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El hospital de los dormidos

Электронная книга - «El hospital de los dormidos». Краткое содержание книги:

El hospital de los dormidos es otra novela policiaca de García Pavón. Tipo de novela con escasos antecedentes en nuestro país, que él supo españolizar en el mejor de los sentidos y de manera personalísima, entre otras muchas características, con los dos protagonistas, ya populares: Plinio. jefe de la G.M.T. (Guardia Municipal de Tomelloso), y su colaborador y viejo amigo, el albéitar don Linaria.El caso de El hospital de los dormidos es originalísimo, gracioso, y está tratado con tal habilidad, que mantiene al lector en permanente suspensión y sonrisa -cuando no carcajada- hasta el final, totalmente imprevisible. En ello colaboran: la plasticidad de su lenguaje, la sorna de su realismo, el trazado de los tipos y la prosa tan sorpresiva del autor, que hasta refleja la sociedad de su pueblo, sin el menor parcialismo.
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Al rato le llegó a Braulio el escobazo del silencio y se quedó con las cejas hechas pliegue, los ojos en un rincón y la cabeza caída.Plinio, como siempre que eso pasaba, se encogió de hombros, relió el cigarro y decidió volver a sus quehaceres.

Le dijo adiós y el filósofo respondió con cabezada y se allegó la puerta de la sedicente parturienta e hizo oído, pero la Teresa seguía callada.Plinio volvió a la calle, entre otras cosas, a despejarse un poco. A él, que era tan de la tierra, le gustaban mucho las fantasías pero, a veces, las de Braulio le sacaban la cabeza de tría.

* * *

Plinio estuvo a punto de pedirle a la Gregoria que hiciese un tarro de bandolina, como cuando era moza. Pero sabía demasiado cómo quedaba el pelo abandolinado para andarse a sus años con pruebas.

Pasó la mañana del día siguiente y la primera parte de la tarde sin noticias de don Lotario, hasta que a la hora de salir de las escuelas, poco más o menos, vio por la ventana de su despacho que el veterinario veraneante detenía su cochecillo ante el Ayuntamiento. Lo vio entrar rápido y en seguida lo oyó nudillear en la puerta de su despacho.

Escuchó con su nerviosismo cigarrero el menudo relato que le hizoPlinio de sus sospechas e investigaciones bandolinarias y cuando parecía la plática en un punto y aparte bastante largo, dijo don Lotario, sonriendo:

– Tú, Manuel, siempre caes más en lo raro que en lo normal. ¡Mira que fijarte en el pelo de los dormidos también!

– Es que casi todo lo que llega a nuestro oficio es anormal.

– No, si llevas razón, pero que tú con tu astucia caes en lo que nadie de la profesión… Ahora a esperar que algún boticario nos diga qué gentes antiguas compran zaragatona para hacer el líquido mucilaginoso.

– Desde que ha llegado usted de Alicante, don Lotario, lo noto poco entusiasmado. A lo mejor es que ha encontrado usted por ahí algún policía perfecto.

– El único policía redondo que conozco, Manuel, eres tú, ya que te dejas llevar -y siempre llegas- por la ultrarrazón de tus pálpitos.

– Ya estamos con los pálpitos.

– Los pálpitos es cosa de genios y no las ideícas puestas una encima de otra, de los proseros y los listos.

– No te digo, si va a resultar que yo soy un genio. El genio de Tomelloso.

– Exactamente. De Tomelloso y de toda La Mancha. Porque tienes un tercer oído, una segunda nariz y un tercer ojo…

– No siga usted, por favor.

– Sigo porque quiero. Un tercer ojo que no tenemos los demás. Qué más ejemplo que ya vieses que el primer dormido y luego otros llevaban el pelo embandolinado. Los demás, con nuestros ojos normales, no nos dimos cuenta.

– Pues a la vista estaba. Lo que ocurre es que no se paran, y yo sí, porque soy muy tranquilo de ojos, y no por los pálpitos y esas ocurrencias.

Así estaban las cosas cuando llamaron en la puerta con los nudillos.

– Adelante.

Y apareció Salustio, el auxiliar de la farmacia que fue de don Gerardo.

– ¿Qué pasa, Salustio?

– Que hace un rato me he acordado de dos que compran bastante zaragatona. Y por no ser personas corrientes, he pensado que podían interesarle más.

– Venga, venga… ¿Y compran mucha?

– Ella, que hay un «ella» y un «él», mejor dicho, un medio él, como una vez al mes, y «el medio él» compra más de luego en luego, aunque también «continico».

– ¿Quién es ella?

– Una puta para más señas. Sí, una puta guapetona, con el culo muy alto y comparsero, que enloquece al pueblo macho.

– ¿Y trabaja en casa pública o por su cuenta?

– Creo que anda en una de esas casas de por el Canal, pero no sé en cuál, porque yo no las frecuento ni, claro, he preguntado nunca.

– Pero será ya madurona, si se echa bandolina.

– Pues no creo que llegue a los cuarenta años y está como un clavel de carne, con ritmo de mandoneón.

– ¿Y se bandolinea ella, te has fijado?

– No me parece. ¿Y no la conocen con la buena presencia que tiene?

– No caigo.

– Ni yo.

– Sí, hombres, si tiene el culo muyalzao y lo mueve con pedaleos cachondísimos. Cuando pasa por la acera no deja hombre con la cabeza quieta. Todas las gafas van a parar al mismo valle… Ah, y ahora que me acuerdo, ella, cuando la miran, se pone facilona y echa los ojos así muy derramaos -y la describía Salustio con tal regusto, que ponía los dientes punzones-. Ya lleva tiempo en el pueblo.

– ¿Como cuánto?

– Cerca de un año, desde luego. Y tiene fama, porque con la propaganda que se hace por la calle es de las que tiene más «ocupaciones», según dicen.

– ¿Y quién le lleva la cuenta?

– No sé. Yo lo he oído.

– ¿Y viste a estilo antiguo?… Lo digo como compra bandolina.

– No, corriente total. Como todas las mujeres de ahora… Antes había como el uniforme de puta. Se las distinguía a la legua. Pero ahora, todas con esos pantalones tan ceñidos, que deben darles un escozor en las rajas que para qué -dijo como para sí, distraído.

– ¿Y tú qué sabes?

– Me lo imagino. Usted verá. Uno es de la época de la enagua, que es tanto como decir del Somatén.

– Bueno. ¿Y el otro cliente? El «casi hombre».

– Ah, que ya se me habíaolvidao Y ¡ay!, qué risa. Sí, ahora que caigo, también culea. Me refiero a ese rubio que llaman Culocampana.

– ¿A Lorencete elBaloncesto?, por otro nombre.

– Ése mismo. El que anda culeteando tanto… Pero en serio que le da molletazos a todas las ventanas… Lo deBaloncesto es más de ahora.

– ¿Y se echa él la bandolina?

– Pues mire usted, no me ha llamado la atención, porque como tiene el pelo tan jaro, de estropajorefinao

La verdad es que tampoco puse atención, pero así que vuelva a verlo le echo los párpados.

– Me han dicho que anda por Madrid haciendo calle.

– No sé.

– Sí, hombre, si nos lo dijeron a los dos. ¿No recuerdas, Manuel? «¡Mueran las mujeres! ¡Abajo los coños!»

– Es verdad. Que hace poco lo vio un paisano por el Paseo de Recoletos, en el momento de gritarle a una señora eso de «¡Mueran las mujeres! ¡Abajo los coños!

– ¿Y ella qué hizo?

– ¿Pues qué iba a hacer, Salustio? Callarse y andar más deprisa, no fuera a quererle matar de verdad la parte dicha.

– Qué raro, llevarse bandolina a Madrid.

– Vaya usted a saber dónde se la echa -dijo Salustio riéndose de su propia ocurrencia.

– Bueno, Salustio, pues muchas gracias por tus datos. Si te enteras de más ya sabes dónde estoy.

– No faltaba menos, Manuel y compaña. Hasta más ver.

Apenas marchó Salustio, saltó Manueclass="underline"

– Ya estoy harto de despacho. ¿Y si nos vamos a estirar las piernas, don Lotario?

– A estirar las piernas y a tomar un poco el aire, porque Salustio ha dejado el despacho cargado de culos.

– Es verdad -coreó riéndose Manuel-, los dos compradores de bandolina que ha dicho hay que identificarlos por el culo… Y a todo esto, don Lotario, nada me ha contado de Alicante.

– Lo que en todos sitios. A la gente sólo le gusta hacer lo que repiten los demás. En verano, enseñar las carnes y hacer como que se divierten, aunque estén pisándose unos a otros en la arena y orinándose en la misma ola.

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