Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El hospital de los dormidos
El hospital de los dormidos - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El hospital de los dormidos

Электронная книга - «El hospital de los dormidos». Краткое содержание книги:

El hospital de los dormidos es otra novela policiaca de García Pavón. Tipo de novela con escasos antecedentes en nuestro país, que él supo españolizar en el mejor de los sentidos y de manera personalísima, entre otras muchas características, con los dos protagonistas, ya populares: Plinio. jefe de la G.M.T. (Guardia Municipal de Tomelloso), y su colaborador y viejo amigo, el albéitar don Linaria.El caso de El hospital de los dormidos es originalísimo, gracioso, y está tratado con tal habilidad, que mantiene al lector en permanente suspensión y sonrisa -cuando no carcajada- hasta el final, totalmente imprevisible. En ello colaboran: la plasticidad de su lenguaje, la sorna de su realismo, el trazado de los tipos y la prosa tan sorpresiva del autor, que hasta refleja la sociedad de su pueblo, sin el menor parcialismo.
1 ... 16 17 18 19 20 21 22 23 24 ... 37
Перейти на страницу:

Todos, malteniéndose sobre la escombrera que cubría todo el suelo y parte del armario, miraban a la cama de matrimonio donde debía dormir elTachuelas. Se veía la punta de un pie entre la sábana cubierta de cachos de techo muy gordos, color azul claro.

– Al pobre se le hundió el techo encima -dijo la del culillo, mirando al agujero que había en el techo por donde se veían las vigas de aire del camarón.

– A lo mejor, de un ronquío -añadió La Cidoncha, con cara de lista y señalando como comediante.

Plinio, sin decir palabra, comenzó a quitarle escombros de sobre la cabeza.

– Está bien cubierto, pero que muy bien.

Todos ayudaban.

La Cidoncha encogía las narices:

– ¡Cómo huele!

Apareció más blanco todavía el pelo delTachuelas, por el yeso que lo cubría… y algo que sobrecogió a todos: en la boca entreabierta, entre los malos y escasos dientes del pobre, como si le hubiera sido completamente imposible tragárselo, tenía encajado un escombro triangular con pajillas que entresalían del yeso.

Aparte de tener así la boca tan abierta, el gesto del muerto parecía sin susto, tranquilo.

– Lo que yo le decía, Manuel, en el mismo momento del ronquido le cayó el terrón en la boca tan abierta, que no pudo con él.

Plinio no pudo evitar un amago de risa.

Todos miraban extasiados.

– El pobre -dijo la fina, desenterrándole la barba- tiene la barbeja más blanca todavía por tanto yeso viejo.

– Y qué bien apretados tiene los ojos.

– Los ojos son más rápidos que la boca.

– A lo mejor es que cuando se está en el momento más bovedoso del ronquido no se puede cerrar la boca aunque le caiga a uno un rayo.

– Pobre, fijaos -dijoPlinio-, estaba el techo muy viejo y con sus ruidos tan seguidos de todas las noches se lo cargó… Y venga, vamos a trabajar que estamos de muerto.

Y empezaron todos a quitarle escombros de sobre el cuerpo tieso, duro y frío.

– Y vamos rápidos, no vaya a caérsenos el poco techo que queda encima.

Todos miraron hacia arriba, a las vigas y carrizos de aquella albañilería arcaica.

Plinio de pronto pensó en don Lotario, junto a las aguas del mar y aquella hora, seguro que tomando una cervecilla fresca, mientras él, allí, junto a aquel tomellosero primero de su historia que se mató de un ronquido, según parecía.

Capítulo IV

Tras los reflejos de la bandolina

Como don Lotario continuaba en Alicante con la familia, seguro que aburrido de ver el mismo meneo de mar todos los días y sin tener que hablar de cosas «entrañables», como dicen los políticos -menos mal que volvía el domingo-, Plinio, con sus pasos lentorros y sin ganas especiales de nada más que del café y los churros, se fue a la buñolería de la Rocío a poner el codo sobre el mostrador y a esperar que le hablase del artículo 151, y de la autonomía de su Andalucía, de la que faltaba casi toda su vida.

Como ya habían pasado las ferias y marcharon los forasteros y emigrantes, la churrería quedó con la parroquia habitual del pueblo y de la hora. La Rocío había empapelado las paredes con un papel rosa acrílico que daba dentera y, sin venir a cuento por el color y la grasa del lugar, había colgado un retrato del rey don Juan Carlos, que como molesto por tanto humo de aceite churrero, aunque con mucho disimulo, parecía encoger un poquito la nariz de Borbón joven.

Y es que a la Rocío, aburrida de todo por tantos años y repeticiones, le había dado ahora por la politica, que nunca fue cosa de su faldriquera, y a cada paso sacaba el tema del Rey, de Suárez, de la Reina, «esa señora que aguanta más que nadie»; y hasta de «Manolito Fraga, el de los arrechuchos», como ella lo llamaba.

Como siempre, la Rocío simuló no ver a Plinio y cuando pasaba cinco minutos con el codo tirante, le puso el café con leche, los buñuelos aceitosos, humeantes, y al lado un Lanza, el diario de la provincia, muy bien doblado; y se volvió junto a la rosca, sin chorrear el menor hilo de risa, ni palabra.

Plinio apartó suavemente el periódico y empezó a buñuelear (que don Lotario churreteaba, a la hora del desayuno, se entiende, y Plinio buñuleaba en la misma ingestión).

La Rocío miró varias veces desde lejos, y como vio que ni se molestaba en hojear el Lanza , sin poder contenerse soltó navaja y buñuelos, se le acercó, abrió el diario por donde ponía «Provincia», luego lo dobló y le señaló con el dedo aceitoso un recuadro que decía: «Largas y reídas siestas en varios pueblos de la provincia.»

Como Plinio sin gafas no atinaba a leer letras, por grandes que fueran, les echó un ojeo inútil y, con sus calmas chichas, continuó el desayuno.

La Rocío, nerviosa, culeaba, manoteaba y le echaba ojos, pero sabía que el Jefe hasta que no acabase su desayuno, se sacudiese la guerrera y reliara el «caldo» no había nada que hacer.

Cuando concluyó todo esto y algo más: mirar al reloj, calarse las gafas, arrinconarse bien sujeto el cigarro en el vértice derecho de los labios (conforme se mira a la boca), tomó entre manos el diario Lanza y empezó a leer el recuadro de «las siestas», que decía así: «Desde hace algunos días, en varios pueblos de la provincia -Almagro, Alcázar, Socuéllamos, Campo de Criptana, Argamasilla de Alba y sobre todo en Tomelloso-, que sepamos hasta ahora, con frecuencia aparecen tumbados en el campo, en calles poco concurridas y hasta sobre remolques, señores ya mayores, de los cincuenta a los setenta años, completamente dormidos, incluso gustosamente dormidos -porque algunos, según nuestros corresponsales, se sonríen-, bien arreglados y vestidos, y que en tan cómoda situación permanecen hasta cinco o seis horas sin que luego, cuando consiguen despertarse, sepan o digan el motivo de tal privación, pues sólo de ello se trata, ya que no se ha podido apreciar en ellos ninguna anormalidad patológica, ni nada anormal en el contorno, que aclare la causa de su larga y risueña siesta.

Parece que es en Tomelloso donde hasta ahora se han dado más casos y los de allí, con su buen humor manchego, sobre las posibles causas de tan lindos sueños, dicen que se debe a una droga llamada "sexta", inventada en El Toboso; o a la eficacia somnífera de los últimos seriales de la televisión… Esperamos que nuestro Manuel González, Plinio, el mejor policía de toda La Mancha, sepa descubrir el somnífero, que suministrado con no sabemos qué bebida o companaje, proporciona tan públicas siestas a nuestros adultos y silenciosos paisanos…»

Plinio, con meneo de boca entre irónico y escéptico, cortó el cuarto de hoja del periódico y se lo metió en el bolsillo de arriba de la guerrera (el de la izquierda según se mira).

– ¿Sabía usted, Manuel, que también en otros pueblos aparecían dormidos?

– No. ¿Y tú sabías algo de los dormidos antes de leer este periódico?

– Algo había oído, pero casi como chiste y no hice caso.

– Como de chiste es.

– Lo verdaderamente raro es adivinar qué hacían los dormidos cuando les llegó el sueño.

– Y a lo mejor no lo saben.

– O que están experimentando alguna prueba científica con ellos.

– ¡Ay, qué Rocío ésta! Una prueba científica con ellos y los dejan tirados en la calle… Y además sin pedirles permiso para la prueba.

– Pues nada, Manuel, ya tiene usted más señas para buscar al malhechor.

– ¿Malhechor el que nos hace dormir cinco o seis horas tranquilamente, aunque sea tumbados en una reguera?

– Bueno, usted me entiende.

– Lo nuestro es apresar a los hacedores de mal- hechuras, pero a los que hacen roncar y reír, ¿para qué?

1 ... 16 17 18 19 20 21 22 23 24 ... 37
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)