Por siempre jamás [Gone for Good-es]
- Автор: Кобен Харлан
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
– Sé quién es usted.
– ¿Nos conocemos?
– Eso da igual.
– ¿Dónde está? -preguntó él.
– Sólo hay esa habitación -respondió señalando desmayadamente con la mano-. No sé si ahora duerme.
Comenzábamos a acostumbrarnos a la escasa luz. Me acerqué a ella, no me rehuyó. Me acerqué más. Cuando levantó la cabeza, casi me quedé sin habla. Musité una excusa y retrocedí.
– No -dijo-, quiero que me vea.
Cruzó el cuarto y se detuvo delante de la lámpara frente a nosotros. A duras penas contuvimos un estremecimiento. Quien le hubiera hecho aquello lo había hecho a conciencia porque, aunque antes hubiese sido hermosa, parecía haber sido objeto de un verdadero programa de cirugía plástica adversa. Su nariz, tal vez antaño uniforme, estaba aplastada como una cucaracha debajo de una bota. El cutis, una vez suave, había sido cortado y desgarrado. La comisura de la boca estaba desfigurada y resultaba imposible saber dónde empezaba y dónde acababa. Su rostro era un trenzado de horribles cicatrices rojizas como el dibujo con rotulador de un niño de tres años. Tenía el ojo izquierdo desplazado y muerto en la cuenca, y nos miraba fijamente con el otro.
– Usted hacía antes la calle -dijo Cuadrados.
Ella asintió con la cabeza.
– ¿Cómo se llama?
– Tanya -contestó moviendo sus labios con evidente esfuerzo.
– ¿Quién le hizo eso?
– ¿Quién creen?
La respuesta era obvia.
– Está detrás de esa puerta -añadió ella-. Lo cuido. No le hago daño. ¿Entienden? No le pongo la mano encima.
Asentimos con la cabeza, aunque yo no sabía a qué se refería y creo que Cuadrados tampoco; nos acercamos a la puerta tras la cual no se oía nada. Quizá durmiera. Me daba igual, lo despertaríamos. Cuadrados puso la mano en el pomo volviéndose hacia mí; yo le hice una señal afirmativa y abrió la puerta.
Allí sí había luz, y deslumbrante. Al tiempo que me protegía los ojos, oí como un pitido y vi una especie de aparato médico junto a la cama. Pero no fue nada de eso lo que primero llamó mi atención.
Las paredes.
Era lo que de inmediato atraía la mirada: estaban recubiertas de corcho (en ciertos lugares se veía el color marrón), pero lo curioso era la cantidad de fotos que las cubrían. Centenares de fotos, algunas en ampliación de tamaño cartel, otras en formato corriente de ocho por doce y la mayoría en un tamaño intermedio; todas ellas sujetas con chinchetas.
Y todas, retratos de Tanya.
Al menos, es lo que me imaginé. Eran de antes de que la hubieran desfigurado. No me había equivocado: Tanya había sido muy guapa. Las fotos, casi todas en poses, como destinadas a una carpeta de modelo, eran contundentes. Alcé la vista al techo y vi que lo recubrían igualmente fotografías a la manera de un horrible fresco.
– Ayúdenme, por favor.
La vocecilla procedía de la cama. Cuadrados y yo nos acercamos a ella. Tanya entró en el cuarto carraspeando. Nos volvimos y observamos que a la luz hiriente sus cicatrices parecían más recientes y resaltaban en su rostro como gusanos en movimiento. Su nariz, más que aplastada, era deforme como un pegote de barro. Las viejas fotografías parecían exhalar un resplandor arremolinándose en torno a su figura como un halo perverso del antes en contraste con el después.
El hombre postrado en la cama lanzó un gemido.
Aguardamos y Tanya dirigió sucesivamente su ojo sano hacia mí y Cuadrados; un ojo conminándonos a recordar, a grabar en nuestro cerebro aquella imagen de lo que ella era antes y lo que él le había hecho.
– Una navaja de afeitar -dijo-. Roñosa. Le llevó más de una hora. Y no cortó sólo mi cara.
Sin decir nada más, salió del cuarto y cerró la puerta tras ella.
Estuvimos un rato sin decir nada. Por fin Cuadrados preguntó:
– ¿Es usted Louis Castman?
– ¿Son polis?
– ¿Es usted Castman?
– Sí y yo lo hice. Dios, soy culpable de lo que quieran que confiese, pero sáquenme de aquí, por amor de Dios.
– No somos de la policía -dijo Cuadrados.
Castman yacía boca arriba con una especie de tubo conectado al pecho. El aparato no cesaba de emitir pitidos a la par que un instrumento subía y bajaba como un acordeón. Era un hombre de raza blanca, recién afeitado y limpio, y tenía el pelo cuidado; la cama contaba con palancas de control y en un rincón había una cuña y un lavabo. Aparte de eso, no había nada más en el cuarto. No había cómoda, ni televisor, ni radio, reloj, libros, periódicos o revistas, y la ventana tenía la persiana bajada.
Sentí un malestar en el estómago.
– ¿Qué le pasa? -pregunté.
La mirada de Castman, sólo la mirada, se dirigió hacia mí.
– Estoy paralítico -contestó-. Un jodido tetrapléjico a partir del cuello. No siento nada. -Hizo una pausa y cerró los ojos-. Nada.
Yo no sabía por dónde empezar y, al parecer, Cuadrados tampoco.
– Por favor -añadió Castman-, tienen que sacarme de aquí. Antes de…
– ¿Antes de qué?
Volvió a cerrar y abrir los ojos.
– Me dispararon hará tres o cuatro años; ya ni me acuerdo. No sé en qué día, en qué mes ni en qué año vivimos. Mantiene siempre la luz encendida y no sé si es de día o de noche. No sé ni quién es el presidente. -Tragó saliva con esfuerzo-. Está loca, tío. Grito pidiendo ayuda pero es inútil. La habitación está forrada de corcho. Me paso todo el día aquí acostado, mirando las paredes.
No me salían las palabras pero Cuadrados ni se inmutaba.
– No hemos venido a que nos cuente su vida -dijo-. Queremos que nos hable de una de sus chicas.
– Se equivocan de tío -replicó-. Hace tiempo que no trabajo las calles.
– Da lo mismo. También ella hace tiempo que no hace la calle.
– ¿De quién se trata?
– De Sheila Rogers.
– Ah -exclamó Castman sonriéndome-. ¿Qué quieren saber?
– Todo.
– ¿Y si me niego a contarlo?
– Vámonos -dijo Cuadrados tocándome en el hombro.
– ¡Eh! -replicó Castman con voz de pánico.
– Si no quiere colaborar, señor Castman -añadió Cuadrados mirándolo-, está bien, no lo molestamos más.
– ¡Esperen! -gritó-. De acuerdo. Escuchen, ¿saben cuántas visitas he tenido desde que estoy así?
– Me tiene sin cuidado -replicó Cuadrados.
– Seis. Seis en total. Y la última fue hace…; no sé, más de un año. Y fueron siempre de chicas mías que vinieron a reírse de mí. A ver cómo me cago encima. Pero ¿saben lo peor? Ansiaba esas visitas. Cualquier cosa por romper la monotonía, ¿me comprenden?
– Sheila Rogers -insistió Cuadrados impaciente.
Cuando Castman fue a hablar surgió en su boca una burbuja y el tubo emitió un gorgojeo acuoso, por lo que tuvo que cerrarla para intentar hablar de nuevo.
– Dios, trato de recordar cuándo la conocí y debe de hacer diez o quince años. Yo trabajaba la terminal de la Autoridad Portuaria. Ella llegó en un autobús de Iowa o Idaho, o algún lugar de mierda de ésos.
Yo sabía perfectamente lo que era trabajar la terminal de la Autoridad Portuaria. Allí los proxenetas aguardan a que lleguen los autobuses de diversas procedencias con jovencitas; las desesperadas, las fugitivas, la carne fresca que acude a la Gran Manzana con la ilusión de hacerse modelo, actriz o iniciar una nueva vida, o aquellas que se marchan de casa hartas de malos tratos. Los proxenetas esperan al acecho como aves de presa. Y después se lanzan sobre ellas, las derriban y las decoran hasta sus huesos.
– Yo tenía buena labia -dijo Castman-. En primer lugar, soy blanco. La carne del Medio Oeste es casi toda blanca y recela de los bocazas achulados. Pero yo era distinto: vestía un buen traje, iba con cartera de hombre de negocios y tenía un poco más de paciencia. Bueno, aquel día aguardaba delante de la puerta 127. Era mi preferida, desde ella se dominan seis andenes de llegada. Sheila bajó del autobús y, joder, estaba buenísima. Unos dieciséis años de lo mejor y, además, virgen; aunque eso lo supe después.