El hospital de los dormidos
- Автор: Павон Франсіско Гарсія
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El hospital de los dormidos». Краткое содержание книги:
Al rato le llegó a Braulio el escobazo del silencio y se quedó con las cejas hechas pliegue, los ojos en un rincón y la cabeza caída.Plinio, como siempre que eso pasaba, se encogió de hombros, relió el cigarro y decidió volver a sus quehaceres.
Le dijo adiós y el filósofo respondió con cabezada y se allegó la puerta de la sedicente parturienta e hizo oído, pero la Teresa seguía callada.Plinio volvió a la calle, entre otras cosas, a despejarse un poco. A él, que era tan de la tierra, le gustaban mucho las fantasías pero, a veces, las de Braulio le sacaban la cabeza de tría.
Plinio estuvo a punto de pedirle a la Gregoria que hiciese un tarro de bandolina, como cuando era moza. Pero sabía demasiado cómo quedaba el pelo abandolinado para andarse a sus años con pruebas.
Pasó la mañana del día siguiente y la primera parte de la tarde sin noticias de don Lotario, hasta que a la hora de salir de las escuelas, poco más o menos, vio por la ventana de su despacho que el veterinario veraneante detenía su cochecillo ante el Ayuntamiento. Lo vio entrar rápido y en seguida lo oyó nudillear en la puerta de su despacho.
Escuchó con su nerviosismo cigarrero el menudo relato que le hizoPlinio de sus sospechas e investigaciones bandolinarias y cuando parecía la plática en un punto y aparte bastante largo, dijo don Lotario, sonriendo:
– Tú, Manuel, siempre caes más en lo raro que en lo normal. ¡Mira que fijarte en el pelo de los dormidos también!
– Es que casi todo lo que llega a nuestro oficio es anormal.
– No, si llevas razón, pero que tú con tu astucia caes en lo que nadie de la profesión… Ahora a esperar que algún boticario nos diga qué gentes antiguas compran zaragatona para hacer el líquido mucilaginoso.
– Desde que ha llegado usted de Alicante, don Lotario, lo noto poco entusiasmado. A lo mejor es que ha encontrado usted por ahí algún policía perfecto.
– El único policía redondo que conozco, Manuel, eres tú, ya que te dejas llevar -y siempre llegas- por la ultrarrazón de tus pálpitos.
– Ya estamos con los pálpitos.
– Los pálpitos es cosa de genios y no las ideícas puestas una encima de otra, de los proseros y los listos.
– No te digo, si va a resultar que yo soy un genio. El genio de Tomelloso.
– Exactamente. De Tomelloso y de toda La Mancha. Porque tienes un tercer oído, una segunda nariz y un tercer ojo…
– No siga usted, por favor.
– Sigo porque quiero. Un tercer ojo que no tenemos los demás. Qué más ejemplo que ya vieses que el primer dormido y luego otros llevaban el pelo embandolinado. Los demás, con nuestros ojos normales, no nos dimos cuenta.
– Pues a la vista estaba. Lo que ocurre es que no se paran, y yo sí, porque soy muy tranquilo de ojos, y no por los pálpitos y esas ocurrencias.
Así estaban las cosas cuando llamaron en la puerta con los nudillos.
– Adelante.
Y apareció Salustio, el auxiliar de la farmacia que fue de don Gerardo.
– ¿Qué pasa, Salustio?
– Que hace un rato me he acordado de dos que compran bastante zaragatona. Y por no ser personas corrientes, he pensado que podían interesarle más.
– Venga, venga… ¿Y compran mucha?
– Ella, que hay un «ella» y un «él», mejor dicho, un medio él, como una vez al mes, y «el medio él» compra más de luego en luego, aunque también «continico».
– ¿Quién es ella?
– Una puta para más señas. Sí, una puta guapetona, con el culo muy alto y comparsero, que enloquece al pueblo macho.
– ¿Y trabaja en casa pública o por su cuenta?
– Creo que anda en una de esas casas de por el Canal, pero no sé en cuál, porque yo no las frecuento ni, claro, he preguntado nunca.
– Pero será ya madurona, si se echa bandolina.
– Pues no creo que llegue a los cuarenta años y está como un clavel de carne, con ritmo de mandoneón.
– ¿Y se bandolinea ella, te has fijado?
– No me parece. ¿Y no la conocen con la buena presencia que tiene?
– No caigo.
– Ni yo.
– Sí, hombres, si tiene el culo muyalzao y lo mueve con pedaleos cachondísimos. Cuando pasa por la acera no deja hombre con la cabeza quieta. Todas las gafas van a parar al mismo valle… Ah, y ahora que me acuerdo, ella, cuando la miran, se pone facilona y echa los ojos así muy derramaos -y la describía Salustio con tal regusto, que ponía los dientes punzones-. Ya lleva tiempo en el pueblo.
– ¿Como cuánto?
– Cerca de un año, desde luego. Y tiene fama, porque con la propaganda que se hace por la calle es de las que tiene más «ocupaciones», según dicen.
– ¿Y quién le lleva la cuenta?
– No sé. Yo lo he oído.
– ¿Y viste a estilo antiguo?… Lo digo como compra bandolina.
– No, corriente total. Como todas las mujeres de ahora… Antes había como el uniforme de puta. Se las distinguía a la legua. Pero ahora, todas con esos pantalones tan ceñidos, que deben darles un escozor en las rajas que para qué -dijo como para sí, distraído.
– ¿Y tú qué sabes?
– Me lo imagino. Usted verá. Uno es de la época de la enagua, que es tanto como decir del Somatén.
– Bueno. ¿Y el otro cliente? El «casi hombre».
– Ah, que ya se me habíaolvidao… Y ¡ay!, qué risa. Sí, ahora que caigo, también culea. Me refiero a ese rubio que llaman Culocampana.
– ¿A Lorencete elBaloncesto?, por otro nombre.
– Ése mismo. El que anda culeteando tanto… Pero en serio que le da molletazos a todas las ventanas… Lo deBaloncesto es más de ahora.
– ¿Y se echa él la bandolina?
– Pues mire usted, no me ha llamado la atención, porque como tiene el pelo tan jaro, de estropajorefinao…
La verdad es que tampoco puse atención, pero así que vuelva a verlo le echo los párpados.
– Me han dicho que anda por Madrid haciendo calle.
– No sé.
– Sí, hombre, si nos lo dijeron a los dos. ¿No recuerdas, Manuel? «¡Mueran las mujeres! ¡Abajo los coños!»
– Es verdad. Que hace poco lo vio un paisano por el Paseo de Recoletos, en el momento de gritarle a una señora eso de «¡Mueran las mujeres! ¡Abajo los coños!
– ¿Y ella qué hizo?
– ¿Pues qué iba a hacer, Salustio? Callarse y andar más deprisa, no fuera a quererle matar de verdad la parte dicha.
– Qué raro, llevarse bandolina a Madrid.
– Vaya usted a saber dónde se la echa -dijo Salustio riéndose de su propia ocurrencia.
– Bueno, Salustio, pues muchas gracias por tus datos. Si te enteras de más ya sabes dónde estoy.
– No faltaba menos, Manuel y compaña. Hasta más ver.
Apenas marchó Salustio, saltó Manueclass="underline"
– Ya estoy harto de despacho. ¿Y si nos vamos a estirar las piernas, don Lotario?
– A estirar las piernas y a tomar un poco el aire, porque Salustio ha dejado el despacho cargado de culos.
– Es verdad -coreó riéndose Manuel-, los dos compradores de bandolina que ha dicho hay que identificarlos por el culo… Y a todo esto, don Lotario, nada me ha contado de Alicante.
– Lo que en todos sitios. A la gente sólo le gusta hacer lo que repiten los demás. En verano, enseñar las carnes y hacer como que se divierten, aunque estén pisándose unos a otros en la arena y orinándose en la misma ola.