te lo niego.

Subieron hacia la ermita del Calvario, cuyo paisaje, por los olivos, los peñascales y el recuerdo de los Viacrucis allí celebrados -Carmen Elgazu cantando: "¡Perdónanos, Señor!"-, continuaba pareciéndose al de Palestina. Sentáronse en la cumbre, dando vista al valle. Y allí se pusieron a revisar sus propias vidas.

Ignacio le detalló a su amigo lo que ya le comunicara por carta: su ruptura con Marta y su noviazgo con Ana María. También le describió a Manolo, su jefe y amigo. "Aprendo mucho a su lado. Creo que dentro de un par de años podré abrir bufete por mi cuenta. ¡Y agárrate!; en diciembre he de defender yo sólito, en la Audiencia, mi primer pleito… Precisamente contra los dos estraperlistas más conspicuos de la ciudad…"

Moncho lo felicitó. Entendía que Ignacio tenía todas las cualidades necesarias para triunfar en la abogacía. "Tienes buena presencia, buena voz, facilidad de palabra… e integridad. ¡Ideas un tanto confusas! Contra eso habrás de luchar".

Ignacio y Moncho estaban tan solos allá arriba, cerca del montículo llamado de las dos Oes, que a no ser por la indumentaria les hubiera parecido que montaban guardia, como antaño, en el frente de Brazato y Bachimaña.

– ¿Y tú, Moncho, qué haces? Anda, cuéntame… ¿Continúas reñido con tu padre… porque denunció a más de cien personas? Moncho hizo una mueca de desagrado.

– Sí, continuamos reñidos… -Luego añadió-: No consigo olvidar aquello.

Ignacio se rascó con la uña una ceja.

– Te comprendo… -dijo-. De todos modos, fuimos unos ingenuos pensando que eso no iba a suceder, ¿no crees?

– ¡Oh, por supuesto!

– Recuerdo que tú mismo, cuando te preguntaban por qué luchabas con los nacionales, contestabas: porque los militares garantizan el orden público…

Moncho movió la cabeza.

– Sí, es verdad. Entonces no me daba cuenta de que mantener el orden público costase tan caro…

Ignacio lo miró con fijeza.

– Hablas como si te arrepintieras de algo…

– ¿Arrepentirme? No es la palabra exacta, pero en fin… -Moncho modificó su semblante. Miró a su alrededor. Todo aquello era hermoso-. ¿Qué te parecería si abandonáramos el tema?

– Me parecería muy bien -aceptó Ignacio.

Hablaron de la profesión de Moncho. Ahí éste se movió a sus anchas, mientras arrancaba una brizna de hierba y se la llevaba a los labios. Él era analista. Al terminar la carrera dudó entre la cirugía, la anestesia, que era lo suyo -"¿recuerdas el Hospital Pasteur, con tanto toxicómano?"-, y el análisis. Por fin descubrió que lo que de verdad lo apasionaba era esto último, el análisis. "Mi idea es ésa: estudiar bichitos en el microscopio. Ahí dentro se esconde la verdad. Hay personas que por la calle parecen atletas; analizas su orina y su sangre y dices: dentro de seis meses, la muerte. ¿Te das cuenta? Los analistas somos la policía secreta de los demás…"

A Ignacio no le sorprendió en absoluto la especialidad elegida por su amigo. Moncho era un observador implacable. Lo felicitó a su vez porque entendió que había acertado con lo idóneo para él.

– Dime una cosa -prosiguió Ignacio-: ¿Bisturí… te ha ayudado mucho?

Moncho soltó una carcajada.

– ¡Huy, Bisturí…! Se ha dedicado a comer bombones y ahora parece un tonel.

Ignacio se rió también.

– Entonces… ¿a quién le dedicas ahora poesías de Bécquer?

Moncho hizo un mohín expresivo. Titubeó un momento. Por fin contestó:

– A lo mejor te escandalizas; pero vivo con una chica alemana…, con la que me entiendo muy bien.

Ignacio se quedó atónito. Aparte las razones de orden moral, recordó que Moncho, durante la guerra, sentía verdadera alergia por todo lo alemán.

Moncho se anticipó a sus objeciones.

– No vayas a creer que es una chica nazi… ¡Oh, no! En realidad es todo lo contrario. Huyó de Alemania. La conocí en Barcelona, en el Hospital.

Ignacio se preguntó si, en Figueras, en el Servicio de Fronteras, no habría visto él la ficha de la muchacha. Y le pasó por las mientes si no sería judía.

Moncho pareció adivinar su pensamiento., -No hagas demasiadas cabalas, ¿sabes? De hecho es todo muy sencillo: es una criatura que detesta las guerras, como yo.

Ignacio hubiera deseado conocer más detalles, pero no le pareció el momento oportuno.

– ¡Bien! -exclamó-. Es lo último que hubiera podido imaginar…

Moncho sonrió.

– El día que la conozcas -concluyó-, comprenderás perfectamente por qué le recito poesías de Bécquer.

Continuaron charlando, haciendo caso omiso del frío del crepúsculo que empezaba a penetrarles en los huesos.

Ignacio le dijo a su amigo que estaba leyendo a Freud. Moncho hizo un signo aprobatorio.

– Ahí tienes -apuntó- a un analista de primer orden. Aunque a veces se pasa de la raya.

– ¿Tú crees?

– Claro…

Ignacio ladeó la cabeza.

– Pues a mí casi todo lo que dice me parece verdadero. Somos impenetrables. Cuando pienso profundamente en mí me doy cuenta de que los demás no tienen idea de cómo soy por dentro…

Moncho ironizó:

– Tanto mejor para ti…

El frío era ya tan intenso que los echó de la cumbre. Bajaron por las murallas, por detrás de la Catedral, asomándose un momento al mirador desde el cual se dominaba el meandro del río Ter.

Moncho comentó:

– ¿Ves? Me hubiera quedado a gusto allá arriba, con una tienda de campaña y un saco de dormir.

Ignacio caminaba por las callejuelas empedradas, con las manos en los bolsillos y fumando.

– Moncho, ¿puedo hacerte una pregunta?

– Naturalmente…

– ¿Qué les pedirías a los Reyes Magos, si estuviera en tu mano elegir?

Ignacio supuso que Moncho se tomaría algún tiempo para contestar. Y no fue así.

Con gran rapidez dijo:

– Conservar todas las facultades hasta los setenta años, y luego morir de repente.

Ignacio se paró un momento.

– No estoy seguro de haber oído bien.

Moncho se detuvo a su vez.

– ¿Por qué? ¿Tan raro es lo que he dicho?

Ignacio tiró el pitillo y lo aplastó con el pie.

– No, claro…

Regresaron a casa. La cena en el piso de la Rambla fue tan cordial como la de la víspera. Al terminar, Matías escuchó la BBC, de Londres, y luego Carmen Elgazu, fiel a sí misma, propuso rezar el rosario.

Moncho se pasó la mano por la rubia cabellera.

– ¡No faltaría más!

Matías, como de costumbre, se paseó todo el rato a lo largo del pasillo -ahora, por culpa del reuma, daba la vuelta con menos rapidez- y al contestar rutinariamente la letanía, se comía el ora, diciendo sólo pro nobis.

Ignacio había trazado un plan para el día siguiente. Quería que Moncho conociera a sus antiguos amigos el profesor Civil y mosén Alberto, de quienes tanto le había hablado, y por supuesto, a Manolo y Esther. También quería que conociera a Pilar y a don Emilio Santos.

Moncho, con toda franqueza, le indicó que lo único que le ilusionaba era conocer a Pilar.

– Por favor, no me hagas subir tantas escaleras… ¡Si quieres cogemos la mochila y nos vamos a Rocacorba! Pero eso de las visitas no se me da bien.

Ignacio se sorprendió. Se desayunaban y la luz entraba suave por los cristales del balcón que daba al río.

– Pero… ¿es que te has vuelto insociable?

Moncho protestó:

– ¡Nada de eso!

La expresión de Ignacio lo obligó a explicarse un poco más. Había ido a Gerona a hablar con él, con Ignacio, y a conocer la ciudad. "Con eso y con saludar a tu familia me basta". No le gustaba vivir de prisa, atiborrándose de imágenes. "¿Es que ya no te acuerdas? Prefiero saborear las cosas".

Ignacio asintió. Pero le dolía no poder exhibir a su amigo, sobre todo en lo respectivo a Manolo y Esther. Insistió, pero fue en vano.

1 ... 203 204 205 206 207 208 209 210 211 ... 219
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)