La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Por la tarde Louise fue a ver a Lucile. Se sentía sola, aunque no quería reconocerlo. Si se quedaba en casa, tendría que soportar la compañía de su madre. Angélique se había llevado a los niños unos días al campo; en su ausencia, y cuando su marido no estaba en casa, Louise se comportaba como una adolescente, brincando por la casa, subiendo y bajando deprisa por las escaleras. Cuando se quejaba de que no tenía nada que hacer, Danton contestaba: «Ve a comprarte algo.» Pero no le apetecía comprarse nada y no se atrevía a reformar la vivienda. Suponía que su marido prefería que todo siguiera igual como lo había dejado Gabrielle.
Hace dieciocho meses, hubiera podido acudir por las tardes como esposa de Danton a los salones por los que corrían los rumores más mordaces de la capital, para sentarse con aire envarado entre las esposas de los ministros y diputados de París, unas mujeres engreídas de treinta y tantos años que habían leído las últimas novedades literarias y hablaban sobre las aventuras sentimentales de sus maridos con manifiesto aburrimiento. Pero ése no era el estilo de Louise. Por otra parte, le bastaba y sobraba con tener que atender a las visitas que recibían. En esas ocasiones, o no sabía qué decir o resultaba demasiado franca. Las cosas que decían le parecían tan triviales que estaba convencida de que debían encerrar un doble sentido que a ella se le escapaba. No tenía más remedio que participar en esos juegos de sociedad. En consideración a su posición social, le habían facilitado un «libro de normas», pero aún no había aprendido a dominarlas.
Así pues, donde mejor se encontraba era en la casa de los Desmoulins. Últimamente Lucile estaba siempre en compañía de su familia y de algunos buenos amigos; según decía, las estupideces de la alta sociedad le aburrían. Louise se sentaba en el cuarto de estar, tratando de reconstruir el pasado reciente con los retazos de la conversación. A diferencia de ella, que siempre le hacía preguntas personales, Lucile jamás le interrogaba sobre su vida privada. Algunas veces hablaban sobre Gabrielle, suavemente, como si todavía estuviera viva.
– Te noto un poco deprimida -le dijo Louise.
– Tengo que terminar de escribir esto -respondió Lucile-. Luego estaré contigo y trataré de animarme.
Louise jugó un rato con el niño, un bebé que parecía un muñeco y que era imposible que fuera hijo de Danton. El niño hablaba sin parar en un lenguaje incomprensible, como si supiera que era hijo de un político. Cuando la nodriza se lo llevó para acostarlo, Louise cogió la guitarra y la rasgueó suavemente.
– Creo que no tengo el menor talento -confesó a Lucile.
– Deberías empezar por tocar las piezas más fáciles. Pero no me hagas caso, yo no practico nunca.
– Antes solías acudir por las tardes a las exposiciones de arte y a los conciertos, pero últimamente te dedicas únicamente a leer y a escribir cartas. ¿A quién escribes?
– A varias personas. Mantengo correspondencia con el ciudadano Fréron, un viejo amigo de la familia.
– Le tienes un gran afecto, ¿no es cierto? -inquirió Louise con curiosidad.
– Sobre todo cuanto está fuera -contestó Lucile sonriendo.
– ¿Te casarías con él si te quedaras viuda?
– Ya está casado.
– Pero podría divorciarse. O quizá muriera su esposa.
– Eso sería una gran casualidad, ¿no te parece? ¿A qué vienen esas preguntas?
– Existen muchas enfermedades. Nunca se sabe.
– Eso solía pensar yo al principio de casada, cuando tenía miedo de todo.
– Pero si te quedaras viuda, ¿no volverías a casarte?
– No.
– No creo que Camille quisiera eso.
– No sé qué te hace pensarlo. Es muy egoísta.
– Si tú murieras, estoy segura de que él volvería a contraer matrimonio.
– Al cabo de una semana -dijo Lucile-. En caso de que mi padre también falleciera. De acuerdo con esas perspectivas que planteas, es decir, que la gente muriera como moscas, no sería nada improbable.
– Pero deben de existir otros hombres con los que te gustaría casarte.
– No se me ocurre ninguno. Excepto Georges.
Así era como Lucile ponía fin a las conversaciones cuando creía que Louise se inmiscuía demasiado en su intimidad, recordándole brutalmente cómo estaban las cosas. No disfrutaba con ello, pero sabía que otras personas tenían menos escrúpulos. Louise permaneció en silencio, contemplando las ruinas del año, bajo la luz gris azulada, tratando de tocar unas piezas que le resultaban muy difíciles. Camille estaba en su despacho, trabajando. El único sonido que se percibía en la vivienda eran los acordes disonantes de la guitarra.
A las cuatro apareció Camille con un montón de papeles y se sentó en el suelo, frente al fuego. Lucile cogió los papeles y se puso a leerlos. Al cabo de un rato alzó la cabeza y dijo:
– Es muy bueno, lo mejor que has escrito.
– ¿Quieres leerlo, Louise? -preguntó Camille-. Contiene muchos elogios a tu marido.
– Georges no quiere que me meta en asuntos de política.
– No le importaría si estuvieras bien informada. Lo que no le gustan son tus estúpidos y vulgares prejuicios.
– Es una niña, Camille -dijo Lolotte suavemente-. ¿Cómo quieres que esté informada?
A las cinco apareció Robespierre.
– ¿Cómo estás, ciudadana Danton? -preguntó a Louise como si fuera una persona adulta. Luego besó a Lucile en la mejilla y dio unas palmaditas a Camille en la cabeza. La nodriza entró con el niño para que Max saludara a su ahijado-. ¿Cómo estás, muchachote?
– No se lo preguntes -dijo Camille-. Es capaz de soltarte un discurso de cinco horas, totalmente incomprensible, como solía hacer Necker.
– No me parece que tenga aspecto de banquero -observó Robespierre, abrazando al niño-. ¿Crees que será miembro del colegio de abogados de París?
– No, será poeta -respondió Camille-. Se instalará en el campo y se dedicará a vivir bien y a divertirse.
– Es probable. Dudo que su aburrido abuelo consiga conducirlo por el camino recto. -Robespierre depositó al pequeño en brazos de su padre y se sentó en una silla junto al fuego-. Cuando las pruebas estén listas, dile a Desenne que me las envíe. Me gustaría leer el manuscrito, pero no consigo entender tu letra.
– Quiero que corrijas las pruebas, pero no toques la puntuación.
– No temas, Camille d’Églantine -contestó Robespierre socarronamente-. A nadie le interesa la puntuación sino el contenido.
– Es evidente que jamás conseguirás un premio literario.
– Creí que eras el cuerpo y alma del nuevo periódico, y que te habías entregado a él con fervor.
– Así es, pero la puntuación no deja de ser importante.
– ¿Cuándo saldrá el segundo número?
– Está previsto que aparezca cada cinco días (el 5 de diciembre, el 10, ci-devant Navidades, etcétera) hasta que alcancemos nuestros objetivos.
Tras dudar unos instantes, Robespierre dijo:
– Confío en que me lo muestres todo, porque no quiero que me atribuyas cosas que no he dicho ni opiniones que no sostengo.
– ¿Me crees capaz de ello?
– Sí. Hasta tu hijo te mira con recelo, como si te conociera. ¿Qué nombre vas a poner al periódico?
– El viejo cordelier. Georges-Jacques solía referirse a nosotros como «los viejos cordeliers».
– Me gusta. Eso coloca a los nuevos cordeliers en su lugar -dijo Robespierre, dirigiéndose a las mujeres-. Los nuevos cordeliers no representan nada, se limitan a criticar y tratar de destruir lo que hacen los demás. Pero los viejos cordeliers sabían qué clase de revolución querían imponer y arriesgaron sus vidas para conseguirlo. Cuando vuelvo la vista atrás me doy cuenta de que vivíamos una época realmente heroica, aunque entonces no nos lo pareciera.