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El hospital de los dormidos

Электронная книга - «El hospital de los dormidos». Краткое содержание книги:

El hospital de los dormidos es otra novela policiaca de García Pavón. Tipo de novela con escasos antecedentes en nuestro país, que él supo españolizar en el mejor de los sentidos y de manera personalísima, entre otras muchas características, con los dos protagonistas, ya populares: Plinio. jefe de la G.M.T. (Guardia Municipal de Tomelloso), y su colaborador y viejo amigo, el albéitar don Linaria.El caso de El hospital de los dormidos es originalísimo, gracioso, y está tratado con tal habilidad, que mantiene al lector en permanente suspensión y sonrisa -cuando no carcajada- hasta el final, totalmente imprevisible. En ello colaboran: la plasticidad de su lenguaje, la sorna de su realismo, el trazado de los tipos y la prosa tan sorpresiva del autor, que hasta refleja la sociedad de su pueblo, sin el menor parcialismo.
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– Y yo igual.

– ¿Serán los de la Cooperativa de este pueblo los que entontecen de esta manera? -preguntó la pequeña.

Plinio meneó la cabeza.

– Dejad a ver qué quiere decir Manuel -pidió don Lotario.

– Digo que lo más seguro es que la Cooperativa no tiene nada que ver con esto. Días pasados ya aparecieron así otros dormidos sin que dijeran qué los durmió.

– ¿Y dónde aparecieron, Manuel? -siguió Menchen.

– Uno junto al ex Guadiana, y el otro en la misma plaza, junto a la iglesia, y a las dos de la madrugada.

– ¿Y con fijador en los pelos los dos? -insistió la baja.

– Sí -cabeceóPlinio.

– Desde luego, en este pueblo siempre han pasado unas cosas muy raras…

– Hasta hubo carnavales en los tiempos de Franco… -dijo la más joven de Villarrobledo.

– Rarísimas; mira, tan raras como que le echan mosto a una tinaja por arriba y, al cabo de unos días, se hace vino.

– Hombre, Manuel, no se pique usted, pero como sale tanto en los periódicos…

– Bueno, dejemos eso.

– Sale -saltó Federico- porquePlinio y don Lotario descubren todo lo que en otros pueblos queda en la oscuridad. Por ejemplo, ¿a ver en qué pueblo de España hay un guardia como Plinio y un hombre de carrera como don Lotario, que se dediquen a averiguar por qué aparecen unos tíos dormidos junto a ríos o carreteras?

– Eso sí -reconvino la más joven.

– Venga, jefe, siga usted preguntándoles a los zorros estos -encizañó la baja- a ver dónde cogieron tales chispas.

– De chispa nada, esposa del corazón.

– Eso es cosa de ellos. No es un delito.

– No me diga que no le gustaría saberlo, Manuel.

– Como gusto y bacinería, claro -dijo Manuel-, pues nunca he visto nada parecido… Y máxime si la racha sigue.

– Venga, a cantar, señores -dijo Federico en tono de broma.

– Ya lo tengo todo cantado. Me dormí en el coche y hasta aquí.

– Y yo lo mismo.

– ¿No te digo?, será el clima de este pueblo -repitió la baja.

– Eso, este clima tan diferente al de Villarrobledo -corearon varios.

– Bueno, señores -dijo Federico por cuarta o quinta vez-, perdónenme, pero tengo aquí mucha tarea.

– Doctor, perdone usted, nos vamos todos… -dijoPlinio con ademanes de mando para que todos vaciasen la clínica del doctor Martínez Arias.

* * *

Plinio había oído días antes que por lo único que merecía la pena vivir en Madrid, tan lleno de gentes y motores, es porque el día que te lo propones podías hacer vida diferente, sin ver a los de siempre, ni pasar ante las puertas de todos los días. Y aprovechando que don Lotario estaba en Alicante, y que no tenía especial ocupación ni despacho, se dijo pues hoy voy a hacer una vida diferente, como si estuviera en Madrid.

Y vestido de paisano, después de tomarse el café y saber que el nieto estaba mejor de sus pedorretas, según le contó su mujer, pensó hacer su desayuno fuerte enEl Mesón del Vino, que está en la avenida de Antonio Huertas. Y pillando vuelta por la calle de doña Crisanta, que como tiene las aceras muy anchas te permiten el hacerte el alejado del otro, siempre que lo veas a tiempo, dobló por la calle del Pintor Francisco Carretero hasta la de la Independencia, tomó la de Santa Rita y con mucho y muy buen sosiego de nervios y cabeza, las manos atrás y los ojos en el suelo, para no saludar a nadie, llegó al Mesón, casi vacío, se sentó en la mesa más rinconera y pidió café y tortas de Alcázar, que buñuelos no había, a un camarerillo de pies ligeros y ojos muy alzados, que no parecía conocerlo. En lo que iba de mañana no había saludado a nadie, y en aquel bar casi nuevo, que nunca había pisado, se sentía como en otro pueblo, donde podía mirarlo todo sin que le vinieran con sonecillos.

A ratos entrepensaba que la vida estaba buena. El nieto había dormido a gusto y ya miraría alegre los cristales de la ventana; su hija estaría haciendo la cama sin echarle la espalda al crío; y su mujer a punto de ir a verlos, sobre todo al niño, para hablarle con los labios en forma de beso… Y él allí, tan bien aculado, sintiendo que el tiempo pasaba muy despacio, al compás de aquel viejo que cruzaba el paseo, o del aire calmo, que quería hojear los árboles. Así podría estar horas. Sin pasado ni presente achuchantes, sólo entreviendo como puntos de risa las caras de los hombres dormidos, junto al Guadiana seco, del ingeniero vestido y sin novia o los del remolque del hermano Rufo.

Lo único que no le iba es que enEl Mesón del Vino sólo hubiera mesas bajas, en las que hay que agacharse mucho para atinar con la taza y no meter la cucharilla en el cenicero. Casi enfrente tenía la calle de Santa Quiteria, larga, ancha, mal pavimentada y con tractores sobre las que debían ser aceras. Siempre que pasaba por allí recordaba que en ella, de niño, vio la primera mula muerta en su vida. Estaba en medio de un corralazo, con las patas muy abiertas y un puñado de moscas negras comiéndole la panza.

Cuando pasan los años recordamos que en cada calle del pueblo nos quedó un capitulillo de nuestra vida. En la calle de La Concordia, también cercana, muy niño vio cómo uno de los señoritos más respetables del pueblo, creyéndose solo, alzó mucho la pierna y soltó un pedo infernal…

Estaba todo tan quieto, cosa rara, que se sintió como dormido, pero con los ojos abiertos, y el humo del cigarro, alzándose vago, cachondo, ante el cristal de la ventana.

A lo mejor el humo de los cigarros también tiene sus ratillos felices, sobre todo si sale de la boca de una chavala con sabor a beso.

Metido en lo suyo… no reaccionó hasta que entraron tres hombres y dos mujeres, y desde la puerta vinieron derechos a él. Y recordó que al poco de llegar alMesón del Vino un hombrecillo con las gafas muy gordas y los zaragüelles culerones, después de mirarle muy fijo marchó rápido, sin tomar nada.

– Manuel, perdone que le molestemos, estando de domingo como parece que está, pero no podemos callarlo más… Hemos ido al Ayuntamiento y nos han dicho que estaba libre…

– ¿Y quién os ha dicho que estaba aquí?

– Antonio, el churrero.

– ¿El de las gafas gordas?

– Ése.

Se veía que los hombres, ya bien mayores, venían un poco a rastras de aquellos dos marimachos, sobre todo la que hablaba con ademanes como de empujarle a uno. La otra, en delgado, sin medias y con las canillas muy finas, decía que sí a todo lo que hablaba la marimacho grande. «Ésta debe tener la piel del culo muy dura, no por vieja, sino por bragá» -pensóPlinio.

– Bueno, ¿y qué pasa?

– Asómbrese usted, Manuel -exclamó la jarocha alzando mucho el labio de arriba…-, que hace tres noches que no sentimos roncar alTachuelas. ¿Qué me dice usted?

– ¿Es posible? -dijoPlinio alarmado.

– Sí, Manuel -dijo la otra arrecía de las canillas sarmentosas-…, ni respirar.

– Habrá cambiado de alcoba.

– Ése, en la parte de la casa que duerma, aunque sea en la cueva, deja oír sus rebuznos del sueño en todo el distrito.

– Eso es verdad -confirmóPlinio cabeceando- ¿Y hace su vida diaria?

– Ahí puede estar el misterio, jefe -dijo la marimacho con los dos brazos fuertemente cruzados sobre las dos tetas-. Nadie lo ha visto entrar, salir, asomarse o sentarse en la puerta, como hacía en lasanochecías.

– A ver si le ha pasado algo al pobre…

– Por eso lo buscamos con tantas ansias, Manuel. Porque para el barrio sería una paz enorme que el pobre dejara de roncar todas las noches, pero da mucha pena, tan solo, tan sin quién le arremeta la manta o le dé el yogur si se pone malo.

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