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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– Pues debe de ganar dinero con sus inventos, si vive en el piso principal -comentó César, consciente de que su esposa no hablaba con la misma animación que al principio y dándose cuenta por intuición a qué se debía.

– Para las poleas está asociado con una fundición que trabaja para los contratistas de la construcción y los frenos los fabrica en un pequeño taller suyo que tiene no lejos de aquí -contestó Aurelia, lanzando un profundo suspiro y cambiando al tema de los otros inquilinos-. ¡Hay una planta entera de judíos, Cayo Julio! Me dijeron que les gusta vivir juntos porque tienen muchas reglas y preceptos, que por cierto parecen haberse impuesto ellos mismos. ¡Son gente muy religiosa! No me extraña que provoquen xenofobia porque con su actitud nos dejan como si fuésemos gente moralmente despreciable. Todos trabajan de forma independiente, más que nada porque descansan cada siete días. ¿Verdad que es curioso? Como en Roma se celebra mercado cada ocho días, aparte de las fiestas y celebraciones, ellos no se adaptan con los trabajadores no judíos y por eso hacen tratos en lugar de aceptar empleos normales.

– ¡Qué cosa tan rara! -exclamó César.

– Son todos artesanos e intelectuales -añadió Aurelia, con cuidado de hablar en tono indiferente-. Uno de ellos, creo que se llama Simón, es un escriba extraordinario. ¡Qué maravillosos trabajos hace, Cayo Julio; una maravilla! Sólo escribe en griego. Ninguno de ellos domina muy bien el latín, pero siempre que hay un autor que desea hacer una edición especial a un precio más alto de lo normal, acude a Simón, que tiene cuatro hijos a quienes está enseñando el oficio de escriba y que van a clase con el maestro romano además de a su propia escuela religiosa, porque Simón quiere que sepan el latín tan bien como el griego, el arameo y el hebreo, creo que me dijo. Así nunca les faltará trabajo en Roma.

– ¿son escribas todos ellos?

– Oh, no, sólo Simón. Hay uno que trabaja el oro para algunas tiendas del Porticus Margaritaria. Y también un escultor, un sastre, un armero, un tejedor, un albañil y un mercader de bálsamo.

– No trabajarán todos en la vivienda… -comentó César, alarmado.

– Sólo el escriba y el orfebre, Cayo Julio. El armero tiene un taller en la cumbre de Alta Semita, el escultor tiene alquilado el suyo a una empresa de Velabrum y el albañil trabaja cerca de los muelles del puerto de Roma. -Contra su voluntad, los ojos color malva de Julia comenzaron a brillar-. Cantan mucho; sobre todo himnos religiosos. Es un modo de canto muy extraño, ¿sabes?, al estilo oriental, y disonante. Pero mucho mejor que el llanto de los críos.

César alargó la mano y le apartó un mechón que le había caído sobre el rostro; dieciocho años tenía su esposa.

– Por lo visto, a los judíos les gusta vivir en esta casa -dijo.

– Parece que les encanta -contestó Aurelia.

Aquella noche, cuando César se quedó dormido, ella, tumbada a su lado, regó la almohada con unas lágrimas. No había pensado en que César le exigiría la misma conducta allí en la ínsula del Subura que en una casa del Palatino; ¿es que no entendía que en aquel populoso barrio no existían las diversiones y esparcimientos propios de una esposa en el Palatino? No, claro que no, El estaba totalmente absorto en su incipiente carrera pública y se pasaba el día en los tribunales, con senadores importantes como Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, la casa de la moneda, el Tesoro y los diversos soportales y columnatas a los que acudía a formarse en su cargo de senador bisoño. No había esposo más amable y considerado, pero Cayo Julio César seguía creyéndola alguien especial.

Lo cierto es que Aurelia había concebido la idea de regentar ella sola la ínsula sin necesidad de ningún administrador. Por ello había visitado a todos los inquilinos; para conocerlos y saber qué clase de gente eran. Le habían gustado y no había encontrado motivo alguno para no tratar directamente con ellos. Hasta que habló con su esposo y comprendió que ella, su apreciadísima esposa, era una mujer distinta, una mujer ungida con la dignítas de los Julios, a la que nunca se permitiría hacer nada que pudiera ser un desdoro para su familia. Su formación era lo bastante similar a la de él para darse cuenta y entenderlo; pero ¿en qué iba a ocuparse, si no? Y en el hecho de haberle dicho dos mentiras, ni se atrevía a pensar; así que optó por dejar que le venciese el sueño.

Afortunadamente, su dilema quedó provisionalmente resuelto por el embarazo. Su estado la hizo más flemática, aunque no sufrió ninguno de los trastornos característicos. Tratándose de una mujer joven y sanísima, contaba, además, con suficiente sangre nueva por ambas partes a guisa de garantía contra la fragilidad de las doncellas de la rancia nobleza; aparte de que había adoptado la costumbre de andar varias millas cada día para que no le abatiera el aburrimiento, y tenía de sobra con su gigantesca criada Cardixa como protección en la calle.

César fue destinado a servir con Cayo Mario en la Galia Transalpina antes de que naciera el niño, por lo que le inquietó dejar sola en Roma a su esposa en tan avanzado estado.

– No te preocupes; estaré perfectamente -dijo ella.

– Ten cuidado de irte a casa de tu madre con suficiente antelación -dijo él.

– Tú déjame que ya me las arreglaré -fue todo lo que ella prometió.

Por supuesto que no fue a casa de su madre; el niño nació en su casa y sin necesidad de que interviniesen los físicos famosos del Palatino, sino simplemente la comadrona y Cardixa. Fue un parto bastante breve y fácil, en el que vino al mundo una niña, otra Julia, tan rubia y con ojos tan azules como era de rigor en una Julia.

– La llamaremos "Lia" para abreviar -dijo Aurelia a su madre.

– ¡Oh, no! -exclamó Rutilia, a quien eso de "Lia" le parecía demasiado corriente y anodino-. ¿Qué te parece Julilla?

– No -contestó Aurelia, meneando enérgicamente la cabeza-, es un diminutivo aciago. La llamaremos "Lia".

Pero Lia no medraba; estuvo llorando sin cesar durante seis semanas, hasta que Ruth, la esposa de Simón, bajó a casa de Aurelia, rechazó con desdén las alegaciones de los médicos de Aurelia y de los preocupados abuelos Cota sobre cólicos y resfriados.

– Esta niña lo que tiene es hambre -dijo Ruth en un griego con un fuerte deje-. ¡No tenéis leche, muchacha tonta!

– ¡Oh!, ¿y dónde voy a encontrar un ama de cría? -inquirió Aurelia, profundamente aliviada al ver que aquello era lo cierto, pero sin saber cómo iba a convencer a la servidumbre para que admitieran a otro miembro en sus cuartos.

– No necesitáis ama de cría, muchacha tOnta -replicó Ruth-. En la casa hay muchas mujeres con niños de pecho. No os preocupéis, entre todas alimentarán a la pequeña.

– Yo os lo pagaré -dijo Aurelia, procurando no mostrarse excesivamente protectora.

– ¿El qué? ¿La naturaleza? Dejadlo en mis manos, muchacha tonta. ¡Y ya me aseguraré de que primero se lavan bien los pechos! Esta pequeña tiene que recuperar el tiempo perdido, no queremos que se ponga enferma -dijo Ruth.

Y así la pequeña Lia tuvo a su disposición las amas de cría de toda una ínsula y aquella increíble batería de pezones que le ponían en la boquita parecía importarle tan poco como la mezcla de leche griega, romana, judía, hispana y siria. Y la pequeña Lia comenzó a medrar. Igual que la madre, una vez recuperada del parto y de la preocupación de oírla llorar constantemente. Una vez que César dejó Roma, el verdadero carácter de Aurelia comenzó a afirmarse. Primero venció fácilmente a sus parientes varones, a quienes él había encomendado vigilarla.

– Padre, si os necesitase -dijo con firmeza a Cota-, ya os llamaría.

– ¡Tío Publio, déjame en paz! -le espetó a Rutilio Rufo.

– ¡Sexto Julio, vete a la Galia! -conminó al hermano mayor de su esposo.

Luego miró a Cardixa y se frotó las manos, satisfecha.

– ¡Por fin puedo vivir mi vida! -exclamó-. ¡Ya verás los cambios!

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