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El hospital de los dormidos

Электронная книга - «El hospital de los dormidos». Краткое содержание книги:

El hospital de los dormidos es otra novela policiaca de García Pavón. Tipo de novela con escasos antecedentes en nuestro país, que él supo españolizar en el mejor de los sentidos y de manera personalísima, entre otras muchas características, con los dos protagonistas, ya populares: Plinio. jefe de la G.M.T. (Guardia Municipal de Tomelloso), y su colaborador y viejo amigo, el albéitar don Linaria.El caso de El hospital de los dormidos es originalísimo, gracioso, y está tratado con tal habilidad, que mantiene al lector en permanente suspensión y sonrisa -cuando no carcajada- hasta el final, totalmente imprevisible. En ello colaboran: la plasticidad de su lenguaje, la sorna de su realismo, el trazado de los tipos y la prosa tan sorpresiva del autor, que hasta refleja la sociedad de su pueblo, sin el menor parcialismo.
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– ¿Como le ha pasado a este cacho de flequillo? -dijoPlinio enseñando a Menchen el trozo del flequillo del argamasillero dormido.

– Sí, señor.

– ¿Y todavía se vende bandolina? -preguntóPlinio a la dependienta enlutada.

– Claro.

– ¿Pero mucha?

– Mucha no, pero regularcillo, bueno.

– ¿Tenéis aquí algún cliente o alguna clienta muy fijo y abundón de zaragatona?

Menchen miró a la dependienta.

– Así, fija, fija y seguida, seguida, no recuerdo.

– Pero haré memoria, jefe, porque si se lleva un buen puñao, tiene para rato.

Plinio, después de darle unas vueltas entre los dedos al jirón de flequillo abandolinado del tripudo, se lo devolvió al guardia también tripudo, como allí llaman a los de Argamasilla.

– Toma, que es de tu tierra. Y devuélveselo al dueño.

– El Calabria estaba tan modorro que ni se enteró cuando se lo corté y, al fin y al cabo, Tomelloso es el área de los dormidos con el pelo brillante y usted, Manuel, el jefe mayor.

– Pues dices bien, déjamelo para comprobar otros casos. Y tú, Luis y dependencia, estad atentos a ver quién de aquí en adelante se lleva zaragatona con frecuencia y en ciertas cantidades, para decírmelo.

– Ya lo habéis oído -dijo Menchen a la dependencia, que todos estaban embobados con el trozo de flequillo duro.

– Descuide, que no perderé nombre de comprador de zaragatona.

Plinio se dedicó el resto de la mañana a recorrer las farmacias más antiguas del pueblo para hacer la recomendación. Pero encontró que sólo vendían zaragatona en las de don Luis, en la que fue de don Gerardo y en la de don Alberto Penadés.

– Cuando mañana venga don Lotario y se encuentre que estoy haciendo investigaciones sobre la bandolina se va a cuartear de risa. En la historia de los policías del mundo, seguro, fijo, que ninguno anduvo jamás rastreando semejante hierba.

* * *

Después de recorrerse las boticas más antiguas volvió a la calle de Galileo a ver por dónde iba el parto de Teresa, cuñada de Braulio e hija de aquel que tuvo el ombligo bizco.

En la puerta encontró a Braulio entre un corrillo de gentes que lo escuchaban con la cara muy levantada.

– ¿Parió ya, Braulio?

– Qué va. Además así que nos salimos de la habitación, como ya te dije, al verse sin público, deja de gritar.

– ¿Entonces sólo le tira del feto la compaña?

– Debe. Y si no, vente y verás. EntraronPlinio y Braulio, quedó el público ahora sin tener a quién corear e hicieron oído tras la puerta de la alcoba.

– Nada, no se le oye ningún sonecillo, ni de la boca ni del tomate. Todo callado, pero fíjate.

Y nada más empujar la puerta con poco disimulo, rompió la Teresa:

– ¡Ay!, ¡ay!, Señor, y qué dura va a ser esta asomada.

– Pues venga, ¡haz fuerza, Teresa!, que ya debe estar el bautizable mirándote la barba de la ingle.

– ¡Ay!, ¡ay!, hijo de mis tripas, a ver si sales de una vez, aunque seas de la ETA.

– Ya se lo está colocando -dijo Braulio volviendo a cerrar la puerta.

Y se calló la tía.

– ¿Y cuánto tiempo crees, Braulio, que va a estar gritando así?

– Hasta que para.

– ¿No dices que no está preñada?

– Es igual. Ya sabes cómo son las mujeres. Si ha dicho que pare, parirá, aunque sea por un zancajo y en todas las noches de su vida no haya recibido más que chocolate con churros. Cuando el sexto de una mujer tiene gana de algo, aunque sea de cantar, lo consigue. Mi madre decía que una chica de su tiempo que se empeñó en ser tiple, se quedó muda y a fuerza de terca consiguió cantar, pero con el coño,La rosa del azafrán. Y cuando tenía la casa llena de vecindad, de público, que es lo que ella quería, comenzaba la función. Se levantaba el refajo y su coño, ya al aire y sin menear el bigote, eso nunca, empezaba a dar voces, ronquillas pero muy bien entonadas.

– No había oído eso en toda mi vida.

– No fue aquí. Fue en La Mota del Cuervo. Y le hicieron un disco a la voz de su coño aquellos de «La voz de su amo».

– Los hombres, sin embargo, por semejante parte no podemos cantar.

– Pero silbar, sí, Manuel. En Argamasilla hubo un cura en los tiempos de Primo de Rivera que le gustaba tanto casar a las parejas, que en plena ceremonia se le ponía longa y por el agujerillo de la uretra silbaba por su cuenta la «Marcha nupcial».

– ¿Qué no te inventarás tú achacándoselo a la Mota del Cuervo, a Argamasilla o a los Arenales de la Moscarda?

– Ja, ja, ja, ja… Ahora que hablamos de los Arenales de la Moscarda. Allí nació uno con los testículos tan gordos y como pintados con pájaros de colores, que vivió toda la vida de enseñárselos al público, a peseta la sesión… ¡Aburrimiento! El mundo entero, hasta el de los chinos, está muerto de aburrimiento. Y sólo se anima cuando salen tíos como yo, que siempre tienen procesiones de tetas y molletes dentro del cerebelo… Y he llegado a la conclusión, Manuel, de que el personal se divierte más muerto que vivo, mirando fijo fijo allí a la bovedilla del nicho que mirando aquí las ferias.

– ¿Te imaginas, Manuel, lo que seria ver desfilar los cinco mil millones de habitantes que dicen tiene el mundo por la carretera de Argamasilla con el culo al viento?

– ¿Y por qué con el culo al aire?

– Como símbolo de la gran monotonía que es la vida de los más, aparte de la miseria. ¡Cinco mil millones de culos molleteando por la carretera! Así es la vida, Manuel. ¡Así poco más o menos! ¿Y los muertos? Mucho más distraídos, seguro. El gusanillo que te empieza a comer el ojo derecho, el otro que se te meterá mañana por el testículo zurdo, el riñon que te explotará mañana de tan hinchado de la orina postuma, todo eso debe distraer muchísimo… Y no te digo cuando a las vírgenes, como mi parienta Teresa, se le meta el gusano maestro por el canutero, tan despreciado toda la vida.

– Vas a conseguir lo que nadie, Braulio, ponerme mal cuerpo sólo con palabras.

– No digas señoritadas… Hasta que luego, ya hecho esqueleto, sólo oigas los ruidetes de los huesos que se te desencajan solos, y también te lo pases estupendamente… «Ahora me suena la costilla derecha de abajo y atrás y ahora el dedo gordo del pie derecho, que ya se ha puesto el calcetín de piedra.»

– Eres el tío más fúnebre de España.

– Toda la historia de España es un depósito forense… Aquí nunca nos hemos divertido con otra cosa. ¿Y las hay más amenas? ¿Tú has visto cosa más insípida que un norteamericano jugando al rugby todas las tardes y echando sonrisas de tabaco rubio? ¿O a los suizos preparándose para votar si hay que quitar o no el árbol que cae en la curva de la carretera? Donde se ponga una señora vieja, arrugada, sin más arreglo que la mantilla española y los brillantes puestos en el momento de cortarse las uñas renegridas y a la vez con esmalte coloradísimo de los pies…, que se quiten todas las diversiones del mundo… Y porque sólo digo la mitad de lo que pienso e imagino. ¡Si pregonase de micrófono en micrófono cómo de verdad yo veo la vida!

– ¿Por ejemplo?

– … Las guerras nunca nacen de verdaderos enfrentamientos ideológicos, religiosos o militares, sino de la obsesión periódica que tiene el hombre de convertir en tierra a sus prójimos con el pretexto que sea… Para qué te voy a hablar de las guerras civiles españolas. El color de las banderas es el pretexto para poderse comer vivos a todos los hijos de suegra, compañeros de velorio, de confesionario o de burdel, dentro de la ley.

Las gentes que entraron en el portal en espera del ventoso parto, bajaban la voz para oír algo de lo que le contaba Braulio aPlinio y le hacía reír tanto… O pensar, llevándose la palma a la bóveda de la cabeza sin quitarse la gorra. Pero no lo conseguían, porque Braulio no voceaba. Hablaba rozándole a Plinio las orejas con los gestos, las palabras, labiotazos y parpadeos.

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