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El caso de la mosca dorada

Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:

Una joven y temperamental actriz, a quien la totalidad de su compañía teatral detesta, muere asesinada en Oxford, en extrañas circunstancias, durante los ensayosde una nueva obra. Afortunadamente para la policía el crimen ocurre en la propia Facultad donde Gervase y Fen, hombre de letras y detective aficionado, imparte su enseñanza.
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
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«Dos o tres días pasaron sin novedad, aparte de que los obreros no parecían trabajar muy a gusto en la antecámara, y uno de los muchachos del coro tuvo un ataque de histeria una mañana, durante el Venite, sin que después pudiera recordar qué lo había provocado, y hubo que sacarlo al patio. Además el polvillo de yeso levantado durante las demoliciones no parecía dispuesto a asentarse nunca, pese a que en la capilla casi no había corriente, y seguía flotando en nieblas y nubes en miniatura; a la larga, en vez de disiparse llegó a ser tan espeso y molesto que hubo que suspender los servicios de emergencia, con gran disgusto del capellán, que tenía ideas propias al respecto y que desde su lecho de enfermo anunció que por lo menos habían tenido un valor preventivo; pero sus protestas chocaron contra un muro de cortés indiferencia.

»Y así llegamos a Mr. Archer, el decano, un hombre meritorio que ocupaba uno de los primeros puestos en la vanguardia intelectual de su tiempo, vanguardia que consistía en una adhesión sin reservas al racionalismo y una admiración concomitante por hombres de la talla de Spencer, Darwin y William Morris. Imagino que sus libros de cabecera debían de ser los ataques de Gibbon contra el Cristianismo, y los trozos más solemnes de Voltaire, y como es lógico, no había demostrado mayor interés, de ninguna clase, en la restauración de la capilla; recuerdo que simplemente solía comentar, sotto voce, que si echaban abajo la capilla íntegra no se perdería gran cosa. Parece ser que cierta noche (esto lo supe por boca de un profesor que era su amigo íntimo) permaneció leyendo hasta tarde y después de vaciar su pipa antes de irse a la cama apagó la luz y, acercándose a la ventana, miró el jardín. Era una noche serena, sin nada de viento, con pocas nubes en el cielo y una luna pálida, anémica (que lo movió, si mal no recuerdo, a citar las líneas apropiadas de Shelley), y a primera vista algo en el aspecto del lugar le llamó la atención, algo raro, fuera de lo común. Interrogado después, sólo pudo decir que tuvo la impresión de que alguien había estado registrando el jardín de punta a punta, buscando algo con prisa febril. Por todo el jardín, las plantas aparecían movidas, apartadas como por obra de una ráfaga de viento súbita, y entonces, entre fascinado y despavorido, notó entre uno y otro macizos un movimiento irregular (como si alguien corriera entre ellos), algo demasiado metódico y definido como para que resultara tranquilizador. Evidentemente al principio se llevó un susto mayúsculo, y justo es reconocerle el mérito de haberse quedado junto a la ventana en vez de ir en busca de una compañía más grata que eso que había en el jardín. A los pocos minutos su obstinación halló recompensa; detrás de los macizos que hay en el lado opuesto del parque vio emerger una forma oscura, la vio mirar furtivamente alrededor y echar a correr hacia el colegio como alma que lleva el diablo. Cuando la forma estuvo más cerca, Archer reconoció a Parks, el organista becado de la época, y también vio que tenía el rostro transfigurado de miedo. Lo vio zambullirse en la seguridad del colegio, y cuando Archer desvió la vista hacia el jardín le pareció ver todo en orden, no se movía una hoja; apenas si, de reojo, alcanzó a divisar algo blanco en el lado sur de la capilla, en la parte que da al jardín. Pero cuando, de muy buena gana, asomó la cabeza por la ventana para ver mejor, comprobó que, fuera lo que fuese lo que había visto, ya no estaba.

»Ahora bien, ¿qué hacer entonces? Era más de la una, y todo parecía indicar que Parks había usado el medio menos normal para entrar en el colegio: había escalado el alto muro almenado del fondo. En ese caso una represión disciplinaria en caliente, por así decir, le proporcionaría la perfecta excusa para averiguar qué lo había asustado tanto. Quizá debo explicar que en esa época el decano ocupaba estas mismas habitaciones, y que entonces, como ahora, el organista se alojaba en el cuarto que queda justo debajo de éste, ahora ocupado por Fellowes.

Fen gruñó. Nigel echó una mirada fugaz a la ventana por la que debía de haberse asomado Archer, más de medio siglo atrás, y se sintió menos cómodo de lo que habría creído posible. Ahora la habitación estaba a oscuras, pero nadie sugirió la conveniencia de encender la luz. «Ojalá», deseó, «alguien lo sugiera».

– La cuestión es que Archer bajó a ver a Parks y, para abreviar, lo encontró pálido y tembloroso, pero con parte de su confianza restablecida. Admitió francamente que se le había hecho tarde en el pueblo y que para entrar había escalado la tapia. Pero cuando el decano lo apremió para que dijera qué era lo que lo había sobresaltado de ese modo, sus palabras perdieron coherencia y se mostró muy poco dispuesto a hablar del asunto. Aparentemente había trepado el muro sin dificultad (hecho del que Archer tomó buena nota con vistas al futuro), pero al saltar desde lo alto al jardín aterrizó por así decir en brazos de algo que parecía estar esperándolo y acerca de lo que sólo sabía que tenía huesos y dientes, que algunos de éstos parecían rotos, y que la cosa se había movido con paso vacilante, arrastrando una pierna. Ésa, suponía Parks, era la razón de que no hubiera podido darle alcance; aunque Archer, que había presenciado la extraña búsqueda, tenía sus dudas al respecto.

»En síntesis, Archer volvió a la cama, un poco preocupado por haber tenido que dejar a Parks solo y no muy feliz con su propia soledad, pero convencido en fin de que el episodio había sido intrascendente, y de que, por el momento al menos, no había motivo de alarma. Leyó un capítulo de Bradlaugh antes de apagar la luz, sin extraer de la lectura el placer habitual, y le costó conciliar el sueño. A la mañana siguiente Parks apareció vivito y coleando, más tranquilo y hasta, si se quiere, ufano después de su aventura, ya que dadas las circunstancias el decano no había creído prudente castigarlo por la trasnochada. Más entrada esa tarde, sin embargo, oyeron un alarido espantoso que procedía de su cuarto. Naturalmente corrieron a prestarle ayuda, Archer a la cabeza, pero era demasiado tarde. Parks yacía tendido en el suelo, con la cabeza destrozada, pero del arma no había rastros.

– ¡Dios santo! -exclamó Sir Richard-. ¡Asesinado!

– Sí, si quiere llamarlo así. Parece ser que su único grito coherente era la palabra arce, que si la memoria no me falla quiere decir «apártalo» en latín. Y en realidad todos cuantos lo oyeron estuvieron de acuerdo en afirmar que en afecto era esa la palabra, aun cuando nadie alcanzaba a imaginar por qué el muchacho había hablado en latín en semejantes circunstancias, máxime teniendo en cuenta que no estudiaba los clásicos. Lo único que cabía suponer era que el asunto de las inscripciones descubiertas en la capilla lo había impresionado demasiado (dicho sea de paso, el infeliz había demostrado gran interés en ellas), y que después de su aventura de la víspera había pensado en la frase como una especie de talismán, por si tenía otro encuentro de ese tipo. Creo que después establecieron que la palabrita tiene no sé qué papel en un ritual de exorcismo, y puede que imaginara que le sería de utilidad, aunque Dios sabe que llegado el momento le sirvió de bien poco.

– ¿Y nunca descubrieron nada? -preguntó Nigel.

– Lógicamente la policía investigó el caso, pero no sacaron nada en limpio, y el veredicto fue el de siempre: asesinado a mano de persona o personas desconocidas.

– Y usted, ¿qué opina?

Wilkes se encogió de hombros.

– Me inclino a compartir la opinión de las autoridades del colegio. Tras una breve consulta, ordenaron volver a revestir la pared, lo que se hizo en seguida, y transferir la anónima advertencia del siglo dieciocho a una placa pequeña colocada en el exterior, donde todavía pueden verla. Dicho sea de paso, el bibliotecario descubrió una corta anotación donde constaba la demolición anterior (hecha para facilitar la erección de una tumba), y parece ser que parte de la muerte en sí, entonces pasó algo similar. Pregunté al capellán, hombre que a sus inquietudes más normales por la Omnipotencia unía un sano respeto por el enemigo maligno, qué pensaba sobre el objeto de la extraña búsqueda. «En la Biblia se hace referencia a alguien que sale en busca de algo para devorar», me contestó secamente, pero fuera de eso no pude sacarle nada. Creo que la idea de que uno de sus feligreses se hubiera apartado de la buena senda no cayó muy en gracia a su alma anglicana.

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