Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
– Su padre es funcionario de Telégrafos.
Los pensamientos de las amistades de la familia Sarró retrocedían. Pero a Ana María no le importaba. "Son señoras cursis. Y mis amigas, niñas bien…" Ana María era valiente, lo era su amor. Lo era tanto, que la chica se había puesto a estudiar mecanografía y taquigrafía con el objeto de ayudar a Ignacio una vez casados. Su madre le había comprado una máquina portátil y se pasaba un par de horas cada tarde tecleando. Y tres veces a la semana iba a clase de taquigrafía con un esperantista de San Feliu, un hombre que escribía a una velocidad increíble. "Como siga usted así, pronto escribirá más de prisa que yo". Ignacio se sentía conmovido por aquella prueba de buena voluntad.
– Es lo menos que puedo hacer. Porque no puedo estudiar Derecho Romano, ¿verdad? Soy ya vieja para eso…
Ana María gozaba con cualquier cosa. Bailando sardanas, desde luego. Trenzaba los pasos con gracia singular. Y se miraban haciendo signos de aprobación. También gozaba mucho saliendo de paseo en bicicleta con Ignacio. Ana María tenía una bicicleta rutilante, último modelo. Ignacio se veía obligado a alquilar una, vieja y torcida, de manillar alto y ridículo, pero que servía para la ocasión.
A veces, pedaleando, pedaleando, llegaban hasta Playa de Aro… E incluso hasta Palamós. El asfalto y la brisa incitaban a su juventud a esforzarse. "¡Ana María… espérame! ¡Que yo llevo un cacharro!". "¡Nada de eso…! ¡Demuestra que hiciste la guerra!".
Claro que se lo demostraba… De pronto le daba alcance en cualquier tramo solitario de carretera y entonces se apeaban y se sentaban en la cuneta y se besaban. Nada más. Ignacio respetaba a la muchacha de forma tal, que Ana María se lo agra- decía. "Te lo agradezco, Ignacio…" Ignacio no podía decirle que a quien debía agradecérselo era a Adela.
Era un verano espléndido, sin apenas nubes. Y eso que Ignacio, puesto en guardia a raíz de su conversación con Manolo, procuraba adivinar cuáles podían ser, más adelante, los motivos de roce con Ana María.
Poca cosa. Encontraba escasas discrepancias. Alguna vez Ana María le reñía porque no le interesaban la música, ni el teatro, ni el ballet. Ignacio se preguntaba si aquellos baches de educación llegarían a tener tanta importancia como el vaho en los espejos del baño y como un dolor en la tercera vértebra. Tal vez sí. Tal vez sí. Manolo no hablaba nunca gratuitamente. De todos modos, ¿existía algún matrimonio perfectamente sincronizado, aun perteneciendo a la misma clase? Sus padres, Matías y Carmen, no estuvieron nunca de acuerdo en la manera de educar a los hijos. La cuestión era saber soportarse. ¿Soportarse? ¿Cómo era posible que utilizara ya este verbo, si las bicicletas estaban allí, esperando a su juventud, y el asfalto era gris, pero cómodo, y la brisa mecía a sus espaldas los cañaverales?
Ana María reflexionaba también por cuenta propia. Sobre todo en la playa, por las mañanas. Lo que más le preocupaba de Ignacio, aparte de la inestabilidad emotiva, crónica, del muchacho -de repente éste parecía ponerse una careta y era capaz de cualquier desplante, por simples ganas de mortificar-, eran sus dudas religiosas. Los domingos por la mañana iban a misa y él asistía a ella distraído, pensando en las musarañas. En ocasiones adoptaba incluso una postura irónica. Y cuando el párroco soltaba alguna barbaridad, lo que ocurría a menudo, le daba un codazo y le decía: "Eso es una idiotez".
Lo malo era que Ignacio parecía estar documentado en heterodoxia… Porque Ana María tampoco aceptaba de la religión una serie de costumbres externas, anacrónicas. Y la molestaban la intolerancia y la excesiva seguridad. Pero había algo para ella sagrado, tan sagrado como para el profesor Civiclass="underline" los Evangelios… Pues bien, ahí radicaba precisamente el punto de fricción. Ignacio no le ocultaba que de un tiempo a esta parte los Evangelios le parecían contradictorios. Que algunos, como el del "sagaz administrador", no los comprendía. Y que era muy difícil saber a ciencia cierta lo que Cristo dijo, puesto que Cristo habló en arameo -como Teresa Neumann, la estigmatizada, cuando estaba en trance- y la Iglesia no ofrecía sino traducciones. A menudo, traducciones de traducciones…
– ¿Qué significa, en arameo, espíritu? ¿Lo sabes tú…? ¿Y hombres de buena voluntad? ¿Y la palabra Padre? ¿Y la palabra cielo? ¿Qué quiso dar a entender Jesús cuando dijo: "si no os hicierais semejantes a los niños no entraréis en el reino de los cielos"? ¿Que hemos de renunciar a nuestra madurez?
Ana María sufría.
– Pero ¿por qué has de torturarte así? Doctores tiene la Iglesia, ¿no te parece?
– Sí, claro… Pero ¿quién me garantiza que esos doctores han avanzado más que yo?
– ¡Por Dios, Ignacio! ¡No hables así!
Ignacio procuraba tranquilizarla.
– Ana María, pequeña…, no te preocupes. No he perdido la fe. No creo perderla nunca. Te amo a ti y amar es ya creer en Dios… Lo que ocurre es que aspiro a ser religioso de una manera más consciente. ¡Sí, ya sé lo que vas a decir! ¡Vas a decir que quiero un Dios a mi medida! No se trata de eso. Más bien se trata de lo contrario. Presiento que Dios es mucho más grande de lo que quieren hacernos creer, de lo que nos han dicho hasta ahora. ¡Bueno! Dejemos eso por hoy… ¿Sabes lo que me hace falta? Confesarme… Esta semana me confesaré con el padre Forteza y el próximo domingo oiré la misa, toda la misa, de rodillas. ¿Vale? Bien… Pues vamos a celebrarlo. Vámonos al rompeolas a ver el mar…
El 31 de agosto ocurrió en San Feliu de Guíxols algo chusco. Un comerciante de harinas fue obligado por el Fiscal de Tasas, don Óscar Pinel, a pasearse todo el día por las calles con un cartel que rezaba:
"He tratado de estraperlar cinco mil quilos de harina a Auxilio Social. Soy un sinvergüenza".
La gente se desternillaba de risa. Ignacio y Ana María, por el contrario, miraron a aquel hombre con una mezcla de confusos sentimientos. Ignacio no podía olvidar las palabras de Manolo: "Antes de un año tendremos que habérnoslas con tu futuro suegro…" Y Ana María pensaba también en su padre, en frases aisladas que le había oído por teléfono.
El hombre del cartel representaba unos cincuenta años. Al parecer era un propietario de Castillo de Aro, que poseía varios molinos. Tenía aspecto campesino; pero miraría poco al cielo, era de suponer… Se le veía tan angustiado, que daba pena. ¡Cinco mil quilos de harina a Auxilio Social!
– Vámonos… Eso me crispa los nervios.
– A mí también.
Se fueron a contemplar escaparates. A Ana María le gustaban las perfumerías. En una de ellas leyeron un letrerito que decía:
No se pinte los labios Avívelos con Marilú.
Es un consejo Pimpinela.
– ¿Quién es ese Pimpinela? -preguntó Ignacio, mirando con fijeza a los labios de Ana María, sin pintar.
Ana María se rió.
– Un fabricante-filósofo, que conoce a las mujeres más que tú…
Anocheció en San Feliu de Guíxols. Ignacio y Ana María entraron en un café, que les recordaba el del Frontón Chiqui, de Barcelona. Hablaron de la guerra. Ambos deseaban, pese a todo, no sólo que Mateo saliera con bien de la aventura, puesto que ésta no tenía ya remedio, sino que llegara a Moscú.
– Entre los alemanes y los rusos, nos quedamos con los alemanes, ¿verdad?
Ana María guardó como siempre en el pequeño bolso el envoltorio de los terrones de azúcar, para su colección.
– De acuerdo…, monsieur Voltaire.
A continuación la chica añadió:
– Y hablando de Moscú… ¿Cuándo nos casamos?
Ignacio hizo un guiño expresivo.
– ¡Voy a decírtelo!: el día que me guste la ópera…
Ana María se santiguó.
– ¡Jesús! Voy a quedarme para vestir santos…
CAPÍTULO LX
Las primeras cartas que se recibieron de los voluntarios de la División Azul las recibieron Gracia Andújar e Ignacio. Ambas las firmaba Cacerola.