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Por siempre jamás [Gone for Good-es]

Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:

Will Klein tiene su héroe: su hermano mayor Ken. Una noche de calor agobiante aparece en el sótano de la casa de los Klein una joven, antiguo amor de Will, asesinada y violada.
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
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– Siento haberlo hecho.

– Puedo ir yo a Nueva York, si quieres.

– No hace falta -dije-. Hoy mismo iré a ver a mi padre. ¿Quieres que nos veamos antes?

– Muy bien -contestó ella-. Pero en casa no. ¿Te acuerdas de las canchas de baloncesto del instituto?

– Claro -dije-. Nos vemos allí a las diez.

– De acuerdo.

– Katy -añadí cambiándome el teléfono de oído-. Perdona que te diga que esta llamada me parece un poco rara.

– Sí, claro.

– ¿Para qué quieres verme?

– ¿Tú qué crees? -replicó.

Tardé un instante en contestar, pero ya daba igual porque ella había colgado.

14

Cuando Will salió de casa, El Espectro vigilaba.

No lo siguió porque sabía adónde iba pero, sin dejar de observarlo, flexionó y apretó los dedos varias veces; sus antebrazos se tensaron y su cuerpo se estremeció.

El Espectro recordaba a Julie Miller. Recordaba su cadáver desnudo en aquel sótano. Recordaba el tacto de su piel, cálida al principio, fugazmente; luego, lentamente, endurecerse hasta convertirse en mármol húmedo. Recordaba la palidez amoratada del rostro, los puntitos rojos en aquellos ojos desorbitados, el rictus de horror y sorpresa, las vénulas reventadas, la saliva congelada sobre una de las mejillas como una cuchillada. Recordaba su cuello en aquella curvatura antinatural de la muerte y cómo el alambre se había hundido en la piel cortando el esófago, casi decapitándola.

Toda aquella sangre.

La estrangulación era su modo preferido de matar. Había estudiado en la India el Thuggee, el ritual de los asesinos sigilosos que habían perfeccionado el arte secreto de la estrangulación. Aunque con los años El Espectro había llegado a destacar en el empleo de pistolas, puñales y similares, siempre que era posible prefería la fría eficacia, el silencio definitivo, el poder rudimentario y el toque personal de la estrangulación.

Un aliento suave.

Perdió de vista a Will.

El hermano.

El Espectro pensó en las películas de Kung Fu en las que asesinan a uno de dos hermanos y el que sale con vida venga al muerto, y se preguntó qué sucedería si él mataba a Will Klein.

No, no se trataba de eso. Aquello iba más allá de la venganza. Pero siguió pensando en Will. Después de todo era la clave. ¿Habría cambiado con los años? Esperaba que no, pero no tardaría en saberlo.

Sí, casi había llegado el momento de ir al encuentro de Will y recordar los viejos tiempos.

El Espectro cruzó la calle hacia la casa de Will Klein.

Cinco minutos después estaba en su apartamento.

Cogí el autobús en Nueva York hasta el cruce de Livingston Avenue y Northfield, el núcleo original de la gran zona residencial de Livingston, donde la escuela elemental se había convertido en un modesto centro comercial con tiendas especializadas en las que casi nunca se veían clientes. Bajé del autobús con un grupo de empleados domésticos que iban a Livingston, en extraña simetría respecto a quienes trabajan en Nueva York. Los residentes de ciudades como Livingston llegan a la Gran Manzana por la mañana y los que limpian sus casas y cuidan de sus hijos hacen lo contrario. Equilibrio.

Me dirigí por Livingston Avenue hacia el instituto anexo a la biblioteca pública, al juzgado municipal y a la comisaría. ¿No es casualidad? Los cuatro edificios eran construcciones de ladrillo y parecían ser de la misma época, obra del mismo arquitecto y hechos con ladrillo del mismo proveedor; como si uno de ellos hubiera engendrado a los otros.

Era el sitio en que me había criado, donde acudía de niño a aquella misma biblioteca para sacar en préstamo los clásicos en versión de C. S. Lewis y Madeleine L'Engle. Allí, en aquel juzgado, a los dieciocho años recurrí (en vano) una multa por exceso de velocidad y allí, junto con otros seiscientos alumnos, hice la enseñanza secundaria en el edificio más grande de los cuatro.

Di media vuelta a la glorieta y doblé a la derecha hasta los campos de baloncesto, donde me dispuse a esperar junto a una valla oxidada. Tenía a mi izquierda las dos canchas de tenis de la ciudad; yo jugaba al tenis cuando iba al instituto y no lo hacía mal, a pesar de que nunca sentí inclinación por el deporte por mi falta de espíritu competitivo para triunfar. No es que me gustase perder, pero no me esforzaba lo suficiente para ganar.

– ¿Will?

Me volví y al verla me dio un vuelco el corazón y se me heló la sangre en las venas. La ropa era distinta -vaqueros holgados, chanclos estilo años setenta, una camisa muy ajustada y muy corta que dejaba al descubierto un estómago liso, con un piercing-, pero la cara y el pelo… Sentí que iba a desmayarme y desvié la mirada hacia el campo de fútbol, porque habría jurado que estaba viendo a Julie.

– Ya sé, es como ver a un fantasma, ¿verdad? -dijo Katy Miller.

Volví la mirada hacia ella.

– Mi padre todavía es incapaz de mirarme sin echarse a llorar -añadió metiendo las manos en los apretados bolsillos de los vaqueros.

No sabía qué decir y ella se me acercó más. Estábamos frente al instituto.

– Tú habrás estudiado aquí, ¿verdad? -pregunté.

– Terminé el mes pasado.

– ¿Te gustó?

Ella se encogió de hombros.

– Me alegro de irme -contestó.

El sol descargaba sus rayos contra el edificio y se me antojó una prisión. El instituto es como la cárcel. Yo tenía bastantes amigos en él y era vicepresidente del consejo de alumnos y co-capitán del equipo de tenis; sí, amigos no me faltaban, pero traté de escarbar en mis recuerdos recordando alguno íntimo y no lo había tenido: todos adolecían de la provisionalidad que marca esa época estudiantil. Mirando en retrospectiva, el instituto -la adolescencia, si se quiere- es en cierto modo como un largo combate en el que el único aliciente es sobrellevar las cosas, pasar el tiempo y salir de ello indemne. No fui feliz en el instituto y no estoy seguro de que uno tenga que serlo.

– Siento lo de tu madre -dijo Katy.

– Gracias.

Sacó una cajetilla del bolsillo de atrás, me ofreció un cigarrillo y yo le aparté la mano. La observé mientras lo encendía y me contuve para no sermonearla.

– Yo nací por accidente -dijo Katy mirando con denuedo hacia diversos sitios menos a mí-. Julie ya iba al instituto cuando yo nací; a mis padres les habían dicho que ya no podrían tener más hijos, pero… -Se encogió de hombros-. En fin, que no me esperaban.

– A diferencia de todos nosotros, que fuimos perfectamente planificados -comenté.

Se echó a reír y el sonido hizo eco en mi interior. Era la risa de Julie; incluso en la manera de apagarse.

– Perdona a mi padre -añadió-. Alucinó al verte.

– No habría debido acercarme a tu casa.

– ¿Por qué lo hiciste? -preguntó ella dando una gran calada y ladeando la cabeza.

Pensé una respuesta, pero contesté:

– No lo sé.

– Yo te vi en cuanto diste la vuelta a la esquina. Fue extraño, ¿sabes? Me acordé de cuando era niña y te veía llegar desde tu casa. Como sigo teniendo la misma habitación, fue como revivir el pasado. Me resultó muy extraño.

Miré a la derecha. La entrada estaba vacía, pero durante el curso se llenaba de coches con padres que esperaban a sus hijos. Quizá me falle la memoria sobre mi época escolar, pero recordé a mi madre que iba a recogerme en su viejo Volkswagen rojo. Aguardaba leyendo una revista hasta que sonaba el timbre y yo salía corriendo hacia el coche, y reviví el momento exacto en que ella, al verme, levantaba la cabeza y cuando llegaba a su lado me dirigía su sonrisa, aquella sonrisa de Sunny que traspasaba mi corazón, aquella sonrisa deslumbrante de cariño incondicional. En ese preciso instante comprendí, como si me dieran un mazazo, que nunca más alguien volvería a sonreírme así.

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