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Cartas de un asesino insignificante

Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:

Durante su solitaria estancia en el pueblo costero de Roquedal, una traductora, Carmen del Mar Poveda, recibe misteriosas cartas de un desconocido que le declara su intenci?n de matarla. Las cartas son abandonadas en el muro que rodea su casa y el desconocido exige una respuesta. Comienza as? un extra?o intercambio epistolar, un juego de acertijos y falsas soluciones, de identidades y espejos, en el que, inexorablemente, se imbricar?n las oscuras leyendas del pueblo, sus antiqu?simas fiestas populares y algunos de sus m?s enigm?ticos habitantes. Escrita en clave l?dica, siguiendo una estructura argumental que recuerda el juego m?ltiple de las cajas chinas, la novela aborda do manera brillante la idea de la muerte, ese asesino particular que siempre nos acompa?a como interlocutor privilegiado de toda la vida, al tiempo que presenta la escritura como met?fora y espejo del destino humano. Estimada se?orita. Voy a matarla y usted lo sabe, as? que me asombra su silencio. La flor del almendro ya destella de blancura en las ramas, pero no advierto la flor de sus cartas en el muro. Eso no es lo convenido. Yo me tomo en serio mi papel de verdugo: haga lo mismo con el suyo de v?ctima. Le sugiero, por ejemplo, que se vuelva rom?ntica.
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Verso repentino

Voy tras el rey de mayo,

Pidiendo clemencia voy.

Supe que me dejaba llevar por ti para huir de ti. ¿Contradictorio? No lo creas. Pensaba «No debo permitir el silencio. No dejaré que entre nosotros se ausente el ruido o llegue la intimidad». Tú no te ofendiste: pretendías guiarme, pero en realidad no hacías sino seguirme con cierta obcecación, cierta terquedad de amante abnegado; sólo te detenías para conseguir más cervezas, y sólo dejaste de conseguir más cervezas para presentarme el esbelto y oscuro cuerpo de los cubatas de coca-cola. No soy muy aficionada a los cubatas de coca-cola, pero esta noche he bebido más de uno. Recuerdo, entre las imágenes dispersas en el vértigo, un detalle gracioso: en el trayecto hasta la última «Parada» fui yo quien te cogí del brazo y eché a correr sobre las piedras oscuras.

– ¡Arrastráaaaaal -grité. Tú, más rígido y más muerto que los títeres que bailaban frente a nosotros, te dejabas llevar con paciencia de padre benevolente.

El último jolgorio se desarrollaba al pie de la ruinosa y legendaria torre de Roquedal, el recuerdo petrificado de algún faro o alguna almena (cerca de allí está tu casa, Manolo, ya lo sé: algún día de éstos tendré que visitarte, maldito bromista, a ver si por fin confiesas). La noche lo había convertido todo, incluyendo el mar, en una única sombra, pero la «Parada» recibía el privilegio de un luminoso cuadrilátero de bombillas donde proseguía la pantomima. Bailamos. En una de las vueltas caí románticamente en tus brazos, y abriste la boca sonriendo. Pero tus palabras, si es que ibas a decirme algo, las estorbó el cese repentino de la música, porque a veces el silencio ensordece que el ruido. Me asomé al cuadrilátero: la ‹‹Reina» alzaba su rígido brazo derecho hacia el rostro del «Rey». Simuló que le arrancaba la máscara, pero lo que hizo fue golpearla, y uno de los «Nobles» la desprendió. Se oyeron insultos, obscenidades, abucheos. El «Rey» se volvió hacia nosotros y nos desafió con un rostro que era como el ojo de un huracán.

– Es la costumbre -murmuraste con voz siniestra, formolizada como la de un cadáver-: le quitan la máscara y debajo no hay nada. Bueno, hay escayola pintada de negro.

– ¿Y por qué?

Te encogiste de hombros.

– Unos dicen que es una representación en burla de los reyes moros. Otros afirman que es una ceremonia más antigua, una especie de rito en honor de los dioses subterráneos…

– Qué miedo.

– Nadie conoce muy bien el origen de esta fiesta, pero es interesante, ¿verdad? Escribe sobre ella, tú que eres escritora…

– ¿Y tú no? -sonreí.

Un golpe de tambor me destrozó la pregunta. El «Rey» se tambaleaba en solitario, enfrentándonos con su cara socavada de luna nueva. El Mediterráneo, diseminado de barcas, yacía detrás, y aquel semblante cóncavo semejaba uno de sus trozos: un mar oscuro, no un cielo oscuro, un mar negro, no exactamente un cielo negro, porque había defectos -escayola- que simulaban movimiento. «Oscuridad pero forma», pensé. «Como el gato de la Virgen, o como el muchacho mago, o como todo Roquedal; como tú -usted-: algo que se ve y no se ve, velado por su propia existencia.»

Tambores y aplausos resonaron dentro de mi cuerpo como trompetas del juicio, despertándome.

– Se acabó -dijiste.

Regresamos por la playa más nocturna, escogiendo la soledad. Yo sabía que habíamos fabricado un recuerdo, lo supe con la certeza de un profeta. Hay cosas que ya han sucedido mientras suceden; que, siendo, fueron; impresiones que se te quedan detrás, como elegidas para formar la memoria. Sentí cansancio ante esta vida invisible que se levanta a nuestras espaldas como las olas mientras nadamos hacia el mar profundo, esta vida llena de pérdidas, porque todo recuerdo es también aquello que ya no es. Aquello que está y no está.

– Bonito nombre -te oí decir-; Carmen del Mar. ¿Por qué te pusieron Carmen del Mar? Nunca te lo he preguntado.

– Porque nací en Madrid -respondí con toda mi risa estúpida de fin de fiesta. Temí convertirme en el tema de tu improvisada conversación y volví a reírme para distraerte. Tú entraste al trapo de mi alegría y me imitaste, pero tu risa finalizó en un silencio hondo.

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