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Por siempre jamás [Gone for Good-es]

Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:

Will Klein tiene su héroe: su hermano mayor Ken. Una noche de calor agobiante aparece en el sótano de la casa de los Klein una joven, antiguo amor de Will, asesinada y violada.
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
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– ¿El abogado? -preguntó Cuadrados sorprendido.

– Abogado de la mafia -puntualizó Castman-. La detuvieron con mercancía y él la defendió.

– ¿Lenny Misler se encargó del caso de una buscona detenida con mercancía encima? -dijo Cuadrados frunciendo el ceño.

– ¿Ve lo que le digo? Salió sin cargos y yo comencé a olerme algo, ¿me entiende? Averigüé lo que se traía entre manos y recibí una visita de un par de matones de primera división que me dijeron que no me metiera. Yo no soy tonto. Hay bomboncitos de sobra que vienen a Nueva York.

– ¿Qué sucedió después?

– No volví a verla. Lo último que me dijeron de ella es que iba a la universidad. ¿Se imaginan?

– ¿Sabe a qué universidad?

– No. Yo no sé si sería verdad. Quizá fuese un rumor.

– ¿Sabe algo más?

– No.

– ¿Ningún otro rumor?

Castman movió los ojos de un modo bien elocuente en cuanto a su desesperación y sus ganas de retenernos, pero no tenía nada que añadir. Miré a Cuadrados, inclinó la cabeza para darme a entender que nos marchásemos, y lo seguí.

– ¡Esperen!

No hicimos caso.

– Por favor, tíos, se lo ruego. ¿No les he contado todo? Yo he colaborado y no pueden dejarme así.

Recreé en mi imaginación los días y noches interminables que pasaría en aquel cuarto, sin inmutarme.

– ¡Cabrones! -gritó-. Eh, oiga, usted, el enamorado. Lo que ha disfrutado usted son las sobras que yo dejé, ¿me oye? Recuerde que todo lo que le hace para que se corra se lo he enseñado yo. ¿Me oye? ¿Oye lo que le digo?

Enrojecí pero no volví la cabeza. Cuadrados abrió la puerta.

– Mierda. -Ahora la voz de Castman se oía más débil-. Un pasado como ése no se borra nunca, ¿sabe?

Dudé un instante.

– Ahora le parecerá agradable y limpia, pero no logrará nunca liberarse de lo que ha sido. ¿Me entiende?

Aunque traté de no prestar oído a sus palabras, las capté y resonaron en mi cerebro. Salí del cuarto y cerré la puerta. Tanya, que aguardaba en la penumbra, nos salió al paso hacia la puerta.

– ¿Van a denunciarlo? -preguntó con voz trémula-. Yo no le hago daño -fue todo lo que atinó a decir.

Cierto: nunca le ponía la mano encima.

Sin decir palabra nos apresuramos a salir de allí, casi zambulléndonos en el aire de la noche. Respiramos hondo como los buceadores que salen a la superficie por falta de aire, montamos en la furgoneta y nos largamos de allí.

10

Grand Island, Nebraska

Sheila quería morir a solas.

Curiosamente, el dolor disminuía y no sabía por qué. Sin embargo, no había luz ni apenas un instante fugaz de claridad. La muerte no era desconsoladora; no había ángeles en derredor ni antiguos familiares muertos que acudieran a cogerle la mano. Pensó en su abuela, aquella mujer que le había hecho sentirse distinta y que la llamaba «tesoro».

Sola en la oscuridad.

Abrió los ojos. ¿Soñaba ahora? No lo discernía. Antes había sufrido alucinaciones, cayendo a ratos en estado de inconsciencia. Recordó que al ver el rostro de Carly le suplicó que se fuese. ¿Había sido real? Probablemente no. Sería producto de su imaginación.

Al aumentar el dolor de aquel modo insoportable, la frontera entre el estado de vela y el letargo, entre la realidad y el sueño, se desvaneció. Comenzaba a abandonarse; era la única manera de soportar la agonía. Tratas de bloquear el dolor; no sirve de nada. Intentas fraccionarlo en intervalos soportables; tampoco sirve. Al final encuentras el único exutorio posible: el juicio.

Anulas tu juicio.

Pero ¿se abandona uno realmente si no se discierne lo que sucede?

Profundas cuestiones filosóficas, pero para los vivos. Al final, después de tantas esperanzas y sueños, después de tanto daño y reconstrucción, el fin de Sheila Rogers era morir joven y sufriendo a manos de otro.

Justicia poética, pensó.

Pues en ese momento, mientras sentía que algo la desgarraba y la arrastraba, se abría paso una luz terrible e inevitable. Era el momento en que se descorría la cortina y veía claramente la verdad.

Sheila Rogers quería morir sola.

Pero él estaba con ella en la habitación. Estaba segura. Notaba aquella mano afable sobre su frente, mas le daba frío. Al sentir que su fuerza vital la abandonaba le dirigió una última súplica:

– Vete, por favor.

11

Cuadrados y yo no hablamos sobre lo que habíamos visto ni llamamos a la policía. Me imaginé a Louis Castman encerrado en aquel cuarto totalmente incapacitado, sin nada para leer, sin televisión ni radio, nada que ver salvo aquellas viejas fotografías. De haber sido mejor persona puede que hasta me hubiera importado.

Pensé también en el hombre de Garden City que disparó sobre Louis Castman y luego se echó atrás, provocando con su rechazo en Tanya probablemente peores heridas que el proxeneta, y me pregunté si pensaría aún en ella o si seguía viviendo como si Tanya no hubiera existido. Pensé en si su rostro turbaría sus sueños.

Lo dudaba.

Pensé todo eso porque sentía curiosidad y horror, pero también porque de ese modo evitaba pensar en Sheila, lo que había sido y lo que Castman le había hecho. Me recordaba a mí mismo que era la víctima, raptada, violada y cosas peores, de las que ella no había tenido la culpa. Me negaba a verla desde otra perspectiva. Pero esta racionalización lúcida y evidente se me resistía.

Y me odiaba por ello.

Eran casi las cuatro de la mañana cuando la furgoneta paró delante de mi casa.

– Bueno, ¿qué piensas de todo esto? -pregunté.

Cuadrados se atusó la barba.

– Lo que dijo Castman al final de que ella nunca llegaría a liberarse. Tiene razón, ¿sabes?

– ¿Hablas por experiencia?

– Pues, en realidad, sí.

– ¿Y qué?

– Que imagino que algo de su pasado volvió a apoderarse de ella.

– Entonces seguimos la pista adecuada.

– Probablemente -respondió Cuadrados.

– Independientemente de lo que haya hecho -dije agarrando la manilla de la portezuela-, quizás uno no se libera de su pasado, pero tampoco te condena.

Cuadrados miró por la ventanilla. Aguardé. Siguió mirando fuera. Me bajé y él arrancó.

Me sorprendió ver que había un mensaje en el contestador. Miré la pantalla y vi que lo habían grabado a las 23:47, muy tarde. Pensé que sería de mi familia, pero no era así.

Apreté el botón de escucha y se oyó una voz de mujer que no conocía: «Hola, Will».

– Soy Katy. Katy Miller.

Me quedé de piedra.

– Cuánto tiempo, ¿no? Escucha…, perdona que llame tan tarde. Seguramente estarás acostado, no sé. Escucha, Will, ¿puedes llamarme en cuanto recibas el mensaje? No te preocupes por la hora. Es que tengo que decirte una cosa.

Dejaba su número de teléfono. Me quedé estupefacto, sin saber qué hacer. Era Katy Miller, la hermana pequeña de Julie; la última vez que la había visto tendría seis años… Sonreí recordando los tiempos en que ella se escondía detrás del baúl militar de su padre y de pronto salía en el momento más inoportuno…, ¡si apenas tendría cuatro años! Recordé cómo Julie y yo nos tapábamos con una manta sin tener tiempo de subirnos los pantalones, procurando no soltar la carcajada.

La pequeña Katy Miller.

Ahora tendría diecisiete o dieciocho años. Resultaba extraño pensar en ella; yo sabía bien la impresión que había causado en mi familia la muerte de su hermana, y me imaginaba lo que habría sido para sus padres, pero nunca me había parado a pensar en el impacto que el crimen habría causado en la pequeña Katy. Volví a recordar la época en que Julie y yo nos tapábamos con la manta entre risitas y recreé aquel sótano y el sofá en que estábamos. Habíamos estado retozando en el mismo en que había aparecido Julie muerta.

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