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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Paz, al leer esto, se encalabrinó.

– ¡Como me haga una faena -le dijo a Damián-, lo mato!

– Por favor, muñeca, no digas eso… -le riñó el director de la Gerona Jazz-. Pachín dará muchos días de gloria a España con sus cabezazos. Respétalo… Ahora que tienes piso nuevo, debes empezar a ser patriota.

– Eres un bruto -gruñó Paz-. Un botarate… ¡Yo también ficharé por alguna orquesta de Barcelona!

– Ni pensarlo -replicaba Damián, moviendo la cabeza-. Aquí eres "sensacional". En Barcelona serías una más… A menos que te decidieras por algún cabaret, lo que a Pachín le sentaría como una patada en las espinillas…

El gran consuelo de Paz era su tío Matías, al que visitaba en Telégrafos con frecuencia. La sonrisa de Matías al verla la compensaba de muchos sinsabores. "¡Entra, entra, sobrinita! Me ayudarás a pegar estos telegramas…" Paz pegaba uno siempre, simbólicamente, en el papel azul. Y luego se sentaba a fumar un pitillo con su tío y con el depurado Marcos.

– Estoy reventada… Anoche terminamos a las cuatro…

– ¿Qué te ocurre? ¿Estás afónica?

– Siempre lo estoy por las mañanas. Y no debería fumar… Luego, después de comer, se me pasa.

– ¿Quieres tomarte un café?

– Bueno…

Marcos, al oír esto, se levantaba y le ofrecía el termo que llevaba siempre consigo, mucho más pequeño que el que les fue entregado a los voluntarios de la División que salieron para Rusia.

El otro consuelo de Paz era Gol, el gato, que ahora, en el nuevo piso, vivía como en un mundo alucinante. Gol echaba de menos -y a veces a su ama le ocurría lo mismo- los mugrientos rincones del piso que fue del Cojo.

¿Y Marta…? ¿Qué era de Marta en aquella estación veraniega?

Lo de siempre: el Campamento en Aiguafreda, el Campamento llamado División Azul… Tomó posesión de él dos días después de la marcha de los divisionarios. Y en él pasaba las horas intentando olvidar a Ignacio. Para ello hacía cantar a las chicas una y otra vez el himno Prietas las filas y una melodía cuya letra decía:

Bajo el sol y cara al mar está nuestro campamento de educación y solaz…

Lo cual no significaba que la vida le resultara monótona. Siempre ocurrían cosas, y siempre había algo que celebrar. Por ejemplo, el 3 de agosto hubo gran holgorio en el Campamento. Había sido declarado Día del Amanecer, no en atención al periódico gerundense sino a que en tal fecha Cristóbal Colón salió por primera vez rumbo a América… Día de América. Marta hizo a las niñas a su cargo un discurso que le salió muy bien. Cantó la gesta de los Reyes Católicos y de los conquistadores castellanos y extremeños. Añadió que, según varios historiadores, era muy posible que Colón no fuera italiano, sino español, y explicó a su adolescente auditorio que los primeros grandes cartógrafos del mundo fueron asimismo españoles -exactamente mallorquines y catalanes- y que a ellos se debía el primer mapa del Mediterráneo, de aquel mar ilustre en cuyas orillas tenían ellas instalado el Campamento.

Otra fecha importante en Aiguafreda fue el 8 de agosto. El día 8 de agosto murieron, en circunstancias muy diversas, Bruno Mussolini, hijo del Duce, y Rabindranath Tagore, el poeta indio preferido de Gracia Andújar.

Bruno Mussolini murió en accidente de aviación en los alrededores de Pisa. Su vida joven y heroica se inclinó mucho más que la famosa Torre de dicha ciudad; y el Duce acudió a llorar a su lado. En cuanto a Rabindranath Tagore, murió, a los ochenta años de edad, en Calcuta, víctima de una grave dolencia. Su legendaria barba se quedó yerta para siempre, y acudieron a llorarlo todos los poetas jóvenes de la tierra.

Marta trazó rápidamente la semblanza de los dos hombres. De Bruno Mussolini dijo que a los diecisiete años abandonó estudios y familia para ir a luchar a Etiopía, y que desde entonces había servido, siempre como aviador, a su patria… y a España, puesto que combatió en una escuadrilla italiana cuando la guerra civil española. "Ha muerto como un héroe, mientras probaba un nuevo tipo de cuatrimotor de bombardeo". De Rabindranath Tagore dijo que a los dieciocho años había escrito ya siete mil versos y que fue también un gran patriota, que defendió toda su vida la causa de su pueblo, la India, contra el colonialismo inglés. "Hace diez años devolvió al Rey de Inglaterra todas las condecoraciones que había recibido de sus manos, por considerarlas símbolos de deshonor, puesto que la policía británica efectuó por aquellas fechas una cruel matanza entre la población india".

– Camaradas, recemos, junto a la hoguera de este Campamento, un padrenuestro por el alma de Bruno Mussolini, símbolo de la juventud heroica, y otro padrenuestro por el alma de Rabindranath Tagore, símbolo de la vejez y de la sabiduría. Los dos acaban de escribir, cada cual a su manera, su último verso. Que Dios los tenga en su gloria.

Ignacio, aquel verano, vivía dos vidas: una, la de Gerona, con sus padres, con Manolo, con su trabajo, con Pilar; otra, la de los fines de semana, con sus visitas a Adela, en Playa de Aro, y a Ana María, en San Feliu de Guíxols.

Con respecto a Ana María, Ignacio disfrutaba en aquellos meses de una gran ventaja: don Rosendo Sarró, muy ocupado con el volframio y similares, estaba siempre de viaje o al frente de su despacho en Barcelona. Apenas si hacía alguna que otra escapada a San Feliu de Guíxols. Ello dejaba el campo libre a la pareja, pues la madre de Ana María había terminado por decirle a su hija: "Conoces mi criterio: creo que te estás precipitando. Pero considero que ya eres mayorcita. Por lo tanto, haz lo que quieras".

La vida de Ignacio en Gerona era intensa. El ritmo lento que el calor había marcado a la ciudad no rezaba para él. La salud del muchacho era tan espléndida que le sobraban energías. Había perdido hasta la costumbre de dormir la siesta. Ahora, después de comer, se dedicaba a escribir cartas. Le había entrado la comezón de la correspondencia, un poco porque descubrió que llegar a casa y oír que su madre le decía: "Hay varias cartas para ti", lo hacía sentirse importante. Rasgaba los sobres con aire disimuladamente solemne, enarcando un poco las cejas. Luego guardaba las cartas en el bolsillo, sin dar explicaciones; a veces se acercaba al balcón del comedor y, pese a las ordenanzas municipales, tiraba los sobre al río.

Naturalmente, escribía a Ana María, pero también a antiguos camaradas de la Compañía de Esquiadores, cuyo paradero de pronto le interesó. Entre éstos se contaba Moncho, ¡que había terminado, en junio, la carrera de Medicina! Le escribió tres veces en quince días, rogándole que fuera a Gerona a verlo. Por fin Moncho accedió. También escribió, con la excusa de hablarles de Cacerola, a Royo y a Guillen, al Valle de Tena. De hecho, lo que persiguió al hacerlo fue cerciorarse de que los dos esquiadores con los que compartió tantas guardias y tanto frío y que se pasaron la guerra hablando de vacas y de mujeres, no sabían apenas pergeñar unas líneas y cometían más faltas de ortografía que Paz. Escribió también a Toulouse, a madame Geneviéve Bidot, preguntándole por José Alvear, de quien no sabían nada. Contestó a Julio García. Una carta larga, en la que le daba al ex policía amplias noticias de la actualidad gerundense y le pedía que le enviara revistas norteamericanas. Escribió a Ezequiel. ¡Y a David y Olga!, de quienes había recibido por Navidad una tarjeta con las señas. Sí, de repente Ignacio sintió necesidad de volver a conectar con los maestros. El verano tuvo la culpa de ello: el recuerdo de Olga saliendo del mar a medianoche… ¿Qué estarían haciendo en Méjico, aparte de publicar libros que el obispo de Gerona hubiera juzgado perversos? David y Olga le contestaron a vuelta de correo… Sus palabras rebosaban de cariño y de nostalgia. Le repetían mil veces "Querido Ignacio". Estaban bien, dedicados a la editorial, a organizar actos culturales en el Centro Catalán y a redactar, ¡otra vez!, un Manual de Pedagogía…, ahora con la experiencia acumulada con la derrota. Además le decían que "un español no era del todo español, no estaba completo, si no conocía a Méjico".

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