Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El hospital de los dormidos
El hospital de los dormidos - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El hospital de los dormidos

Электронная книга - «El hospital de los dormidos». Краткое содержание книги:

El hospital de los dormidos es otra novela policiaca de García Pavón. Tipo de novela con escasos antecedentes en nuestro país, que él supo españolizar en el mejor de los sentidos y de manera personalísima, entre otras muchas características, con los dos protagonistas, ya populares: Plinio. jefe de la G.M.T. (Guardia Municipal de Tomelloso), y su colaborador y viejo amigo, el albéitar don Linaria.El caso de El hospital de los dormidos es originalísimo, gracioso, y está tratado con tal habilidad, que mantiene al lector en permanente suspensión y sonrisa -cuando no carcajada- hasta el final, totalmente imprevisible. En ello colaboran: la plasticidad de su lenguaje, la sorna de su realismo, el trazado de los tipos y la prosa tan sorpresiva del autor, que hasta refleja la sociedad de su pueblo, sin el menor parcialismo.
1 ... 13 14 15 16 17 18 19 20 21 ... 37
Перейти на страницу:

– ¡Ay, señor! -dijo una-, que esto me huele a maricas y porculancias, que a mi hombre nunca lo veía tan repeinado y pegajoso.

– Vaya usted a saber. Si los habrán violado por salva sea la parte… Y tu padre se ríe un poco -dijo la baja a la joven que estaba junto a ella- ¿Es que nos habrá oído?

– No, se ríen de vez en cuando, aunque no oigan a nadie -dijo don Lotario-. Y le dan besos muy amorosos a los respaldos.

Las cuatro de Villarrobledo miraron muy fijas al veterinario.

– ¿A quién le dan los besos?

– A los respaldos de los sofás, no vaya usted a pensar en inmoralidades.

– ¿A estos respaldos de plástico negro?

– Sí.

Se quedaron tan contritas, que otra vez pedaleó la enfermera.

– ¿Cómo mi marido va a besuquear a un plástico? -dijo la bajita-, si fuera una plástica, todavía…

– Nunca se sabe -dijo la gorda con música silenciosa- a lo que es capaz de llegar un marido.

– Eso. Será el mío. Y el tuyo, trisagios.

– Venga, madre.

Federico se encogió de hombros y volvió a su laboratorio. Al contado entró un vejete con un frasco grandísimo de orina.

Al tomarlo la auxiliar, don Lotario le hizo un gesto alzando la barbilla, y ella, con el frasco entre manos y los ojos cerrados, le dio muchas vueltas locas a la cabeza, que era lo que hacía cuando no podía pedalear.

– ¡Ay, mi Julián, mi Julián! Si ya despierta.

Y todos los ojos se fueron hacia Julián, el de las piernas gordas. Y todos los labios quedaron quietos, incluso los de la enfermera, abrazada al frascazo de orines, que el viejo contemplaba con miedo.

Plinio miró de reojo.

Julián parpadeaba muy serio. Sin risas ni besetes como antes.

Julián dejó de parpadear y quedó con los ojos bien abiertos, pero se notaba que todavía no estaba del todo consciente.

Federico, sin decir nada, tomó el frasco de amoniaco que estaba sobre la mesilla de la auxiliar y se lo acercó a las narices, muy bien apretado, al pernigordo, que reaccionó con gesto de desprecio.

Y empezó a mirar a unos y a otros, luego a sí mismo, y al dormido con el traje de rayas, como no sabiendo dónde estaba.

– ¿Pero qué pasa? -dijo al fin con voz desentonada.

– No sé, Julián. Eso esperamos que nos lo expliques tú.

De pronto se tocó el pecho, el pecho de la chaqueta.

– ¡Mi cartera!

– No se preocupe -le dijoPlinio con mucho compás-, la tengo yo aquí. Tómela.

El hombre le echó mano, sin quitarle los ojos al guardia y como preguntándose en sus honduras.

– ¿Qué os ha pasado, Julián? -volvió la mujer bajita.

– De verdad que no lo sé. ¿De dónde nos han traído aquí?

– Alguien, en la carretera de Cinco Casas, os descargó de un coche y os echó en un remolque.

Julián se miró el polvo que le quedaba en varias partes del traje.

– ¿A qué vinisteis a Tomelloso los dos juntos? -volvió su esposa.

– No vinimos juntos… Yo acabo de saber ahora mismo que éste, Mateo, estaba en Tomelloso.

– ¡Anda con Dios! -saltó la otra esposa.

– Yo, como te dije, con miras a la vendimia, vine a unas cosas de la Cooperativa, solo, en mi coche.

– Lo mismo me dijo a mí Mateo -dijo la otra con los ojos entornados-, y también vino en nuestro coche.

– ¿Y dónde está mi coche? -preguntó al oírlo Julián, al policía.

– ¡Ah! Ni idea. ¿Entonces usted fue a la Cooperativa a sus cosas?

– Sí…

– ¿Sí o síííííííí?

Sí. Lo que pasa es que no estaba el que yo buscaba, y marché en seguida para volver esta tarde.

– Ya. ¿Y qué hizo mientras?

– Pues comí en elBar Alhambra, tomé café y, luego, para hacer hora, me eché un poco la siesta en el coche, que lo tenía aparcado en una calle de al lado, que no sé cómo se llama.

– ¿Y luego? -preguntó su mujer.

– Pues ya ves -dijo él mirando al suelo.

Plinio, Federico y don Lotario se ojearon.

– Póngale usted también el frasco a mi padre en las narices -dijo la otra chica, hija del dormido del traje a rayas, a Federico.

– Ya se está despertando también. Pero parece que el amoniaco acelera un poco. Se lo aplico.

– Y destapando el frasquillo se lo acercó a las narices.

El hombre debió notar como picor y empuñándose

las narices empezó a moverlas y, en seguida, se le puso el gesto más vivo.

Pasados unos segundos, el hombre bostezó, como si se desperezase, se rascó en varios rincones. La auxiliar, meneando los pies sonreía.

Y por fin abrió los ojos del todo y quedó mirando al médico, sólo a él.

– ¿Tú eres hijo de don Luis Martínez Acebal, el boticario de mi pueblo?

– Sí… Boticario de aquí.

– Cuánto me alegro de verte. ¿Y en qué puedo servirte?

– A mí en nada. Yo soy el que quiere ayudarte a ti.

Volvió la cabeza rápido.

– ¡Atiza, un guardia!… Y la familia… ¿Y estos paisanos?

Y se sonreía, como ante la cosa más natural.

– ¿Pues qué pasa? ¿Dónde estoy?

– En Tomelloso.

– Ah, sí, jefe. Ahora recuerdo que vine una mañana. ¿Ésta?

– Sí. ¿Y dónde fue primero?

– ¿Es que he hecho algo malo?

– ¿Por qué?

– Como me pregunta usted, un guardia…

– Es que queremos ayudarles. Saber qué les ha pasado.

– ¿A éste…, a Julián también?

– También.

– Pues lo veo ahora por primera vez desde hace tres o cuatro días. Yo vine a la Cooperativa y he estado allí lo menos una hora hablando de un vino.

– Y yo también.

– Pues no te vi.

– No estaba el que buscaba…

– ¿Y allí os echaron el fijador en el pelo a los dos? -dijo la esposa bajita con los puños en la cadera.

El hombre se tocó los pelos mientras miraba los del amigo. Hizo un gesto de extrañeza.

– ¿Y después de la Cooperativa que hizo usted? -siguióPlinio sin reparar en lo de la gomina.

– Comí con dos de la Cooperativa en un restaurante muy majo que se llamaEl Molino y que está cerca de Argamasilla.

– ¿Y después?

– Después los traje al pueblo, tomamos café en el Casino de Tomelloso y, como estaba muy amodorrado, antes de coger el volante para irme a Villarrobledo me metí en el coche a dar unas cabezadillas.

– ¿Y después?

– Y después -dijo encogiendo los hombros de manera muy artificiosa- hasta ahora.

– ¿Qué misterio tendrán en este pueblo las siestas en los coches? -dijo una de las mozas.

Y todos dieron un avance de sonrisa, menos la enfermera, que soltó un gritillo y pedaleó muchísimo.

– ¡Niña! -le gritó Federico.

– … Pues os echasteis la siesta cada cual en su coche -dijo la bajita- pero aparecisteis juntos, acostados en un remolque… bastante sucio por cierto, con los pelos engominados a lo marica y sin saber dónde tenéis los coches.

– Si les parece, decidme las marcas y matrículas de sus coches para que los busquemos -les preguntóPlinio sacando el lápiz.

Ambos, de manera muy paralela, volvieron a tocarse el pelo y quedaron como pensando lo mismo.

– Seat 127 Madrid…, amarillo -dijo uno de los mozos.

– Y Renault 7, Albacete…, verde claro -coreó el otro.

– Entonces os quedasteis dormidos en vuestros coches respectivos y no os habéis despertado… hasta que en mi laboratorio…

– Eso…

– Claro…

Malcontestaron los dos rascándose las narices por los efectos del amoniaco.

– Eso no se lo cree ni el Papa, que parece que se lo cree todo -saltó la esposa alta por primera vez, con la cara durísima y los ojos espejos.

– Pues yo te juro, por lo más sagrado, Rosario, que desde hace días, que me lo encontré en el pueblo, no he visto a éste.

1 ... 13 14 15 16 17 18 19 20 21 ... 37
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)