Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
La letra de la carta de Pilar no era la de siempre. No era la misma del Diario íntimo que ella empezó a escribir cuando él le regaló aquella caja de bombones con una orquídea en la tapa. Era una letra que temblaba como las llamas de los candiles que utilizaba Cacerola. Letra irregular, líneas inclinadas hacia abajo, signo de pesimismo y de tristeza, según los grafólogos.
Y la última frase de la carta de Pilar, cien veces leída, decía: "¡Oh, Mateo, que Dios te proteja!".
Esta frase se clavó en él como un dardo. ¿Qué significaría la "dura misión" de que le había hablado el comandante Regoyos? Se decía que una compañía alemana había quedado sitiada a veinte quilómetros más al sur, en un cenagal. ¿Y qué? ¿No habían muerto en la guerra de España muchos alemanes que tenían también esposas, aunque ninguna se llamase Pilar?
– Alfonso… ¿Quieres que recemos juntos el rosario?
– Me apunto… -dijo Cacerola.
Era una noche clara, fría, con muchas estrellas. Mateo, Estrada y Cacerola hicieron la señal de la cruz, mientras el Charlatán le recriminaba por enésima vez al cabo gallego que se hubiera puesto ropa de mujer entre la lana y la piel.
El rosario comenzó. Pero le fue imposible, a Mateo, "pasearse a lo largo del pasillo" como, en el piso de la Rambla, lo hacía su suegro, Matías Alvear. La sección se había refugiado, excepto los centinelas, en una isba, sin apenas poder moverse: tanta era la promiscuidad. Calentándose las manos en un plato en el que ardía un poco de alcohol, cuya llama tenía un color violáceo que debía de parecerse mucho al que presentaba la piel de muchos niños al nacer.
Mateo, al llegar a la letanía, no dijo solamente… pro nobis. Por el contrario, cargó todo el acento precisamente sobre el ora… Sí, que la Virgen, turris ebúrnea, domus áurea, foéderis arca, rezara, y velara por él, y por Pilar, y por el diminuto César, al que Mateo no sabía si Pilar enseñaría a amar o a odiar a su temerario padre, aquel falangista que una mañana, en la plaza de San Agustín, de Gerona, se alistó bonitamente porque oyó gritar: "¡Rusia es culpable!". Y porque creyó que era su deber.
Rusia culpable… ¿Y aquellos dóciles prisioneros, pues? ¿Y aquellas muchachas de admirable pudor, sensibles a una mirada de afecto, a un poco de miel y a unos caramelos? ¿Y aquellos viejecitos, con sus iconos, que de pronto gritaban: "¡Christus, Christus!"?
No, Rusia no era culpable. Los culpables eran la injusticia de los zares; el odio de los bolcheviques; los judíos poderosos de que les había hablado, a él y a Ignacio, el profesor Civil; y los partidos políticos; y Cosme Vila; y aquellos milicianos que mataron a César, al César seminarista, hermano de Pilar, cuyo recuerdo le servía siempre a Mateo de estímulo y de consuelo.
Rusia, la nación rusa, las múltiples razas rusas, el pueblo ruso que cuando se llamaba a la puerta decía da, da…, no era culpable de nada. Estaba acostumbrado a sufrir y a humillarse. Llevaba siglos siendo esclavo; y este sentimiento hizo posible el triunfo del comunismo en sus lagos y en sus tierras; el triunfo de Lenin, el hombre de la perilla irónica, aficionado al ajedrez y a los gatos.
El rosario terminó. Se hizo un silencio en el interior de la isba. El Charlatán se había dormido y Alfonso Estrada salió a orinar.
– ¿Jugamos una partida, Cacerola?
– Si no es una orden, no…
– ¿Por qué? ¿Qué te pasa?
– Querría escribir una carta…
– ¿A Gracia Andújar?
– No, a Hilda, la alemana…
Mateo sacó su pañuelo azul… ¡y su mechero de yesca! Y encendió un pitillo marca Juno. Y dijo:
– Me has dado una idea. Yo voy a escribir también…
– Dale recuerdos.
– ¿A quién?
– A Pilar.
– ¡No! Te equivocas. Voy a escribir a mi hijo…
– ¿Cómo? Estás chiflado…
– Que te crees tú eso. ¡Es un fenómeno! Sabe ya leer…
CAPÍTULO LXVI
Las Ferias y Fiestas de Gerona se celebraron este año normalmente, porque no hubo inundación. Los autos de choque tuvieron un gran éxito, como si la gente joven, aupada por los partes de guerra, gozara embistiéndose de mentirijillas. Las tómbolas se vieron muy concurridas, especialmente las que decían: "Siempre toca". El circo hizo las delicias de los pequeñuelos. Sus temas eran eternos aunque los payasos se lamentaban de no poder inventar juegos de palabras que rozaran la política. Echóse de menos la presencia de Paz Alvear en la barraca de Perfumería Diana. "¡Jabón para todo el mundo! ¡Jabón Diana, para los cutis más finos!". Tal vez la nota más descollante la constituyera el faquir Campoy, aquel que años atrás se hacía enterrar en la Dehesa por unas horas y volvía luego a resucitar. En esa Feria de 1941 el mago Campoy se paseó descalzo, limpiamente, sobre brasas encendidas. Un endomingado campesino, que había bajado de la comarca de Breda en busca de emociones fuertes, llegó a la conclusión de que allí había truco. Y para demostrárselo a sus compañeros, también endomingados, se agachó y tocó las brasas y se quemó la mano. El mago Campoy, entonces, en ademán elegante, con la izquierda se quitó la chistera y con la diestra le indicó el camino del Dispensario.
Luego llegó el mes de noviembre. Las especies minerales se violentaron; las vegetales empezaron a morir, como si dispararan contra ellas innumerables batallones de 'organillos de Stalin'.
Por supuesto, aquel noviembre se caracterizó por lo contrario de la monotonía. En algún lugar de la ciudad había Alguien, no se sabía quién, que parecía dispuesto a amenizar la existencia. Podía ser Rufina, la medio bruja de los traperos. Podía ser algún gigante mitológico escondido en las Pedreras. Podía ser la propia existencia, que se resistía a ser tachada de vulgar, de falta de imaginación.
Como fuere, se sucedieron las sorpresas. Sorpresas minúsculas, como el hijo de Pilar y Mateo. Sorpresas regulares, de tamaño normal, como la mayor parte de las amígdalas que extirpaban los otorrinos poco escrupulosos. Sorpresas mayúsculas, que la gente comparaba con la Catedral. "Una sorpresa como una Catedral", decían el señor Grote o el maestro Torrus, del Grupo Escolar, o el anestesista Carreras, o Leopoldo, el ladino secretario de los hermanos Costa.
Sorpresa minúscula: no hacía frío. Los abrigos y las bufandas continuaban llevándolos los maniquíes de los escaparates; e incluso el aprensivo Marcos se permitía dosificar sin temor la ración de pastillas Andreu que había previsto para su garganta. Seguía luciendo el sol. Un sol templado que rejuvenecía a los ancianos que se paseaban por la vía del tren. No faltaba quien suponía que también allí había truco, que aquello era insólito y que, por tanto, en el momento más impensado, la naturaleza se vengaría, tal vez con una nevada que convertiría a Gerona en una parodia del "sector septentrional" de Rusia. Pero mientras tanto, mientras eso no llegara, aquello era vivir.
Otra sorpresa minúscula fue el comienzo del idilio entre Gracia Andújar y el ex alférez Montero, nombrado director de la Biblioteca Municipal. A nadie podía extrañar que comenzara otro amor. El amor era algo eterno como los números del Circo o como la elegancia de algunas aves. El amor se escondía durante miles de años para, en un segundo predeterminado, tocar sincronizadamente a dos personas. Esas dos personas podían muy bien ser la hija de un psiquiatra católico, enamorado del canto gregoriano, y un muchacho como Montero, hambriento de vida, después de tanto rematar con su pistola a los condenados a muerte por el Tribunal Militar. Así que hubo los comentarios de rigor, especialmente por parte de las mujeres: María del Mar, Esther, la guapetona Adela… Pero nadie se escandalizó por la noticia. Ünicamente la madre de la muchacha, la insignificante esposa del doctor Andújar, al advertir que su hija inventaba mil excusas para ir a la Biblioteca Municipal, le dijo: "¿No crees que eres demasiado joven, hija mía?". ¡Solemne estupidez! Precisamente 'La Voz de Alerta', en una de sus espléndidas "Ventanas al mundo", había hablado pocos días antes de ciertas razas de Oceanía en las que las muchachas eran madres a los catorce y a los quince años. Así que Montero podía estar tranquilo. Gracia Andújar tenía edad suficiente para empezar a amarlo, añadiendo de rebote otro leño a la soledad de Marta.