Por siempre jamás [Gone for Good-es]
- Автор: Кобен Харлан
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
Sentí que mis músculos se tensaban. Cuadrados interpuso despacio su cuerpo entre la cama y yo.
– Bien, empecé a hablarle con dulzura, poniendo en juego mis mejores recursos, ¿saben?
Sí, claro que lo sabíamos.
– Y le largué el rollo de hacer de ella una modelo famosa, pero sin precipitarme. Yo no soy como los otros imbéciles. Tengo mano de seda. Cierto que Sheila era más lista que las otras, no se dejaba embaucar y me percaté de que no acababa de convencerla. Pero es normal. Yo no insisto; actúo en plan legal, tranquilo, y al final del día acaban creyéndoselo porque todas han oído historias de supermodelos descubiertas en una pastelería o cualquier chorrada por el estilo. Eso es precisamente lo que las hace venir.
El aparato dejó de emitir pitidos, se oyó un borboteo y volvió a pitar.
– Bien, Sheila puso los puntos sobre las íes y me dijo claramente que ella no iba a fiestas ni cosas por el estilo. Yo le dije que no se preocupara, que yo era un hombre de negocios, un fotógrafo profesional en busca de talentos. La verdad es que soy bastante buen fotógrafo, ¿saben? Tengo buen ojo. ¿Ven las paredes? Esas fotos de Tanya las he hecho yo.
Miré las fotos de la otrora bella Tanya y sentí un escalofrío en mi corazón. Cuando volví los ojos a la cama, Castman me miraba.
– Y usted… -dijo.
– Yo, ¿qué?
– Sheila significa algo para usted, ¿a que sí? -añadió sonriendo.
No contesté.
– Es amor.
Hizo hincapié en la palabra «amor» con sorna, pero yo no me inmuté.
– Oiga, no se lo reprocho. Era un bombón y la chupaba…
Me arrimé a la cama y Castman se echó a reír, pero Cuadrados se interpuso, me miró a los ojos y meneó la cabeza de un lado a otro. Comprendí que tenía razón y retrocedí.
Castman dejó de reír sin apartar la vista de mí.
– ¿Quiere saber cómo convencí a su chica, enamorado?
No repliqué.
– Igual que hice con Tanya. Yo me dedicaba a las primerizas, esas a quienes los compadres no pueden hincar el diente. Era una operación bien calculada. Le largué mi rollo a Sheila y al final conseguí que viniera a mi estudio para una sesión de fotos. La tenía y lo único que necesitaba era ponerle el collar.
– ¿Cómo? -pregunté.
– ¿De verdad quiere que se lo cuente?
– ¿Cómo?
Castman cerró los ojos sin dejar de sonreír, complaciéndose en el recuerdo.
– Le hice cantidad de fotos. Artísticas y correctas, y cuando acabamos le arrimé un cuchillo al cuello. La esposé a una cama en un cuarto que tenía… -contuvo la risa y puso los ojos en blanco- forrado de corcho. La drogué y la filmé mientras estaba medio atontada, pero sin que pareciera abuso; y así fue como su Sheila perdió la virginidad. En vídeo. Toda suya. Mágico, ¿no?
Volvió a asaltarme brutalmente la cólera y estuve a punto de estrangularlo; pero recordé que era lo que él deseaba.
– ¿Dónde estaba? Ah, sí. La esposé y estuve haciéndole fotos durante una semana. Unas fotos estupendas. Fue un gasto, pero todo negocio tiene gastos y fase de lanzamiento, ¿no es cierto? Finalmente Sheila se envició y en serio que ya no había manera de que se volviera atrás. Cuando le quité las esposas era capaz de lamerme la porquería de los dedos de los pies por un chute, ¿comprenden?
Se detuvo esperando aplausos y yo sentí como si algo me desgarrara las entrañas.
– ¿Y después de eso la puso a trabajar la calle? -preguntó Cuadrados sin que su voz se alterase.
– Sí. Pero antes le enseñé algunos trucos. Cómo hacer que un tío se corra rápido; cómo hacerlo con dos a la vez. Yo la instruí a fondo.
Me daban ganas de lanzarme sobre él.
– Siga -ordenó Cuadrados.
– No… -dijo-. No hasta…
– Entonces, nos despedimos.
– Tanya… -añadió él.
– ¿Qué pasa con ella?
Castman se pasó la lengua por los labios.
– ¿Me dan un poco de agua?
– No. ¿Qué pasa con Tanya?
– Esa perra me tiene aquí encerrado. No está bien. Vale, le hice daño, pero tenía mis motivos. Ella quería largarse y casarse con aquel cliente de Garden City, convencida de que estaban enamorados. Venga, hombre, igual que en Pretty Woman. Planeaba llevarse a algunas de mis chicas para vivir todas allí, en Garden City con el cliente, y rehacer su vida. Bobadas. Yo no podía consentirlo.
– Y le dio una lección -dijo Cuadrados.
– Sí, claro, es lo que hice.
– Le destrozó la cara con una navaja de afeitar.
– No sólo la cara…, para que el tipo no pudiera…, poniéndole una bolsa en la cabeza, por ejemplo, ¿me entienden? Sí, claro que me entienden. Lo hice como castigo ejemplar para las otras chicas. Pero escuchen, que ahora viene lo divertido: su novio, aquel cliente, no sabía lo que yo le había hecho. Volvió de su maravillosa casa de Garden City dispuesto a rescatar a Tanya, el muy burro. Me reí de él. El contable gilipollas de Garden City. Me dispara debajo de la axila con una 22 y la bala se incrusta en la columna vertebral. Y me dejó como ven. ¿Se dan cuenta? Pero lo mejor de todo es que, después de dispararme a mí, el señorón de Garden City, al ver lo que yo le había hecho a Tanya, ¿saben lo que hizo el gran enamorado?
Hizo una pausa. Nos figuramos que era puro efectismo y guardamos silencio.
– Se largó y la dejó plantada. ¿Se dan cuenta? Ve el trabajo de artesanía que le hice a Tanya y sale corriendo. Su gran amor. No quiso saber nada de ella. Nunca más volvieron a verse.
Castman se echó a reír otra vez mientras yo procuraba contenerme llevando el ritmo de la respiración.
– Así que me llevaron al hospital anestesiado -prosiguió- y Tanya se quedó sin nada. Después me sacó, me trajo aquí y ahora me cuida. ¿Entienden lo que quiero decir? Se dedica a prolongar mi vida y, si me niego a comer, me mete la comida con un tubo por la garganta. Escuchen, les contaré todo lo que quieran pero tienen que hacer algo por mí.
– ¿Qué? -preguntó Cuadrados.
– Matarme.
– No podemos.
– Pues avisen a la policía. Que me detengan. Confesaré lo que deseen.
– ¿Qué le sucedió a Sheila Rogers? -preguntó Cuadrados.
– Prométanmelo.
– Aquí no hay nada más que hacer -dijo Cuadrados mirándome-. Vámonos.
– De acuerdo, de acuerdo, se lo diré. Pero prométanme que tendrán en cuenta… ¿Vale?
Miró a Cuadrados, luego a mí y otra vez a él sin que Cuadrados cediera en su impasibilidad. Yo, por mi parte, no sé qué expresión tendría.
– No sé dónde andará Sheila ahora. Qué diablos, realmente ni sé qué es lo que sucedió.
– ¿Cuánto tiempo trabajó para usted?
– Dos o tres años.
– ¿Y cómo se liberó?
– ¿Eh?
– No parece la clase de tío que deja que las empleadas se larguen -dijo Cuadrados-. Por eso le pregunto qué fue de ella.
– Bueno, yo la tenía trabajando la calle y ella empezó a hacerse con una clientela habitual. Era estupenda en su trabajo, pero en un momento dado conoció a tipos importantes. No es corriente, pero a veces sucede.
– ¿Qué quiere decir con tipos importantes?
– Traficantes. Traficantes de envergadura seguramente y debió de comenzar a pasar droga y a hacer entregas y, lo que es peor, se dedicó a abandonar la calle. Yo iba a presionarla, como se dice, pero tenía amigos importantes.
– ¿Como quién?
– ¿Conoce a Lenny Misler?