El hospital de los dormidos
- Автор: Павон Франсіско Гарсія
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El hospital de los dormidos». Краткое содержание книги:
Maleza llegó corriendillo y se abrió paso:
– Con permiso, jefe.
– ¿Qué pasa?
– Que Rivas, el taxista, acaba de contarme que ayer, cuando iba a Manzanares, se encontró tumbado en una cuneta a otro dormido y que lo dejó en Argamasilla porque de Argamasilla era, él lo conocía.
– ¿Y se reía también?
– Sí, que se medio reía y suspiraba mucho.
– ¿No pudo sacarle algo?
– No, lo dejó en su casa y siguió hacia Manzanares.
– No entiendo nada, Maleza.
– Ni nadie, jefe, no se preocupe.
– Ya hablaré yo con Rivas. Dale las gracias.
– Dentro de nada se me llena esto -dijo Federico moviendo la cabeza.
– No se preocupe usted, como tenemos la dirección llamaré por teléfono a las familias para que vengan por ellos, o me los llevo al Ayuntamiento, como quedamos -dijoPlinio.
– Muy bien, puede usted utilizar ese teléfono.
– ¿Y a ti, Federico, que tienes tanta familia en Villarrobledo, no te dicen nada estas caras?
– Yo voy muy poco a Villarrobledo, y cada día conozco menos gentes. Sobre todo a éstos, que ya son más jóvenes que uno… Como casi todo el mundo.
– Podéis volver al Ayuntamiento -dijoPlinio a los guardias-. Yo voy al teléfono a ver si localizo a sus familias. -Y salió rápido.
– Yo también doy por agotada mi sabiduría y marcho -dijo Menchen-. ¡Eh, eh!, qué cara de regusto que pone éste. ¿Pero qué verán estos tíos? A ver si es que han puesto por ahí una lechería de Dios sabe qué.
– Ya no ponen lecherías. Sólo discotecas.
– Pero éstos, don Lotario, no tienen ya pinta de discotecos.
De pronto, el del traje a rayas, se puso un poco de costado sobre el respaldo de la silla y empezó a darle besetes a la tapicería de plástico.
– Atiza, manco, ¿con quién estará soñando este villarrobledeño? -soltó Menchen en el momento de arrancar.
– A lo mejor con Suárez, porque algunos de UCD, y éste tenía ahí el carnet, quieren a Suárez como a su chico -dijo entre risillas el médico Federico.
Don Lotario se hizo eco de aquellas risas y añadió:
– Desde luego, con tanta televisión, el que sea feo o viejo nada tiene qué hacer en política. En la pantalla los tipos, las caras y las sonrisillas a lo americano valen más que los programas.
ReaparecióPlinio:
– Avisados. Qué alegría se han llevado. Estaban muy intranquilas las señoras de ambos, porque salieron ayer hacia acá a las doce de la mañana a no sé cuántos negocios. Cada uno por su lado y hasta ahora estaban sin noticias y que uno y otro habían quedado en volver a cenar… Que antes de una hora estarán aquí a recogerlos. Al decirles que estaban dormidos Se han alarmado un poco, pero las he tranquilizado echando la cosa a broma.
– Bueno, señores, si no me tienen que pregruntar más cosas, yo me largo -dijo Rufo, el del tractor.
– Gracias, Rufo, y estáte atento por si te llamamos.
– No faltaba más. Aquí al contao…
– Y tú, Federico, vete al micro, que Manuel y yo nos quedamos aquí con los vencidos hasta que vengan las familias.
– Bueno… Y ya ha dejado ése de besuquear la tapicería.
ComoPlinio puso la cara rara, siguió Federico.
– Sí, hombre, que este del traje de rayas, cuando usted estaba telefoneando, volvió la cabeza hacia el respaldo del sillón y empezó a darle besetes a la tela con cara de mucho solaz.
– ¡Coño!, este caso de los adormilados no tendrá nada que ver con el delito y la policía, como parece bien claro, pero me tienedesarmao… Será por mi bacinería, pero me tiene…
– Es que es para tenerte. Tu misión como guardia es averiguar los hechos que causan grandes males… Pero nuestro gusto como hombres listos y humanistas es descubrir todos los casos, aunque sean de sueños y de risas.
– Desde luego, que puede ser más interesante saber por qué se duerme un tío que por qué lo matan.
– Muy bien, Manuel. Antes se le daba amoniaco a los borrachos. Voy ahí a la farmacia a que me dejen un frasquete para hacérselo oler. ¿Qué te parece?
– Por cierto, que no me ha dicho nada del fijador.
– Está claro. Se ve a la legua. Si lo he dicho… Voy a por el amoniaco.
Sin hacer ruido entró la sustituta de la enfermera y, sentada junto a una mesita, miraba a los barrigotas de Villarrobledo y se pellizcaba la boca para que no se le derramase la risa.
El más gordo, sin perder su gesto, ahora de durmiente serio, empezó a rascarse una ingle con menudo nerviosismo, y la enfermera por fin reía del todo con sollozos gritones y moviendo las piernas, como ciclista.
Plinio, también cómico, pero con sonrisa más formal, traía y llevaba sus ojos desde la chica de blanco que perneaba en el aire, al panzón que con el índice en forma de gatillo se hurgaba a todo lo largo de la curva de la ingle. Volvió don Lotario con el frasco en la mano:
– Aquí está el amoniaco.
– Trae.
Federico, una vez destapado el frasco, se lo arrimó a las narices al que besó el plástico y llevaba tanto fijador. Pero nada más llegarle al olfato, volvió la cabeza rápido.
– No se anima. A ver este otro engomillado.
Le enchufó en las narices al otro, que, al sentir el cristal, respiró fuerte hasta entreabrir los ojos, pero volvió a su quedada mohína.
– Por lo menos reaccionan -dijo Federico- más que con el agua o con las cosquillas. Algo es algo. Estoy dentro, que tengo mucha faena.
Y repitió don Lotario el paso del frasquillo por las dos narices, sin que hubiera mayor señal de animación.
Plinio y don Lotario quedaron solos y junto a los dormidos, en espera de los familiares de Villarrobledo, mientras la enfermera empezó a pasarle enfermos a don Federico.
– Yo no he estado así, con ajenos durmiendo tan a mi lado desde la guerra.
– Es verdad, Manuel… Y ni entonces.
De pronto, el de las piernas gordas, al cambiarse de lado, soltó un pedo gordísimo y luego una serie de pedetes juguetones.
La enfermera provisional -pues la de siempre estaba enferma, según dijo Federico-, metiéndose la cabeza entre las manos volvió a reírse, a la vez que, como antes, movía los pies en el aire, pedaleando.
– Lo que faltaba, Manuel, que éstos nos den el concierto de rondalla.
– Seguro, porque tantas horas durmiendo, tendrán los ojetes muy relajados.
Al oírlo, la enfermerilla volvió a pedalear en el aire.
Cada vez que cruzaba la habitación un enfermo con el frasco de orina entre los dedos,Plinio arrugaba las narices. Habló don Lotario:
– El día que se invente la manera de aprovechar la energía urinaria, tanta como se desperdicia cada día…
Bien pasada la hora y media sonó el timbre y entraron cuatro mujeres de Villarrobledo.
Sin saludar, ni cosa parecida, la más pequeña, que iba delante de todas, comenzó a ausionear:
– ¡Todavía dormidos, santo cielo!, pues ¿qué tila les han dado?
Sin reparar en el guardia, que se había puesto de pie para recibirlas, las cuatro, encanadas en los dormidos, empezaron a tocarles las caras, a extrañarse por la pegatina, a subirles los párpados de arriba y a preguntarle aPlinio sin mirarlo:
– ¿Y dice usted quetiraos en un remolque, y así ya adormiscaos?
– ¿Y sin faltarles nada?
– ¿Y así nada menos que cuatro horas?
– ¿Y que al remolque los echaron desde unos coches en la carretera?
– ¿Y que en el pueblo ya se han dao otros dormios así?
Al oír aquel pregunteo se asomó Federico y la enfermera provisional, con la boca entreabierta y muy despaciosamente, inició el pedaleo.
Ahora, de las cuatro de Villarrobledo, cada dos miraban a su dormido, echando los culos al resto del personal.