Por siempre jamás [Gone for Good-es]
- Автор: Кобен Харлан
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
– Está a punto de acabar una clase de respiración Pranayama -dijo.
Asentí.
Ella ladeó la cabeza como si se le hubiera ocurrido alguna cosa.
– ¿Tienes un segundo antes de irte? -preguntó tratando de quitarle importancia.
– Claro que sí.
Caminó con paso grave pasillo adelante -Wanda era demasiado armoniosa para caminar simplemente- y yo la seguí sin apartar los ojos de su cuello de cisne. Pasamos por delante de una fuente tan grande y ornamentada que me dieron ganas de echar una moneda; miré furtivamente a una de las aulas con alumnos en absoluto silencio, sólo se les oía respirar profundamente. Parecía un plato de cine: gente despampanante -yo no sé cómo Cuadrados se las arreglaba para encontrar tanta gente estupenda- apretujada en posición de combate, con gesto inexpresivo y piernas abiertas, brazos estirados y rodillas flexionadas en ángulo recto.
Entramos en el despacho que Wanda compartía con Cuadrados a la derecha del pasillo. Ella se sentó en una silla y cruzó las piernas en posición del loto. Yo me senté frente a ella de un modo más convencional aguardando a que hablase, pero vi que cerraba los ojos como tratando de relajarse.
Esperé.
– Que conste que yo no te he dicho nada -advirtió.
– Muy bien.
– Estoy embarazada.
– Vaya, enhorabuena -dije haciendo ademán de levantarme para darle un abrazo.
– A Cuadrados no le hace mucha gracia.
– ¿Qué quieres decir? -pregunté parándome en seco.
– Está que trina.
– ¿Qué?
– A ti no te lo había dicho, ¿verdad?
– No.
– A ti te lo cuenta todo y de esto hace una semana.
Comprendí.
– A lo mejor no me lo ha querido comentar por lo de mi madre -añadí.
– No me salgas con monsergas -replicó mirándome furiosa.
– Bueno, perdona.
Dejó de mirarme y adoptó su semblante imperturbable, que en aquel momento no lo era tanto.
– Yo esperaba darle una alegría.
– Y no se la diste.
– Yo creo que quiere… -parecía no dar con la palabra- que aborte.
Me quedé pasmado.
– ¿Te ha dicho eso?
– No me ha dicho nada, pero está haciendo noches extra con la camioneta y dando más clases.
– Te está evitando.
– Sí.
Se abrió la puerta sin ninguna llamada previa y Cuadrados asomó su cara sin afeitar. Dirigió una breve sonrisa a Wanda, que desvió la mirada, y me hizo a mí una señal con el pulgar hacia arriba diciendo:
– Vamos allá.
No hablamos hasta que estuvimos sentados en la furgoneta.
– Te lo ha contado -dijo Cuadrados.
No era una pregunta sino una afirmación, así que no me molesté en contestar sí o no.
– No vamos a hablar de ello -añadió metiendo la llave de contacto.
Era otra aseveración sin necesidad de réplica.
La furgoneta de Covenant House surca la noche directamente hacia sus entrañas. Muchos de nuestros chavales se acercan al albergue pero otros muchos los recogemos con la furgoneta. El trabajo social consiste en conectar con las entrañas sórdidas de la sociedad, localizar a los jóvenes huidos de casa, los golfillos, aquellos a quienes con frecuencia se denomina «desechables». Un crío que vive en la calle es en cierto modo -perdonen la analogía- un hierbajo: cuanto más tiempo permanece en ella, más difícil es de desenraizar.
Perdemos más de los que recuperamos y discúlpenme por la comparación anterior, que es una tontería, porque implica que limpiamos algo malo y conservamos algo bueno, cuando, de hecho, es lo contrario. Recurriré a otra: la calle es como un cáncer en el que la detección precoz y la prevención son las claves de la supervivencia a largo plazo.
No es que sea mucho mejor, pero se entiende lo esencial.
– Los federales se pasaron -dijo Cuadrados.
– ¿En qué?
– En los antecedentes de Sheila.
– Cuenta.
– Esas detenciones suyas son de hace mucho tiempo. ¿Quieres que te las explique?
– Sí.
Comenzamos a internarnos en la zona lóbrega. Los enclaves de prostitución son movibles y se localizan a veces cerca del túnel Lincoln o del Javits Center, pero últimamente la policía con sus medidas enérgicas ha extremado la limpieza, así que las partes se han desplazado hacia el sur, al barrio de envase de carne de la Calle 18 al extremo del West Side. Aquella noche, la prostitución estaba en su apogeo.
– Sheila podía haber sido una de éstas -dijo Cuadrados señalando con la cabeza.
– ¿Hacía la calle?
– Se escapó de su pueblo del Medio Oeste y cogió un autobús para ir a buscarse la vida.
Era un caso tan frecuente que no me extrañó, pero ahora no se trataba de una desconocida ni de una joven vagabunda en las últimas, sino de la mujer más increíble que yo había conocido.
– De eso hace mucho tiempo -añadió Cuadrados como si leyera mi pensamiento-. La detuvieron por primera vez cuando tenía dieciséis años.
– ¿Prostitución?
Asintió con la cabeza.
– Y tres veces más por lo mismo en el año y medio siguiente. Según la ficha trabajaba para un proxeneta llamado Louis Castman y la última vez que la detuvieron llevaba sesenta gramos de droga y una navaja. Quisieron imputarle tráfico y robo a mano armada, pero no prosperó.
Miré por la ventanilla. El cielo había cobrado un tono gris claro. Se ven tantas cosas malas en la calle que hay que trabajar con auténticas ganas para salvar algo. Sé que obtenemos buenos resultados y conseguimos cambiar el curso de algunas vidas; pero sé también lo que sucede aquí en la hormigueante sentina de la noche: nunca los abandona, porque el mal ya está hecho. Se puede intentar, buscar, insistir; pero el mal es irreversible.
– ¿Qué es lo que te da miedo? -pregunté.
– No hablemos de eso.
– Tú la quieres y ella te quiere.
– Y es negra.
Me volví hacia él y aguardé. Sé que no se refería a esa simple obviedad y que no hablaba así por racismo, pero ya digo que el mal es irreversible. Yo había notado la tensión entre ellos dos; no era en absoluto tan intensa como su cariño, pero se notaba.
– Tú la quieres -repetí.
Siguió conduciendo.
– Tal vez eso formara parte de la atracción inicial -añadí-. Pero ella ya no es tu redentora; ahora estás enamorado de ella.
– Will.
– ¿Qué?
– Basta.
Cuadrados giró de pronto a la derecha y los faros iluminaron a los niños de la noche. No se dispersaron como ratas sino que permanecieron mirando en silencio, sin parpadear apenas. Cuadrados entornó los ojos, localizó a su presa y frenó.
Bajamos sin decir nada; los jovencitos nos miraban con ojos agónicos y recordé a Fantine en Los miserables; me refiero a la versión musical porque no sé si la frase figura en la novela: «¿No saben que dan cariño a algo que ya está muerto?».
Había chicos y chicas, travestidos y transexuales. Pensé que ya había visto todas las perversiones y, aunque alguien me reproche ser sexista, diré que creo que nunca había visto una cliente mujer. No quiero decir que las mujeres no compren sexo; seguro que sí, pero no creo que salgan a la calle a buscarlo. Los clientes callejeros son siempre hombres, puteros que buscan una mujer pechugona o delgada, joven o vieja, normal o de perversión ilimitada que lo haga con hombres fuertes, con niños, con animales, cualquier cosa; algunos acuden acompañados de otra mujer, novia o esposa a quien arrastran a la refriega, pero todos los clientes que recurren a esas modalidades son hombres.