Por siempre jamás [Gone for Good-es]
- Автор: Кобен Харлан
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
Todo aquello era demasiado, pensé: estar en aquel lugar, después de la remembranza visual de Julie en la persona de Katy, más todos los viejos recuerdos. Era demasiado.
– ¿Tienes hambre? -pregunté.
– Ah, pues sí.
Ella había venido en un viejo Honda Civic. En el retrovisor había muchos colgantes. El coche olía a chicle y champú de frutas. No conocía la música a todo volumen que brotaba de los altavoces, pero me daba igual.
Fuimos a un restaurante típico de Nueva Jersey en la Autopista i o, sin hablar por el camino. Detrás del mostrador había fotografías firmadas de presentadores locales de televisión y cada compartimiento con su mesa, una mini máquina de discos y una carta casi más larga que una novela de Tom Clancy.
Un barbudo que apestaba a desodorante nos preguntó cuántos éramos. Le dije que dos y Katy añadió que nos diera mesa para fumadores. Yo ignoraba que todavía hubiese zonas de fumadores, pero se ve que los grandes restaurantes vuelven a los viejos tiempos. Nada más sentarnos, Katy se arrimó un cenicero casi como quien se arma de un escudo.
– Después de verte rondar por la casa fui al cementerio -dijo.
Un camarero nos llenó los vasos de agua. Ella aspiró el humo, se arrellanó y lo expulsó.
– Hacía años que no iba, pero al verte…, no sé, me sentí en la obligación.
Seguía sin mirarme a los ojos. Es algo que sucede a menudo con nuestros jóvenes en el centro de acogida: no te miran a los ojos; yo no les digo nada porque sé que lo hacen instintivamente, aunque yo sí procuro mirarlos a la cara, pero he aprendido, desde luego, que se atribuye excesiva importancia a eso de mirar a los ojos.
– Mis recuerdos de Julie son muy vagos. Veo sus fotos y no sé si lo que recuerdo es real o invención mía. Me acuerdo, por ejemplo, de cuando íbamos a Great Adventure a tomar té pero miro la foto y ya no sé si es que lo recuerdo o es la simple imagen de la foto lo que recuerdo. ¿Me comprendes?
– Sí, creo que sí.
– Bueno, pues al verte rondar por la casa tuve el impulso de salir. Mi padre estaba que se subía por las paredes, mi madre lloraba y tuve que salir.
– Yo no pretendía molestar a nadie -dije.
Ella rechazó mi disculpa con un gesto evasivo de la mano.
– No pasa nada. En cierto modo les viene bien. Siempre pasamos de puntillas sobre el asunto, ¿sabes? Es un poco siniestro y a veces pienso… que me gustaría gritarles: «¡Está muerta!». ¿Quieres que te confiese una cosa muy rara? -añadió inclinándose sobre la mesa.
Hice un gesto para animarla a continuar.
– El sótano sigue igual que entonces, con aquel sofá, el televisor y la alfombra raída y el mismo viejo baúl que a mí me servía de escondite. Todo sigue allí. Nadie lo toca; no se ha cambiado. Y eso que tenemos allí mismo el lavadero y hay que cruzar por delante para llegar a él. ¿Te das cuenta? Así vivimos. Bajamos la escalera de puntillas, como si pisáramos una capa de hielo que pudiera romperse y nos precipitara al sótano.
Se detuvo y aspiró el cigarrillo como si fuese un tubo de oxígeno. Yo me recliné en el asiento. Como ya he dicho, nunca había pensado en Katy Miller ni en la impresión que el asesinato de su hermana habría podido causar en ella. En sus padres sí había pensado, desde luego. Reflexionaba sobre su devastación moral y me preguntaba a veces por qué se habrían quedado en aquella casa, aunque tampoco entendía por qué mis propios padres no se habían mudado. Antes mencioné la relación entre comodidad y pena autoinfligida, ese deseo de aguantar porque sufrir es preferible a olvidar. Que permanecieran en aquella casa es un ejemplo palpable de ello.
Pero no había reflexionado sobre Katy Miller ni sobre lo que habría representado para ella crecer entre aquellos despojos en torno a los que rondaba constantemente una especie de fantasma de la hermana. Volví a mirarla como si la viera por primera vez y comprobé que sus ojos seguían divagando de un sitio a otro como pájaros asustados y que ahora los tenía bañados en lágrimas. Estiré el brazo y le cogí la mano: era tan parecida a la de su hermana que el pasado se me vino encima tan brutalmente que estuve a punto de caerme.
– Es muy extraño -dijo.
– A mí también me lo parece -añadí, pensando en cuánta razón tenía.
– Esto tiene que acabar, Will. Toda mi vida…, ocurriese lo que ocurriese aquella noche, esto tiene que acabar. A veces oigo en la televisión, cuando capturan al asesino: «No por eso va a resucitar la víctima», y pienso que es verdad. Pero ése no es el tema. Termina. Cogen al tío, se le da un final. La gente lo necesita.
No tenía ni idea de adonde quería ir a parar. Intenté pensar que estaba delante de una de las jóvenes que acudían al centro de acogida en busca de ayuda y cariño. Permanecí inmóvil mirándola para que viese que escuchaba lo que tuviera que decirme.
– No sabes cuánto he odiado a tu hermano…, no sólo por lo que le hizo a Julie, sino por lo que representó para nosotros su huida. Recé para que lo cogieran. Soñaba que lo rodeaba la policía, que se entablaba un tiroteo y lo mataban. Ya sé que no te gustará oír esto, pero quiero que me comprendas.
– Tú querías un final.
– Sí, pero…
– Pero ¿qué?
Alzó la vista por primera vez y nos miramos a los ojos. Volví a sentir un escalofrío y quise retirar mi mano, pero estaba paralizado.
– Lo he visto -dijo.
Pensé que había oído mal.
– He visto a tu hermano. Creo que era él.
Tardé en poder preguntar:
– ¿Cuándo?
– Ayer, en el cementerio.
Llegó la camarera, se quitó el bolígrafo de la oreja y preguntó qué tomábamos. Durante un momento, ninguno contestó. La mujer carraspeó. Katy pidió una ensalada, la camarera miró hacia mí y yo pedí una tortilla de queso; me preguntó qué clase de queso -americano, suizo o cheddar- y dije que cheddar. Añadió si quería patatas fritas normales o francesas, y contesté que normales; especificó qué clase de tostadas: de centeno, de trigo o de trigo candeal, y contesté que de centeno y nada para beber. Gracias.
Al fin se fue.
– Continúa -dije.
Katy apagó el cigarrillo.
– Pues, como te decía, fui al cementerio por salir de casa. Tú sabes dónde está enterrada Julie, ¿no?
Asentí con la cabeza.
– Ah, sí; te vi un par de días después del entierro.
– Sí -dije.
– ¿Tú la querías? -preguntó inclinándose sobre la mesa.
– No lo sé.
– Pero te partió el corazón.
– Puede ser, pero de eso hace mucho tiempo -repliqué.
Katy se miró las manos.
– Cuéntame qué sucedió -dije.
– Tu hermano estaba muy cambiado. Yo no me acuerdo mucho de él. Un poco. Y he visto fotos -y se detuvo.
– Pero ¿estaba allí junto a la tumba?
– Al lado de un sauce.
– ¿Qué?
– A unos treinta metros de la tumba hay un sauce. No entré al cementerio por la puerta. Salté una valla, él no me vio llegar. Vi a un tío de espaldas, debajo del sauce, mirando la tumba de Julie. No me oyó, estaba absorto. Le toqué en el hombro y dio un salto al verme… Bueno, ya sabes a quién me parezco. Casi gritó. Creía que estaba viendo a un fantasma.
– ¿Tú estabas segura de que era Ken?
– No, segura no. ¿Cómo iba a estarlo? -Cogió otro cigarrillo y añadió-: Sí, sí; era él.
– ¿Por qué estás tan segura?
– Porque me dijo que era inocente.
La cabeza me dio vueltas y mis manos se desplazaron de la mesa para agarrar el cojín. Finalmente pude hablar, no sin esfuerzo:
– ¿Qué te dijo exactamente?
– Al principio, sólo eso: «Yo no maté a tu hermana».