Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]
La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
1 ... 12 13 14 15 16 17 18 19 20 ... 67
Перейти на страницу:

De la habitación que acabábamos de dejar me llegaron las voces enfadadas de los que habíamos despertado. De golpe se abrió la puerta, pero quienquiera que fuese el que entró a expulsar al intruso, tuvo que haber visto el fulgor de Terminus Est; se detuvo en seco, maldijo y se fue. Un momento después alguien gritó y supe que la criatura de fuego estaba en la choza.

Traté de enderezar a la mujer, pero se derrumbó a mis pies. Al otro lado de la ventana no había nada: la pared de cañas terminaba unos codos más abajo y los soportes del suelo no se extendían más allá. Arriba, un alero de paja no ofrecía a mi mano más ventaja que una telaraña. Mientras intentaba aferrarlo, entró un torrente de luz que destruyó todo color y proyectó sombras tan oscuras como el fulígeno, sombras como fisuras en el cosmos. Entonces comprendí que debía luchar y morir como los dimarchi o saltar, y giré para enfrentar a la criatura que había venido a matarme.

Todavía estaba en la otra habitación, pero podía verla por el vano de la puerta, abierta ahora otra vez. Ante ella, en el suelo, yacía el cuerpo semiconsumido de alguna vieja infeliz, y mientras yo miraba, la cosa pareció inclinarse sobre el cuerpo en algo que, lo habría jurado, era una actitud inquisitiva. La carne del cadáver burbujeó y crujió como la grasa de un asado, y luego se deshizo. Un momento después hasta los huesos fueron pálidas cenizas que la criatura dispersó mientras avanzaba.

Creo que TerminusEst ha sido la mejor hoja jamás forjada, pero yo sabía que nada podría lograr contra el poder que había derrotado a tantos jinetes; la arrojé a un lado en la vaga esperanza de que pudiera ser encontrada y eventualmente devuelta al maestro Palaemon, y saqué la Garra de la bolsa que me colgaba del cuello.

Era mi última y remota oportunidad, y en seguida vi que había fallado. De cualquier forma que percibiese el mundo que la rodeaba (y por sus movimientos yo había imaginado que en nuestra Urth era casi ciega), la criatura advertía claramente la gema, y no la temía. El avance lento se convirtió en un rápido y resuelto fluir hacia adelante. Llegó a la puerta; hubo una explosión de humo, un estrépito, y desapareció. Desde abajo, una luz relampagueó por el agujero abierto a fuego en el endeble suelo que empezaba donde concluía la saliente rocosa; primero fue la luz incolora de la criatura, luego una rápida sucesión de colores tornasolados: azul pavo real, lila y rosa. Después sólo una luz tenue, rojiza, de llamas saltarinas.

X — Plomo

Por un momento pensé que iba a caerme en el agujero abierto en el centro del cuarto antes de poder recuperar TerminusEst y poner a salvo a la dueña del Nido del Pato, y por otro tuve la certeza de que se iba a caer todo: la temblorosa estructura del cuarto y nosotros con ella.

No obstante, al final escapamos. Fuera, la calle estaba tan vacía de dimarchi como de vecinos; los soldados habían sido atraídos por el fuego de abajo, sin duda, y la gente, asustada, se había metido en las casas. Sostuve a la mujer con el brazo, y aunque seguía demasiado aterrorizada como para responderme algo inteligible, dejé que ella eligiera el camino; como había supuesto, nos llevó infaliblemente a su posada.

Dorcas estaba durmiendo. Sin despertarla, me senté a oscuras en un banco, junto a la cama, donde ahora también había una mesita suficiente para sostener el vaso y la botella que había subido del comedor. Fuera lo que fuese, el vino me supo fuerte al paladar, y sin embargo no más que el agua una vez que lo hube tragado; para cuando Dorcas despertó, había bebido media botella y no sentía más efecto que si hubiera sido un sorbete.

Dorcas alzó la cabeza, luego la dejó caer de nuevo en la almohada.

—Severian. Debería haber sabido que eras tú. —Siento haberte asustado —dije yo—. Vine a ver cómo estabas.

—Eres muy amable. Con todo, parece que cada vez que me despierto estás inclinado sobre mí. —Volvió a cerrar los ojos un momento.— Con esas botas de suela gruesa no haces ningún ruido al caminar, ¿lo sabías? Es una de las razones por las que infundes temor a la gente.

—Una vez dijiste que te recordaba a un vampiro, porque había comido una granada y tenía los labios manchados de rojo. Los dos nos reímos. ¿Te acuerdas? —Había sido en un campo dentro de la muralla de Nessus, donde habíamos dormido junto al teatro del doctor Talos y despertado para agasajarnos con la fruta que la noche anterior había dejado caer nuestro huyente público.

—Sí dijo Dorcas—. Quieres que vuelva a reír, ¿no? Pero me temo que nunca volveré a hacerlo. —¿Quieres un poco de vino? Era gratis, y no tan malo como yo esperaba.

—¿Para alegrarme? No. Creo que una debería beber cuando ya está alegre. De lo contrario sólo se vierte tristeza en la copa.

—Al menos toma un trago. La dueña dice que has estado enferma y en todo el día no has comido.

Vi que Dorcas movía la cabeza en la almohada y me miraba; y ya que estaba totalmente despierta, me atreví a encender la vela.

—Llevas tus ropas —me dijo—. Tienes que haberle dado un susto mortal.

—No, no la asusté. Se está llenando la copa con todo lo que haya en la botella.

—Ha sido buena conmigo… Es muy amable. No le reproches que elija beber a estas horas de la noche. —No se lo estaba reprochando. Pero ¿no vas a tomar nada? En la cocina ha de haber comida; te traeré lo que quieras y si no te gusta lo devolveremos. Dorcas rió débilmente.

—Me he pasado el día devolviendo lo que había comido. Es lo que quería decir ella cuando te contó que estuve enferma. ¿O no te lo dijo? Vomitando. Pensé que ibas a olerlo, aunque la pobre mujer limpió lo mejor que pudo. —Hizo una pausa y husmeó.¿Qué es eso que huelo? ¿Tela quemada? Debe de ser la vela, pero supongo que no podrás recortar la mecha con tu gran espada.

—Es mi capa, creo —dije yo—. He estado demasiado cerca del fuego.

—Te pediría que abrieras la ventana, pero veo que ya la abrieron. Me temo que a ti te moleste. La verdad es que hace temblar la vela. ¿Te marea el parpadeo de las sombras?

—No —dije—. No hay problema mientras no mire directamente la llama.

—Por tu expresión, te sientes como siempre me siento yo cerca del agua.

—Esta tarde te encontré sentada muy al borde del río.

—Lo sé —dijo Dorcas, y calló. El silencio duró tanto que temí que no volviera a hablar nunca más, que hubiera vuelto el silencio patológico (como ahora estaba seguro que era) que la había poseído.

Por fin dije: —Me sorprendió verte allí. Recuerdo que miré varias veces antes de convencerme de que eras tú, aunque te había estado buscando.

—Vomité, Severian. Ya te lo dije, ¿no? —Sí, me lo dijiste.

—¿Sabes qué fue lo que arrojé?

Miraba fijamente el techo bajo, y tuve la sensación de que había allí otro Severian, el Severian bondadoso e incluso noble que sólo existía en la mente de Dorcas. Supongo que todos, cuando creemos hablar muy íntimamente con otra persona, en realidad nos dirigimos a la imagen que tenemos de ella. Pero esto parecía algo más; sentí que Dorcas seguiría hablando aunque yo saliera de la habitación.

—No —respondí—. ¿Agua, quizá? —Proyectiles.

Pensé que estaba hablando metafóricamente, y sólo arriesgué:

—Tiene que haber sido muy desagradable.

Volvió a girar la cabeza en la almohada, y ahora le vi los ojos azules y las anchas pupilas. Tal era su vacuidad que podrían haber sido dos pequeños fantasmas.

1 ... 12 13 14 15 16 17 18 19 20 ... 67
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)