El hospital de los dormidos
- Автор: Павон Франсіско Гарсія
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El hospital de los dormidos». Краткое содержание книги:
– ¿Entonces vosotras pensáis que puede ya haber cerrado la boca para no roncar más?
– Sí, jefe, eso…
– Bueno, pues vais al Juzgado…
– Ya sabía yo que iba usted a decir eso -dijo uno con el perfil resabio y los ojos chicos.
– ¡Ea!, qué voy a decir.
– Mira, Manuel, como la gavillera del corral de éste y la suya están a media vara lo más una de otra -dijo la marimacho señalando al cara de listo-, si usted quiere vamos todos y saltamos a ver qué ocurre. Si pasa algo malo lo decimos a la autoridad del Juzgado y, si no, todo se queda entre nosotros.
– Total, un rato de bacinería…, pero por amor al prójimo -dijo otro que había sido monaguillo, luego sastre y ahora muy binguero.
– ¿Y todavía tenéis gavillera? -preguntóPlinio extrañado.
– Yo sí, para que le dé sombra a mi corralillo -dijo la macha.
– ¿Y elTachuelas?
– Ése, el pobre, se quedó en el año que mataron al cura, y tiene de todo lo viejo.
Plinio, antes de contestar relió otro pito y al fin arrancó.
– ¿Y decís que tres noches sin roncar?
– Sin roncar y con la puerta cerrá.
– ¿Y la ventanilla de su alcoba?
– Entreabierta, como acostumbra.
– El miércoles roncó como siempre o más… y digo más -habló la delgada- porque un mastín que cayó por allí, lleno de amor propio le estuvo contestanto toda la noche, sin poderlo vencer… Y el jueves silencio total, sin verlo ni oírlo.
– Bueno, pues vamos a ver qué pasa -dijoPlinio algo animado, al tiempo que llamaba al camarero con un «ven» de mano. «Está visto -pensaba mientras- que en Tomelloso no se puede hacer vida distinta, como en Madrid… Aunque lo de subirse a una gavillera en estos tiempos no deja de ser bastante raro…»
Y echaron paseo adelante, sin prisa, sin formar fila ni hilera, cada cual con su aire y braceo.
APlinio le daba muchísima tristeza el culo estrechísimo de la delgada. Como además llevaba la bata muy ceñida y corta, el culo le quedaba patético encima, además, de aquella resequez de piernas.
– «… Qué cadena perpetua -pensaba el guardia- debe ser tener que acostarse todas las noches con un culillo así tan enterrador, tan fino y con unos molletes como de goma de pelota vieja en diciembre…»
La marimacho, como si fuese ella la autora de todo, caminaba un poco delante con el entrecejo muy satisfecho.
ComoPlinio iba de paisano, la gente no reparaba mucho en el grupo, que caminaba entre el aire claro como si fueran de paseo gustoso.
Al llegar a la calle de la Azucena,Plinio pensaba más en las gavilleras que en el roncador callado. Al entrar en la casa de La Cidoncha, como llamaban a la mandona, y abrir la puerta del corral, allí al fondo, el recuadro de luz tan vivo, todo lo dejó en perfiles… Plinio quiso mirar al lloroncísimo culo de la enhiesta, pero así, al contraluz, su cuerpo era un jirón de sombra, sólo con luz en la cabeza.
Ya en el corral antiguo, en contraste con el resto de la casa, muy horteramente modernizada, con parrales, gallinero, un tinajón y la gavillera, parecía que se estaba en los tiempos del general Aguilera. La diferencia de alturas entre la gavillera de La Cidoncha y la del Roncador no llegaba a un metro. Los sarmientos de una y de otra eran viejísimos, negros, y las gavillas atadas con tomizas, ya podridas.
La Cidoncha, con sus ademanes de boxeador por lo menos, ofreció a Plinio la escalerilla de madera y, haciendo un doblaje tremendo de espalda cada vez que avanzaba un escalón, Plinio subió con cuidado para no empolvarse el traje. Ya encima de las gavillas, los sarmientos, tan negros por hielos y veranos, crujían, se tronchaban y hundían por algunas partes.
– No, no podemos estar todos juntos sobre la gavillera. Venga, salta tú a la del Tachuelas.
La Cidoncha avanzó como pudo sobre los sarmientos podridos, que se rompían, hasta la gavillera vecina, la más alta. Se apoyó en ella con ambas manos y dio salto y culá. Luego se volvió y a gatas sobre los cuatro miembros se puso de pie un poco tambaleante.
– Estos sarmientos dieron las uvas de la guerra -se lamentóPlinio mientras avanzaba con mucho pulso de pies.
La del culo luteño se quedó en la escalera con la cabeza sobre las gavillas sin atreverse a subir del todo.
La Cidoncha ya estaba asomada al corral del Tachuelas.
– ¿Hay escalerilla para bajar a ese corral?
– Sí, Manuel. Más bien escaleraza.
– Menos mal. Venga, sigue y baja.
Casi a gatas y uno a uno llegaron al borde de la gavillera vecina y bajaron por la escaleraza.
El corral delTachuelas estaba abandonado muchos años. El empedrado cubierto de hojas de parra caídas de varios otoños, de macetas sin plantas y hierbajos por todos lados y, claro, las paredes tan antaño encaladas, ahora color barro de distintos oscuros y amarillos.
– A este corral no ha entrado nadie desde que se marcharon del pueblo.
– Hasta huele a corral antiguo, de aquellos con retretes de tapas y basuras -dijoPlinio.
En su vida había visto en el pueblo un corral así…
– Claro que si el pobre vive solo no va a ponerse a deshierbajar esto.
– Ni a enterrar gatos muertos -dijoPlinio señalando con la punta del pie el esqueleto cañizo de un gato, junto a un tino de madera, verde por el incesante goteo del grifo.
Cuando estuvieron todos junto al portalón del corral que daba a la cocina de abajo:
– Verás como estécerrá con llave o el cerrojo echado por dentro -dijo La Cidoncha mirando a la puerta que fue azul claro y con clavos de cabezas de boina ya oxidados. Puso luego las dos manos sobre el portón:
– Por lo menos encajaílla está.
– Quita a ver -dijoPlinio dando un patadón.
– Otra un poquito más fuerte, que va.
El portón, que chillaba a cada patada, poco a poco cedió, dejando a la vista un fogón antiguo, con pesebre al lado.
– Esta parte de dentro ya está como toda la vida, antigua, pero sinpodrir.
Entre telarañas, y sobre las baldosas llenas de polvo, llegaron al patio. Ya en él se notaba que habían andado manos últimamente.
La del culo agudo tocó el respaldo de unas sillas y se miró la yema.
– Está visto que el viejo con la escoba sólo llegó hasta el patio.
– ¿Es que no viene nadie a limpiarle la casa? -preguntóPlinio.
– Que sepamos, nadie -dijoLa Cidoncha a sus vecinas.
Subieron al otro piso, limpio ya total, si cabe.
Se asomaron a la cocina, al comerdorcillo y todo estaba en relativo orden.
– ¡Ah!… ¡Ah!, Manuel, aquí no se puede abrir -dijo el mozo empujando una puerta.
– ¿Qué pasa?
– No sé, Manuel. Parece que hay algo detrás de la puerta.
Por los dos o tres dedos de rendija que dejó la puerta al empujarla el mozo con todas sus fuerzas, se veían escombros.
– Vamos a por ella -dijoPlinio apoyando el hombro y empujando con toda su ansia.
Todos le ayudaron.
Cuando consiguieron abrirla como dos cuartas,Plinio asomó la cabeza.
– ¡Atiza, manco!
Y entró de perfil, muy estrechamente, casi arrancándose los botones de la chaqueta. Los demás lo siguieron por la raja. Para elloLa Cidoncha tuvo que ponerse las manos encima de las tetas y apretárselas para que las puertas no se las arrancaran.