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El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]

Электронная книга - «El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]». Краткое содержание книги:

Los comerciantes hani y sus antiguos enemigos, los kif, coexisten en precaria paz en la estación Punto de Encuentro. Hasta que el Extraño aparece y provoca la gran conmoción que acabará poniendo en peligro el pacto interestelar entre diversas especies. La capitana hani Pyanfar Chanur deberá afrontar la persecución de los kif, con la ayuda de los mahendo sat y la constante presencia de los misteriosos knnn. Y todo ello sin olvidar la defensa de la mismísima casa de Chanur en su planeta natal.
Una saga espacial que moderniza lo mejor de la clásica space opera y que da inicio a una tetralogía que hará historia dentro del genero.
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Cuantío vuelva a casa, se prometió, haré que instalen esa otra batería de cañones, cueste lo que cueste.

Cuando vuelva a casa.

Frunció el ceño, quitando la grabación: ésta había llegado ya al punto en que Pyanfar había entrado en el puente. Las transmisiones actuales eran pocas y muy escuetas. Ten dría que hacer subir a alguien para que permaneciera constantemente vigilando el flujo de comunicaciones: Hilfy lo haría muy bien. Pero no eran una nave de combate y no podían prescindir de personal para la batalla. Eran seis, con sus tareas acostumbradas y un prisionero al que vigilar; tenían que trazar un rumbo y efectuar comprobaciones después del salto, aparte de muchos sistemas sobre los cuales había que estar bien segura. Existía también la posibilidad de que debieran ponerse en movimiento y defenderse en cualquier instante, lo cual significaba que tres miembros de la tripulación debían estar tanto mental como físicamente listas para la acción en cualquier instante, sin importar la hora. Los mecanismos automáticos que gobernaban la Orgullo en sus funciones cotidianas no servían ahora de mucho: los sistemas habían quedado sobrecargados tras un salto que la nave no había sido diseñada para efectuar, aparte del problema de seguridad representado por un pasajero de raza extraña que posiblemente estuviera chalado. ¡Dioses! Reforzó la alarma de su sensor, activada por un transmisor, y avisó al turno de guardia que se iba a encargar durante un rato de los monitores, para aliviarlas así un poco de tal responsabilidad.

—Se encuentra bien —le dijo Geran en cuanto al Extraño—, está descansando un poco.

Magnífico, pensó Pyanfar, Al menos, que alguien descanse.

Acabó yendo a la cocina. No tenía apetito pero sentía los miembros débiles a causa de la falta de alimento. Calentó una ración que tomó del frigorífico y se obligó a comerla pese a las ansiosas protestas de su estómago, arrojando luego los desechos en el esterilizador. Después regresó a su camarote para ver si podía reposar un poco.

Estaba demasiado nerviosa para dormir. Se dedicó a ir de un lado para otro sin objeto y, después de haber puesto los mapas en orden, tomó asiento para examinar una y otra vez las alternativas posibles en vista de los factores que ya conocía demasiado bien. Por último, decidió olvidarse de ello y acabó activando la consola que tenía junto al lecho para entrar en conexión con la terminal del Extraño, utilizando los códigos de acceso adecuados a través del computador principal. Estaba trabajando de nuevo: oyó la voz del Extraño y vio también los símbolos que iban surgiendo al funcionar las teclas del traductor. Las estaba utilizando metódicamente una detrás de otra y al conectar Pyanfar el comunicador oyó la voz de Chur, ayudándole: por los sonidos supuso que quizás estuviera usando también algo de mímica para hacerse entender. De vez en cuando había símbolos que la máquina no podía representar o quizá sólo fueran interferencias de Chur tratando de aclarar algún punto más oscuro. Pyanfar cortó la comunicación y la recepción del traductor y se quedó contemplando la pantalla apagada. Por el sensor que llevaba en el cinturón seguían llegándole las transmisiones de Urtur, con el volumen al mínimo e igualmente nada tranquilizadoras en cuanto a su contenido. La estación estaba aconsejándole a las naves mahendo’sat que no huyeran y se dejaran registrar si las abordaba algún kif y, caso de estar cerca de la estación, que acudieran a ella para encontrarse más seguras.

Una voz hani preguntó algo.

¡Hani!

Pyanfar saltó de su cama con la sensación de que las paredes de pronto se habían vuelto transparentes ante la fuerza avasalladora de esa imagen: la estación, una nave hani atracada en el dique y los kif pidiendo entrar en ella para moverse a su antojo. El desenlace no importaba, ya que había tenido lugar hacía mucho. La Orgullo estaba separada de esa nave hani y de los kif no sólo por el espacio, sino también por el tiempo y ahora, derivando a ciegas en el vacío, Pyanfar nada podía hacer para ayudarles.

—¡Dioses! —bufó, empujando la silla que tenía delante a lo largo de su riel con un fuerte golpe. En el muelle de la estación había una nave Faha, la Buscaestrellas de Faha, y tanto la casa como la compañía eran aliadas de Chanur. La primera mujer de su hermano Kohan fue Huran Faha. ¡La madre de Hilfy, en el nombre de los dioses! Había lazos, pactos, acuerdos de alianza…

Y Hilfy.

Los mahendo’sat de la estación le pidieron a la nave hani que mantuviera la calma. Los mahe habían confesado que no tenían ninguna intención de verse implicados en un problema de los kif y no iban a dejar que los actos temerarios de alguna hani les ocasionaran problemas.

Los hani pedían información; los kif perseguían a una nave de Chanur. La nave Faha lo había estado oyendo todo y se había estado poniendo cada vez más nerviosa: ahora quería respuestas. Sabía que todo el diálogo estaba teniendo lugar por circuito abierto, al igual que la estación sabía muy bien lo que pretendía la nave Faha al causar tantos problemas con su transmisión, asegurándose de que toda la información contenida en ella surcaba la oscuridad del espacio hasta llegar, muy posiblemente, a oídos de la nave Chanur.

Oh, dioses, oh, dioses. Así que después de todo había un aliado haciendo por ellos todo lo que en ese momento podía hacerse… y ninguna de las dos naves podía enfrentarse directamente al enemigo.

Pyanfar puso nuevamente la silla en su sitio y se instaló en ella, absorta durante unos minutos en lo que oía. No hubo demasiada información nueva: la ráfaga de señales les había llegado a través del sistema de largo alcance de la estación o quizá de la Buscaestrellas. Una serie de informaciones como un faro encendido para iluminar la oscuridad del sistema, deliberada y conscientemente. Si habían imaginado que la Orgullo se encontraba ahí, entonces también eran capaces de imaginarlo los kif.

Hubo ecos y repeticiones del mensaje: el sistema de comunicaciones lo estaba clasificando, colocando las transmisiones según su grado de claridad y el vello de la nuca de Pyanfar se erizó súbitamente al darse cuenta con gratitud de que todas las naves esparcidas por el sistema habían empezado a retransmitir ese mismo mensaje, dejando que se difundiera cual una serie de ondulaciones en la tranquila superficie de un estanque, como lanzando así un desafío masivo a los kif. Y los kif no habían ordenado el silencio… al menos de momento. No estaban en condiciones de hacer cumplir tal orden, dados los límites actuales de su agresión a Urtur, pero esos límites podían cambiar. La información seguía extendiéndose como un grito repetido por una multitud de gargantas: pese a que en su origen se había extinguido hacía mucho tiempo, aún seguía viajando por el espacio.

Por una vez encontró a Hilfy allí donde teóricamente debía estar: en su camarote, dormida. Al oír la voz soñolienta que le contestó por el intercomunicador de la puerta Pyanfar vaciló un instante, pero sólo un instante.

—Levanta —dijo por el comunicador—, tengo algo que contarte.

Hilfy la obedeció sin tardanza. La puerta se abrió para revelar su rostro en el umbral, aún algo hinchado a causa del sueño y torciendo el gesto ante la luz que llegaba del corredor. No se había detenido el tiempo suficiente para vestirse.

Pyanfar pasó junto a ella, esperó unos momentos mientras Hilfy aumentaba la intensidad de luz en el camarote y alzó la mano para indicarle que no hacía ninguna falta que la pusiera al máximo. La habitación había llegado a pertenecerle como propia gracias a una serie de toques personales muy típicos del estilo Chanur, aún más presente aquí que en el camarote de Pyanfar: los muros estaban llenos de recuerdos, imágenes de las montañas de su mundo natal y las anchas llanuras de las tierras de Chanur y un cuadro de la Residencia, con sus piedras doradas a las que daban sombra profusos emparrados. Pyanfar miró lo que la rodeaba y luego sus ojos volvieron a Hilfy.

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