El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Comenzó en su propia vivienda, en la que los esclavos que César había aportado con el matrimonio mandaban en la joven pareja, en vez de ser al revés. La servidumbre, dirigida por el mayordomo, un griego llamado Eutico, se había confabulado para que Aurelia no tuviese motivos de censurarlos ante su esposo, pues había comprobado que César veía las cosas de distinto modo que ella, y, sobre todo, los asuntos domésticos. Pero, en un solo día, Aurelia metió a los criados en cintura y les imbuyó perfectamente lo que esperaba de ellos con un discurso y luego con un programa. Cayo Mario habría aprobado totalmente el discurso, porque era breve, aplastantemente sincero y dirigido al estilo de un general.
– ¡Vaya con la domina! -comentó Murgus, el cocinero, al mayordomo-. ¡Y yo que creía que era una muñequita…!
– ¿Y qué voy a decir yo? -añadió Eutico, alzando al cielo sus seductores ojos de largas pestañas-. ¡Yo, que pensaba que iba a poder meterme en su dormitorio para consolarla durante la ausencia de Cayo Julio! ¡Antes me metería en la cama con un león!
– ¿Tú crees que tendría riñones para asumir la pérdida económica de vendernos con malas referencias? -inquirió el cocinero, temblando ante la perspectiva.
– Y para crucificarnos -contestó el mayordomo.
– ¡Vaya con la domina! -exclamó afligido el cocinero.
Después de aquella primera iniciativa, Aurelia fue a hablar con el inquilino de la otra vivienda de la planta baja. Su conversación con César respecto a los inquilinos la había disuadido de su primitiva intención de echarle, y al final no había hablado a su esposo de aquel hombre, comprendiendo que él no iba a ver el asunto igual que ella. Pero ahora podía actuar; y sin dilación.
A la otra vivienda de la planta baja tenía también acceso por el interior de la ínsula y lo único que tenía que hacer era cruzar el patio de luces; pero eso confería a su visita una familiaridad que en modo alguno deseaba, y optó por ir directamente a la puerta principal de la vivienda, lo que la obligaba a salir a la calle por la puerta de su casa al Vicus Patricii, doblar la esquina para pasar por delante de las tiendas que tenía alquiladas hasta la entrada de aquella segunda vivienda de la planta baja.
El inquilino era un famoso actor llamado Epafrodito, que, según el registro, llevaba viviendo allí más de tres años.
– Di a Epafrodito que la casera desea verle -dijo Aurelia al portero.
Mientras esperaba en el vestíbulo -tan grande como el de su propia vivienda- lo examinó con la experiencia acumulada en lo relativo a grietas, desportilladuras, desconchados, etcétera, y lanzó un suspiro. Estaba mejor que su propio vestíbulo y lo habían decorado hacía poco con un fresco representando ramos de flores y frutas, colgados de regordetes Cupidos entre cortinas púrpuras muy bien conseguidas.
– ¡No lo puedo creer! -exclamó una hermosa voz en griego.
Aurelia giró sobre sus talones para ver al inquilino. Era más viejo de lo que la voz, su fama en el escenario o la vista a través del patio daban a entender: un cincuentón con peluca dorada y un elaborado maquillaje, con amplia túnica púrpura de Tiro bordada con estrellas de oro. Aunque muchos de los que vestían la púrpura pretendían que era de Tiro, ésta silo era, pues reunía ese tono negro con un brillo que cambiaba de matiz según la incidencia de la luz, tiñéndose de oscuras irisaciones ciruela y carmesí; en tapicería era más frecuente, pero únicamente una vez en su vida había visto Aurelia genuina púrpura de Tiro en un vestido, y había sido con ocasión de su visita a la villa de Cornelia, madre de los Gracos, quien había mostrado con orgullo una túnica apresada por Emilio Paulo al rey Perseo de Macedonia.
– ¿No os creéis qué? -inquirió Aurelia, también en griego.
– ¡Veros a vos, querida! Había oído que nuestra casera era una beldad con ojos malva, pero la realidad supera a cuanto había imaginado viéndoos de lejos en el patio -replicó el actor con voz aflautada, más melodiosa que grotesca, pese al tono afeminado-. ¡Sentaos, sentaos! -añadió.
– Prefiero estar de pie.
Él se detuvo en seco y la miró con las cejas enarcadas.
– ¡Venís a hablar de negocios!
– Exactamente.
– ¿Y en qué puedo serviros?
– Dejando la vivienda -contestó Aurelia.
– ¿Qué? -replicó él, conteniendo un grito, sorprendido, y llevándose las manos al pecho con gesto horrorizado.
– Os doy ocho días de plazo -añadió Aurelia.
– ¡No podéis hacer eso! ¡He pagado el alquiler sin falta y cuido esta vivienda como si fuese mía! Indicadme las razones, domina -añadió, ahora con voz firme y gesto que desdecía toda la máscara de maquillaje.
– No me gustan vuestras costumbres -adujo Aurelia.
– Mis costumbres son asunto mio -replicó Epafrodito.
– No, cuando tengo que criar a mis hijos y éstos ven por el patio escenas que no son convenientes, y menos para un niño -replicó ella-. Y mucho menos aún cuando la prostitución de ambos sexos sale a ese patio a proseguir sus actividades.
– Poned cortinas -alegó Epafrodíto.
– No pienso hacerlo, ni me contentaría con que las pusieseis vos. En mi casa, además de ojos hay oídos.
– Bueno, siento mucho que os lo toméis así, pero me da igual. No pienso marcharme -dijo él con firmeza.
– En ese caso contrataré alguaciles para que os desahucien.
Recurriendo a su maestría para aumentar de estatura a fin de dominarla, Epafrodito se le aproximó, logrando hacerle recordar a la medrosa Aurelia de Aquiles, escondida en el harén del rey Licomedes de Esquiro.
– Escuchad un momento, joven señora -dijo el actor-. He gastado una fortuna adaptando esta vivienda a mi gusto y no tengo intención de marcharme. Si intentáis recurrir al truco de enviarme alguaciles, os demandaré por daños y perjuicios. De hecho, en cuanto hayáis abandonado mi casa, voy a ir al tribunal del pretor urbano a presentar una denuncia.
El malva de los ojos de Aurelia hizo una farsa imitando los matices de la púrpura tiria, secundado por la expresión que adoptó.
– ¡Hacedlo! -dijo con dulce voz-. Se llama Cayo Memio y es primo mio. De todos modos, ahora están muy ocupados para atender pleitos; así que mejor es que veáis primero a su ayudante. Es un nuevo senador, pero yo le conozco bien. Cuando vayáis, preguntad por él en persona: Sexto Julio César. Es mi cuñado -añadió, apartándose y examinando las paredes recién pintadas y el costoso piso de mosaico, impensable en una vivienda de alquiler-. ¡Sí, es todo muy bonito! Me alegro de que vuestro gusto en cuanto a decoración de la casa sea tan superior a vuestro gusto en lo relativo a amistades. Pero supongo que sabréis que todas las mejoras realizadas en las viviendas alquiladas pertenecen al propietario y que éste, según la ley, no está obligado a pagar un solo sestercio en compensacion.
Ocho días después Epafrodito se marchaba, lanzando improperios contra las mujeres y sin poder hacer lo que se había propuesto -rascar los frescos y arrancar el mosaico- porque Aurelia había apostado dos gladiadores dentro de la vivienda.
– ¡Estupendo! -exclamó, sacudiéndose el polvo de las manos-. Cardixa, ahora puedo buscar un inquilino decente.
El método de alquiler de una vivienda seguía diversos procedimientos; el propietario ponía un cartel en la puerta y otros en las tiendas de la ínsula, así como en los baños y letrinas públicos y en las paredes de propietarios que fuesen amigos suyos, y difundía de viva voz la noticia de que había una vivienda libre. Como la ínsula de Aurelia tenía fama por su buena construcción, no faltaron interesados a quienes ella misma atendió. Hubo quienes le gustaron, algunos que no le inspiraron confianza y otros a quienes no se la habría alquilado por nada del mundo aunque hubieran sido los únicos pretendientes. Pero ninguno de ellos respondió a sus aspiraciones, y por eso siguió entrevistando a gente.
Tardó siete semanas en encontrar los inquilinos idóneos: un caballero hijo de caballero llamado Cayo Matio; tenía la misma edad que César y su esposa era de la misma edad que Aurelia. Los dos eran personas cultas y educadas, se habían casado por la misma época que César y Aurelia y tenían una hijita de la misma edad que Lia. Además, su situación era desahogada. La mujer se llamaba Priscila, derivado probablemente del cognomen del padre y no del gentilicio, pero en todos los años que la familia Matio vivió allí, Aurelia no lograría averiguar el verdadero nombre de Priscila. La familia Matio se dedicaba al corretaje y a gestionar contratos, y el padre de Cayo Matio vivía con su segunda esposa y un hijo pequeño en una espaciosa casa del Quirinal. Aurelia tuvo buen cuidado en comprobar todos estos datos, y una vez verificados alquiló la vivienda de la planta baja a Cayo Matio por 10000 denarios anuales. Los costosos murales y el suelo de mosaico de Epafrodito propiciaron la firma del contrato, así como la promesa por parte de Aurelia de que todos los futuros contratos de alquiler los gestionara el propio Cayo Matio en su empresa.