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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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En otras palabras, más o menos en el punto de desarrollo en el que la humanidad, fracturada, peleada, pero aun así una única especie en esencia, se encontraba en ese momento.

Dada esa premisa, dijo la mujer, no fue demasiado sorprendente encontrarse con la existencia de algo como los lobos, o los inhibidores, como los llamaban algunas de sus víctimas; eran casi inevitables dado el patrón de las extinciones: manadas despiadadas de máquinas asesinas que acechan entre las estrellas, esperando pacientes durante eones a que surgieran señales de una inteligencia…

Salvo que en realidad no tenía sentido, continuó Felka. Si merecía la pena eliminarla inteligencia, por la razón que fuera, ¿por qué no hacerlo en la fuente? La inteligencia surgía de la vida; la vida, salvo en huecos muy escasos y exóticos, surgía de una infusión común de elementos químicos y condiciones previas. Así que, si la inteligencia era el enemigo, ¿por qué no intervenir antes en el ciclo de desarrollo?

Se podrían haber utilizado miles de formas, sobre todo si se estaba trabajando con una escala de tiempo de miles de millones de años. Podías interferir en los procesos de formación de los propios planetas, perturbar con toda delicadeza los torbellinos de nubes de materia de crecimiento que se reunía alrededor de las estrellas jóvenes. Podrías hacer que no se formaran planetas en las órbitas adecuadas para que se produjera agua, o que solo se formaran mundos muy pesados o muy ligeros. Podrías meter los mundos en un frío interestelar o estrellarlos contra las caras turbias de sus estrellas madre.

O podrías envenenar los planetas, alterar con sutileza el caldo de elementos de sus cortezas, océanos y atmósferas para que fueran poco propicios ciertos tipos de química carbónica orgánica. O podrías asegurarte de que los planetas nunca se acomodaran en esa clase de madurez estable que permite la aparición de la vida multicelular compleja. Podrías hacer que no dejaran de estrellarse cometas contra sus cortezas de tal forma que se estremecieran y convulsionaran bajo una eternidad de bombardeos, atrapados en inviernos permanentes.

O podrías manipular sus estrellas de tal forma que los mundos se vieran rociados por llamas periódicas procedentes de masivas llamaradas coronales, o someterlos a terribles y profundas eras glaciares.

Incluso si llegabas tarde, incluso si tenías que admitir que había surgido la vida compleja y quizá incluso había logrado llegar a ser inteligente y a utilizar la tecnología, había formas.

Por supuesto que había formas.

Una única cultura decidida podía aniquilar toda la vida de la galaxia por medio de una manipulación hábil de los cadáveres estelares superdensos. Se podrían ir reuniendo las estrellas de neutrones hasta que se aniquilaran entre sí en tormentas esterilizadoras de rayos gamma. Los chorros de las estrellas binarias podían manipularse y convertirse en armas de energía dirigida: lanzallamas que alcanzarían una distancia de miles de años luz.

E incluso si eso no fuera factible, o deseable, se podía aniquilar la vida por medio de la pura fuerza bruta. Una única cultura mecánica podría dominar la galaxia entera en menos de un millón de años, y aplastar la vida orgánica hasta que dejara de existir.

Pero ellos no están aquí para eso, le dijo Felka.

¿Para qué, entonces? le preguntó él.

Hay una crisis, le dijo su compañera. Una crisis en el futuro galáctico más profundo, dentro de tres mil millones de años. Salvo que en realidad no era en absoluto «profundo».

Trece giros de la espiral galáctica, eso era todo. Antes de que los glaciares aparecieran, podrías haber caminado por una playa de la Tierra y haber cogido una roca sedimentaria que tuviera más de tres mil millones de años.

¿Trece giros de la rueda? No era nada en términos cósmicos. Ya casi lo tenían encima.

¿Qué crisis?, preguntó Clavain.

Una colisión, le dijo Felka.

38

Una vez que se acercó quinientos kilómetros más a la batalla, Antoinette dejó el puente desatendido, confiando en que la nave se cuidara sola durante tres o cuatro minutos mientras ella se despedía de Escorpio y su escuadrón. Para cuando llegó a la enorme bodega despresurizada donde aguardaban los cerdos, la puerta exterior ya se había abierto y se había lanzado el primero de los tres trasbordadores. La joven vio la chispa azul de su llama de escape girar hacia el resplandeciente nido de luz que era el núcleo de la batalla. Dos triciclos salieron de inmediato tras él y luego se tiró del segundo trasbordador, empujado por los achaparrados arietes hidráulicos que normalmente se utilizaban para mover los voluminosos palés de carga.

Escorpio ya se estaba sujetando a su triciclo, situado al lado del tercer trasbordador. Dado que los triciclos que había a bordo del Ave de Tormenta no habían tenido que hacer todo el viaje desde la Luz del Zodíaco, transportaban mucho más blindaje y armamento que las otras unidades. La armadura de Escorpio era una insultante combinación de colores luminosos y parches brillantes. El armazón de su triciclo era casi imposible de distinguir bajo las capas de armadura y los rebordes y cañones de las armas de proyectiles y de haces. Xavier lo estaba ayudando con las últimas comprobaciones de sistemas y acababa de desconectar un compad del puerto de diagnóstico que había bajo la silla del triciclo. Le hizo una señal con los pulgares alzados y palmeó la armadura de Escorpio.

—Al parecer ya estás listo —dijo Antoinette a través del canal general de comunicaciones de su traje.

—No tenías que arriesgar tu nave —dijo Escorpio—. Pero dado que lo has hecho, haré que el combustible extra sirva para algo.

—No te envidio, Escorpio. Sé que ya has perdido unos cuantos de tus soldados.

—Son nuestros soldados, Antoinette, no solo míos. —Hizo que en el tablero de control de su triciclo se iluminaran las pantallas, las esferas luminosas y las cuadrículas de objetivos, mientras que un poco más allá salió el segundo trasbordador de la bodega cuando los arietes de carga lo empujaron al espacio. El encendido de su motor pintó un duro resplandor azul en la armadura de Escorpio.

—Escucha —le dijo—. Hay algo que deberías valorar. Si supieras cuál es la esperanza de vida de un cerdo en el Mantillo, nada de lo que ha pasado hoy te parecería tan trágico. La mayor parte de mi ejército habría muerto hace años si no se hubieran unido a la cruzada de Clavain. Yo creo que le deben más ellos a Clavain que al revés.

—Eso no significa que debieran morir hoy.

—Y la mayor parte de ellos no lo hará. Clavain siempre supo que tendríamos que aceptar algunas pérdidas, y mis cerdos también lo sabían. Jamás conquistamos una manzana de Ciudad Abismo sin derramar un poco de sangre de cerdo. Pero la mayor parte conseguiremos volver, y lo haremos con las armas. Ya estamos ganando, Antoinette. Una vez que Clavain utilizó el código de pacificación, la guerra de Volyova se terminó. —Escorpio se bajó la visera antidestellos con un guantelete rechoncho—. Ahora ni siquiera estamos librando una guerra. Esto no es más que una operación de limpieza.

—¿Aun así puedo desearte buena suerte?

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