Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
– De acuerdo, mi general. Procuraré zanjar el asunto… No va a ser fácil, pero lo procuraré.
El general lo miró con fijeza.
– Es una orden -le dijo.
El resto de la conversación fue intrascendente. El Gobernador, sabiendo que la pregunta halagaría al general, le preguntó cuándo se pondría la primera piedra de los nuevos cuarteles, tan necesarios.
– Muy pronto… -contestó el general-. El día 1 de octubre. Hemos tenido la suerte de que la viuda de don Pedro Oriol nos haya regalado unos solares espléndidos, al lado de la estación de Olot. Y la empresa Emer, con la que he firmado ya el contrato, nos ha puesto un precio razonable -El general añadió-: Desde luego, hay que reconocer que en Cataluña existen también buenos patriotas…
En aquel momento abrió la puerta, sin llamar antes, el capitán Sánchez Bravo. Por lo visto se había escapado de la vigilancia de Nebulosa. Al ver al Gobernador se detuvo en el umbral y dijo:
– ¡Oh, perdonen ustedes! No sabía que estuvieran aquí…
El general, cambiando de expresión, miró a su hijo con indisimulable cariño. ¡Estaba ahora tan contento con él!
– Pasa, hijo… El Gobernador y yo hemos hablado ya de todo cuanto teníamos que hablar.
El capitán Sánchez Bravo, que llegaba de la Barbería Dámaso, sonrió y entró en el despacho, cerrando luego la puerta tras sí.
– ¿Qué tal por Santander, Gobernador? -preguntó, en tono cordial.
El Gobernador adoptó frente al capitán una actitud reservada, que no le pasó inadvertida al general.
– ¡Bien! Aquello ha empezado a resurgir… -Seguidamente añadió, en tono irónico-: Precisamente el general me estaba diciendo ahora que también las empresas constructoras de aquí se muestran activas… y razonables.
El capitán Sánchez Bravo no se inmutó. Miró la botella de coñac. Le faltaba la copa correspondiente para poder utilizarla.
– Efectivamente… -dijo, al cabo-. Ayer estuve visitando las obras de la nueva cárcel, en Salt. Están casi terminadas. Quedará muy bien. Muy confortable.
El Gobernador, que se había levantado, parecía dispuesto a marcharse. No obstante, viendo que el capitán llevaba en la mano un ejemplar de El Mundo Deportivo, le preguntó, en tono tan irónico como el de antes:
– ¿Qué tal se presenta la nueva temporada de fútbol, capitán?
– ¡Oh, excelente! -contestó el hijo del general-. El Barcelona nos ofrece tres de sus jugadores reservas a cambio de Pachín…
El general miró a su hijo con expresión cómica.
– ¿Quién es ese Pachín? -preguntó.
El capitán sonrió.
– ¿Es posible que no lo sepas, papá? Pachín… Nuestro delantero centro… Licenciado hace un mes, por más señas.
El general barbotó:
– Ese fútbol…
El Gobernador, que había ido acercándose a la puerta, decidió por fin despedirse.
– Mi general -dijo-, le ruego que me ponga a los pies de su esposa. ¡La recordamos mucho! -El general inclinó la cabeza-. Capitán, mucha suerte… -El capitán Sánchez Bravo, sin dejar de sonreír, inclinó la cabeza a su vez.
En cuanto el Gobernador hubo salido, el general se volvió hacia su hijo y le preguntó:
– ¿Qué mosca os ha picado a los dos? Parecíais perro y gato…
El capitán se dirigió hacia la botella de coñac.
– Nada, papá. Nos gusta bromear.
CAPÍTULO LXII
Llegó el otoño a paso de tortuga. El verano se resistió a morir. Todavía los rayos del sol doraban las fachadas, pero a la noche refrescaba y, según el general, experto en la materia, numerosas estrellas se eclipsarían para no reaparecer ya hasta la primavera.
Fue un final de septiembre ventoso. Los hilos telegráficos silbaban; Goering, el perro del doctor Chaos, estaba nervioso; los árboles en el bosque se encrespaban como pidiendo el milagro de la lluvia que haría brotar setas, algunas de ellas, venenosas. Desaparecieron los carritos de helados. Las farmacias anunciaron toda suerte de remedios contra el catarro, y el aprensivo Marcos compró en una de ellas tres cajitas de pastillas del doctor Andreu, con el pretexto de que dejaban buen sabor de boca. En Amanecer volvieron a publicarse los anuncios de los sucedáneos del carbón. Los maniquís en los escaparates de confección se pusieron abrigos y bufandas. La Andaluza comentó: "La cuesta de octubre es mala. Luego, con las Ferias -si no hay inundación-, la cosa vuelve a animarse".
Todo el mundo regresó a Gerona, a imitación del Gobernador y familia. Adela fue la primera. Sola en el piso, de pronto estiraba los brazos como desperezándose, ahíta de felicidad, frente a una fotografía de Playa de Aro. Su instinto tenía memoria.
Manolo, tal como estaba previsto, fue a Jerez de la Frontera, pasó allí tres días justos y regresó con los chicos, con Esther… y con la madre de ésta. La madre de Esther, familiarmente conocida por Katy, se empeñó en ir a Gerona. "Puedo quedarme con vosotros hasta Navidad. Aunque si os molesto, me echáis…" A Manolo, que no se llevaba muy bien con su elegante suegra, porque era muy entremetida y de talante pesimista -Manolo decía de ella que lo que más le gustaba eran los funerales-, le pareció que Navidad estaba al final de los tiempos… Pero sonrió y dijo: "¡No faltaría más!".
Ignacio conoció a la madre de Esther. Y le dijo a Manolo:
– Mi querido jefe, creo que tus escapaditas nocturnas se han terminado, hasta nueva orden…
– ¡Oh, desde luego! -exclamó Manolo, acariciándose la barbita.
El doctor Chaos regresó también. Ese año no se había ido a ningún hotel de la Costa Brava. Se fue a las Islas Baleares, llevando incrustado en la mente el consejo que le diera el doctor Andújar: "Intenta con otro tipo de mujer distinta de Sólita, más joven y de formas más suaves". El doctor Chaos hizo todo lo contrario: claudicó. Se lió, en Palma de Mallorca, con un marino de veinte años, que le aceptó incluso dinero. De ahí que su vuelta a Gerona llevara el signo del bochorno personal. Porque además se había dado cuenta de que un cambio se había producido en él, de que ya no cedía impunemente a su anormalidad. Se había quedado en tierra de nadie. Por suerte, en Gerona se encontró con que la Clínica rebosaba de enfermos y el trabajo le ocupó muchas horas. Aunque en el quirófano, sin Sólita -¿qué estaría haciendo ésta en Rusia?-, se sentía desamparado.
El doctor Andújar lo llamó e insistió:
– Debes procurar curarte. ¡Hazme caso! ¡Prueba con otra mujer!
Nada que hacer. A los pocos días el doctor Chaos encontró en Gerona su nuevo efebo: un soldado del mismo pueblo que Nebulosa, al que sus compañeros llamaban "la Rosarito".
'La Voz de Alerta' y Carlota regresaron dos días más tarde que el doctor Chaos. Regresaron de Puigcerdá tostados por el sol de la montaña y, apenas reinstalados en la casa, Carlota le planteó a su marido el problema de la esterilidad. 'La Voz de Alerta' no tuvo más remedio que someterse a una minuciosa exploración en la consulta del doctor Morell, quien diagnosticó que el alcalde necesitaba de una ligera intervención quirúrgica.
– ¿Está usted seguro, doctor?
– Completamente.
– ¿Y quién puede encargarse de eso?
– El doctor Chaos.
¡Por los clavos de Cristo! 'La Voz de Alerta' se negó en redondo.
– De ningún modo. Iré a Barcelona… Carlota lo miró comprensiva.
– De acuerdo, cariño. Donde tú quieras. Pero que sea pronto…
Días después regresó Agustín Lago.
Agustín Lago, aparte unos días de descanso en Altea, donde se dedicó a respirar aire puro y a leer a García Morente, lo que le fue muy provechoso, decidió recorrer el Sur, Andalucía: Granada, Jaén, Sevilla y, por descontado, el litoral, desde Almería hasta Huelva. Huelva lo acongojó, especialmente por las condiciones en que trabajaban los mineros de Riotinto y porque le dijeron que por allí había leprosos. ¡Leprosos en España! Pero lo que más lo impresionó fue la desértica tierra almeriense. Pensó que Almería era un pedazo de África que, en alguna noche de pesadilla geológica, se desgajó de aquel continente, Dios sabría por qué.