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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Permaneció en Santander día y medio y emprendió con la familia el regreso a Gerona. Pablito estuvo muy hablador durante el viaje. En aquellas semanas, era cierto, se había divertido de lo lindo. Se había bañado y había visitado una y mil veces los barrios en que transcurrió su infancia. Y había hecho excursiones por la provincia con sus primos hermanos y con antiguos condiscípulos. No estaba seguro de que le tirase mucho Santander. Había en Cataluña algo que lo atraía irresistiblemente. Algo que no sabía lo que era y que Manolo había definido como "el espíritu emprendedor". "Pero ¿qué es lo que quiero yo emprender? -había objetado Pablito-. Lo que yo quiero es estudiar y llegar a ser Cervantes o Aristóteles". "Pues no sé, chico -le había dicho Manolo-. Será que te atrae el catalán, ahora que ya empiezas a entenderlo".

Contrariamente a lo mucho que charló Pablito en el camino, el conductor cedido por el general, muchacho que mientras estaba al volante iba masticando briznas de hierba, no pronunció por cuenta propia más que una frase en todo el trayecto, y fue con ocasión de ver en un árbol de la carretera un cartel de toros anunciando a los espadas Domingo Ortega, Pepe Bienvenida y José Luis Vázquez. "El único torero de verdad que tenemos en España, hoy por hoy, es Manolete", sentenció. "Claro -comentó Pablito-. Como que es cordobés, como usted…"

Llegados a Gerona, todo el mundo encontró rejuvenecida a María del Mar. "Pero ¡si te has quitado diez años de encima! ¡Estás preciosa!". Ella contestaba, halagada: "Los aires de mi tierra…"

Pablito se sintió un tanto desplazado, pues faltaban todavía tres semanas para reanudar las clases, clases en las que Agustín Lago quería introducir profundas modificaciones. Pablito llevaba consigo tanta energía acumulada que volvió a perseguir a Gracia Andújar; pero ésta había dado tal estirón, se había hecho tan mujer -por algo era ya "madrina de guerra"-, que el chico, sin necesidad de consejos ni de que lo llamaran otra vez "mocoso", se retiró por el foro y se dedicó a conocer Gerona tanto como conocía Santander. Y puesto que su amigo Félix Reyes, al que llamaba "pintor avanzado", se encontraba en el Campamento de Tossa de Mar, recibiendo de los hermanos Costa "paquetes de embutidos" y otras chucherías, se asesoró con mosén Alberto, docto en la materia. Mosén Alberto lo obsequió con varias monografías referidas a la ciudad y alrededores -aquellas que Ignacio consultó por Semana Santa, en espera de la visita de Ana María- y le contó anécdotas sobre los famosos Sitios de la ciudad, cuando la guerra de la Independencia. Pablito correspondió a mosén Alberto visitándolo varias veces en el Museo Diocesano, que continuaba enriqueciéndose, y tocando allí mismo la armónica, sobre todo melodías montañesas, que bajo aquellas bóvedas adquirían una resonancia especial. Manuel Alvear, el pequeño y celoso guardián de aquellos tesoros que el sacerdote iba recuperando, habitualmente rehuía, por timidez, la presencia del hijo del Gobernador; pero cuando le oía tocar la armonio, se ocultaba tras una pared, lo más cerca posible, y lo escuchaba con delectación.

En cuanto a Cristina, se fue al Campamento de Aiguafreda, Campamento División Azul, aprovechando que éste no se cerraría hasta el primero de octubre y que aquellos días de septiembre eran menos desapacibles de lo que Adela había profetizado al hablar con Marcos. El Mediterráneo, mucho más sosegado y azul que el Cantábrico, encandiló a la muchacha. "Aquí me atrevo a bañarme -dijo-. Allá, muchos días me daba miedo, no sé por qué". Marta proyectó su atención sobre Cristina y llegó a la conclusión de que la niña era menos superficial y engreída de lo que parecía a primera vista. "No es Pablito -afirmó-. Pero tiene su mundo". Por ejemplo, a Cristina la encantaban los peces y las mariposas. "En realidad -comentó la chica, con ocasión de una visita a las ruinas de Ampurias, donde se quedó pasmada ante la perfección de las figuras de los mosaicos romanos-, los peces cuando nadan parece que vuelan y las mariposas cuando vuelan parece que nadan". La frase gustó tanto a Marta -tal vez porque Ignacio hubiera podido decirla-, que la repitió a todas las niñas del Campamento, cuando éstas se reunieron para izar las banderas.

¿Y el Gobernador? El Gobernador se encontró con problemas más graves que los que acapararon el ánimo de sus hijos. Su ausencia había durado diez días. Miguel Rosselló exclamó: "¡Gracias a Dios que estás de vuelta!". El Gobernador había dejado la provincia prácticamente en manos de Miguel Rosselló y del notario Noguer. Pero éste quería estar tranquilo, como el mar Mediterráneo. De modo que rubricó por su cuenta: "Si tarda usted una semana más, esto se va a freír espárragos. Y perdón por la frasecita".

¿Qué había ocurrido? Nada de particular. Lo de siempre: actividad de los desaprensivos. Por algo el Ministerio de Hacienda acababa de anunciar que en el segundo trimestre de 1941 la Guardia Civil había efectuado en España 9.289 servicios que afectaban a contrabando y defraudación.

El comisario Diéguez le puso al corriente al Gobernador de las últimas sutilezas de los desaprensivos gerundenses: pasaban a domicilio individuos que recababan donativos para la División Azul… Algunos médicos recetaban cantidades enormes de azúcar y de jabón para "los niños enfermos", abusando de una cláusula de la Delegación de Abastos en la que se concedía a éstos primacía. Y dos especialistas "otorrinos", recién llegados a la ciudad, habían encontrado el medio de vaciar los bolsillos de sus clientes: quitarles las amígdalas. Apenas una persona abría ante ellos la boca, tales especialistas ponían cara de susto y exclamaban: "¡Qué espanto! Hay que quitar estas amígdalas en seguida. Mañana mismo, a las nueve, le espero a usted". Y al día siguiente, ¡fuera!, extirpación. Y factura al canto.

El Gobernador mascó un caramelo de eucalipto, como siempre que dialogaba con el comisario Diéguez.

– Mi querido comisario -dijo-, todo esto está muy feo. Y por supuesto, puedo cortar por lo sano lo de los donativos para la División Azul e incluso puedo hablarle al doctor Chaos de esas recetas de azúcar y de jabón para los niños. Ahora bien, ¿cómo voy a impedir que los otorrinos quiten las amígdalas? Precisamente me paso la vida hablando de extirpar, donde sea, los focos de infección… Aparte de que a mi mujer, en Santander, un médico amigo le ha aconsejado que se las quite…

El Gobernador recuperó su sillón de mando y tomó varias disposiciones. La primera, celebración de solemnes funerales por el alma de Bruno Mussolini, el hijo del Duce muerto en accidente cerca de Pisa. Gracia Andújar comentó: "¿Y Tagore? ¿Por qué no celebramos también funerales por el alma de Tagore?". La segunda disposición consistió en ordenar que fueran tiradas en cyclostyl, y repartidas entre la población, copias de dos patrióticas cartas que había recibido del frente ruso, firmadas por los capitanes Arias y Sandoval. La tercera, cursar una invitación oficial al campeón de ajedrez Manuel de Agustín, para que diera, en el Casino, una sesión de simultáneas a ciegas. "¡Simultáneas a ciegas! ¡Diez tableros! Hay que ver de lo que es capaz el cerebro de un hombre". A continuación, mandó referencia a Amanecer de las dos últimas pruebas de amistad que Hitler había dado a España: el envío de una carta autógrafa a un comerciante sevillano que se la había solicitado y la entrega de un retrato suyo al Ayuntamiento de Sabadell, que también lo había pedido.

Con todo, lo más importante que hizo el Gobernador a su regreso fue pedirle una audiencia privada al general. Tenía varios motivos para ello. Ponerle al corriente de las novedades que se traía de Madrid. Preguntarle su opinión sobre la marcha de la guerra. Y, sobre todo, consultarle un delicado asunto que afectaba a su labor gubernativa en Gerona y sobre el que no se atrevía a tomar por cuenta propia ninguna determinación.

El general Sánchez Bravo recibió a su ilustre visitante con suma cordialidad.

– Siéntese, por favor… Ya sabe cuánto me gusta cambiar de vez en cuando impresiones con usted. ¿Quiere tomar algo?

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