Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
Fue una escena violenta, que terminó en llanto por parte de Paz. Llanto que Pachín contempló colocado en jarras, como un jugador en el momento de aguardar el comienzo del partido.
Pero al día siguiente Pachín se marchó… y Paz se quedó sola, con una gran sensación de desconcierto. Y de nada le sirvió que Dámaso, en la Perfumería Diana, le dijera: "Pero ¡mujer! ¡Si con tu tipejo puedes aspirar a lo que quieras!". El amor propio de la muchacha seguía susurrándole al oído planes de venganza.
La Torre de Babel, al enterarse de que Pachín se había ido "así por las buenas", le dijo a Padrosa:
– Ahora quien se lanzará al ataque seré yo…
Padrosa, mientras mordía su clip de turno, comentó:
– Te deseo mejor suerte que la que yo he tenido con Silvia. ¡Y eso que he llegado a prometerle un acorazado!
La Torre de Babel señaló el letrero de Agencia Gerunda y contestó:
– Agencia Gerunda lo resuelve todo…
CAPÍTULO LXIII
Si Jaime, el librero, que había ya trocado su quiosco por una tiendecita situada en la calle de Albareda, pagada a plazos y en cuya parte trasera organizaba románticas reuniones catalanistas, hubiera repartido todavía Amanecer, en aquellas últimas semanas habría subrayado con lápiz rojo las siguientes noticias:
"El Papa, Pío XII, había recibido en audiencia especial a veinte soldados alemanes y les había dado a besar el anillo".
"Había aparecido en el cielo, solemnemente, una aurora boreal, visible en todo el norte de Europa, ocasionando la más viva agitación entre los astrólogos".
"En la catedral de Nápoles, en el día preciso, 20 de septiembre, habíase repetido como cada año el milagro de la licuación de la sangre de San Jenaro".
"En el frente soviético, entre los prisioneros que las tropas finlandesas habían hecho a los rusos, habían aparecido dos muchachos españoles, uno de ellos llamado Celestino Fernández, natural de Avilés, y el otro Rubén Vicario, natural de Santurce. Ambos habían sido llevados a Rusia en 1937".
"El Caudillo había firmado gran cantidad de indultos y, prosiguiendo su viaje por el norte de España, había presidido en San Sebastián las tradicionales regatas de traineras".
"Se había inaugurado el pantano de Muedra, en la provincia de Soria".
"Los ingleses no movilizados seguían pasando sus fines de semana en el campo, en los parques o en las playas".
"El Laboratorio Ofe ofrecía a las madres lactantes, esposas de los voluntarios de la División Azul, un tubo semanal de Madresol, que favorecía la crianza".
"Marcos Redondo, el genial cantante de zarzuela, había obtenido en el Teatro Municipal de Gerona un éxito apoteósico".
Todas estas noticias habían suscitado en el Café Nacional los correspondientes comentarios, especialmente las referidas a la audiencia concedida por Pío XII, al milagro de la catedral de Nápoles y a la actuación de Marcos Redondo en el Teatro Municipal.
El solterón Galindo no comprendía que Pío XII hubiera recibido a un grupo de soldados alemanes. "Sólo me cabría en la mollera si hubiera recibido simultáneamente a un número igual de soldados ingleses". Al señor Grote se le hacía cuesta arriba admitir que la sangre de San Jenaro se licuara anualmente con tan asombrosa puntualidad. "¡Ah, esos napolitanos! -exclamó-. No se equivocan ni en los años bisiestos". Referente a Marcos Redondo, Matías, que había ido a escucharlo, dijo que mientras existiera una voz tan bien impostada como la suya la zarzuela no moriría. "Me ha puesto los pelos de punta -comentó-. En Madrid lo hubieran sacado a hombros".
No obstante, produjese en Gerona una novedad que no trascendió a la población pero que repercutió en Ignacio mucho más que todas las noticias precedentes: la visita de Moncho, su inolvidable amigo de la guerra, sobrino de don Carlos Ayestarán, que fue su jefe de Sanidad en Barcelona y que, como tantos otros exiliados, había triunfado de lleno en Sudamérica, en Chile concretamente, en cuya capital había instalado un modernísimo laboratorio farmacéutico, de acuerdo con el consejo que Julio García le diera en París.
Moncho anunció por telegrama su llegada e Ignacio fue a esperarlo a la estación. Los dos muchachos se abrazaron con la misma efusión con que Ignacio, al regreso de Esquiadores, había abrazado a Mateo.
– ¡Moncho!
– ¡Ignacio!
– ¡Mis respetos al ilustre médico!
– ¡Mis saludos al ilustre abogado!
– Ya creí que no vendrías…
– ¿Desde cuándo dejo de cumplir una promesa?
Ignacio se negó en redondo a que Moncho, que llegaba dispuesto a pasar en Gerona dos o tres días, se instalara en un hotel. Quiso que se quedara en el piso de la Rambla, para lo cual hubo que enviar a Eloy a dormir a casa de Pilar, lo que para el chico -mascota del Gerona Club de Fútbol y, en opinión del masajista Rafa, la máxima figura del equipo juvenil- constituyó una agradable aventura.
Matías y Carmen habían oído hablar tanto de Moncho, que lo recibieron como si fuera un ministro. Carmen le dijo: "Espero que me diga usted lo que le gusta comer. Y si tiene frío en la cama, le pondré otra manta…"
– ¡Por Dios! -protestó Ignacio-. Podéis tutear a Moncho. Es como si fuera yo…
– Sí, por favor -suplicó Moncho-. Me sentiré más cómodo.
Moncho, dos años mayor que Ignacio, un poco más alto, con la cabellera de un rubio dorado, ofrecía un aspecto envidiablemente saludable. Y es que desde el fin de la guerra no había abandonado el alpinismo ni el esquí. Continuaba creyendo, mucho más que Cacerola, que la montaña era fuente de salud y un remedio ideal para evacuar los malos humores. Se había pasado medio verano en el Pirineo de su provincia, Lérida, en la región de los lagos, y ahora esperaba con fruición las primeras nevadas para irse a La Molina, a deslizarse por las blancas pistas. Cuando supo que Ignacio apenas si había hecho un par de excursiones a Rocacorba y a la ermita de los Ángeles, Moncho pegó, sonriendo, un puñetazo en la mesa.
– Ignacio, eso está pero que muy mal… ¡Dentro de poco, a criar barriga! Y a quejarte de que te duelen los riñones.
El léxico que Moncho empleaba eran auténticas banderillas para Ignacio, quien recordaba de su amigo que era zurdo; que tenía un reloj de arena; que coleccionaba fotografías del Himalaya; que se ponía mucho azúcar en el café; y recordaba también que tuvo una media novia, a la que llamaba Bisturí, porque se dedicaba a pinchar con ácidos corrosivos los neumáticos de los camiones 'rojos' que se preparaban para ir al frente de Aragón.
Encuentro afortunado… Recordaron el día en que se conocieron -¡habían pasado ya cuatro años!- en una pensión "barata pero limpia" en la calle de Tallers, de Barcelona.
– ¿Te acuerdas de lo que me dijiste, Moncho?
– Pues no, la verdad.
– Me dijiste: "un poco de éter… y todos iguales". Y que Lutero no debió de ser tan mala persona como nos habían enseñado.
– ¿Eso dije? ¡Caramba! -Moncho reflexionó-. Pues mira por dónde sigo pensando lo mismo.
La llegada de Moncho tuvo sobre Ignacio efectos parecidos a la que tuvo en tiempos pasados la de su primo José, de Madrid. Con la diferencia de que José era un terremoto -con preservativos en la maleta- y Moncho un campo fértil, que daría sus frutos.
Al día siguiente Ignacio enseñó Gerona a Moncho con el mismo entusiasmo con que se la había enseñado a Ana María. "Ese barrio antiguo no lo tenéis en Lérida… ¡Qué le vamos a hacer! Tampoco tenéis ese Montilivi, ni esas casas colgando sobre el río. ¡Bueno! La verdad es que en Lérida no tenéis nada… Que me perdone el señor obispo, pero aquello es ya un poco Aragón…"
– Eres un tramposo, Ignacio -replicó Moncho-. Me enseñas la cara buena de la medalla. ¿Por qué no nos damos una vuelta por la Gerona moderna? Nunca vi nada más horrible.