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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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– Curioso… -comentó Ignacio, para sí-. Ahora resultará que soy español sólo a medias.

No obstante, se dio cuenta de que seguía queriendo también mucho a los dos maestros y que el vacío que su marcha había dejado en él no podría colmarlo nadie.

Al margen de su sarampión epistolar, Ignacio trabajaba lo suyo en el bufete de Manolo. Precisamente en aquel mes de agosto se produjo el primer choque entre los dos abogados: Manolo-Mijares. Un asunto de límite de propiedad. La Constructora Gerundense, S. A., compró unos terrenos para instalar una fábrica de papel y los propietarios colindantes pleitearon. Había una cláusula confusa en las escrituras y dichos propietarios se sintieron lesionados en sus intereses. Mijares defendería a la Constructora Gerundense, S. A., y Manolo a la parte demandante.

– Algún día tenía que llegar -le dijo Manolo a Ignacio-. Ya estamos frente a los hermanos Costa. Y voy a profetizarte algo: antes de un año tendremos que habérnoslas con tu futuro suegro… No sé qué va a ocurrir, pero ocurrirá algo. Y ése será el primer pleito que defenderás tú sólito, en la Audiencia.

Ignacio se llevó las manos a la cabeza.

– ¡No, por favor! ¡Eso no…!

Manolo lo miró irónicamente.

– ¿Qué te ocurre, Ignacio? Algún día has de hacer oír tu voz en la Sala, ¿no crees? -Viendo que Ignacio seguía con cara de susto, añadió-: Si, llegado ese día, no has reaccionado aún, le pediremos a tu prima que te preste el micrófono…

Ésa era la gran fuerza de Manolo: su sentido del humor. Manolo lo atribuía a que había leído mucho a Chesterton y a Bernard Shaw, y no era cierto. Era algo innato, y la vida lo divertía. Gozaba viviendo y buscándoles matices a las situaciones. "Si no le diéramos color a ese acto extraño que es respirar, los días se harían interminables", solía decir.

Ignacio había comprobado esto con motivo de la ausencia de Esther. Manolo no sólo superó su tristeza inicial, sino que aprovechó al máximo su independencia. En una de las cenas que organizaron los dos en el casi solitario restaurante de la Barca, desde cuya terraza se oía discurrir el agua del Ter y el diálogo nocturno de los árboles de la orilla, el jefe de Ignacio le confesó a éste que había hecho honor al temperamento macho de la raza: había engañado a Esther, por primera vez desde que llevó a ésta al altar.

– Pero no temas. No ha sido con la doncella… Eso hubiera sido humillante para mi mujer. Y para mí… Me ha salido al paso una señora… ¡Bueno! El caso es que lo he aprovechado. Con alevosía y, naturalmente, con nocturnidad.

Ignacio se quedó perplejo… sólo a medias. Estaba acostumbrado a confesiones de esa índole. Todos los maridos adúlteros que conocía, aunque no hubieran estado en Méjico, no se consideraban españoles ciento por ciento si no le habían contado su aventura a un amigo. Él mismo, Ignacio, sin ser marido aún, ardía en deseos de contarle a alguien sus relaciones con Adela. Le faltaba este detalle para encontrarle todo su sabor.

– Así, pues… -dijo Ignacio, contestando a la confesión de Manolo-, lo que tú entiendes por darle color a la respiración es que Esther, a su regreso, no te encuentre desentrenado.

– Exacto.

Entonces Manolo se creyó en la obligación de disculparse.

– No es que alabe mi conducta, entiéndeme… Pero ese bochorno de agosto… ¿Te das cuenta?

Manolo encendió una pequeña pipa que acababa de comprarse. Pero la temperatura era tan tibia, que acto seguido la apagó y encendió un cigarrillo.

– Verás… Esther es muy celosa, ¿sabes? No puedes hacerte idea… ¡Sí, comprendo que te sorprenda! Lleva pantalones, juega al tenis, es liberal… Monsergas. En este asunto me tiene en un puño. Me controla al minuto. Y ahora resulta que tiene motivos para ser así… Ahora resulta que obra santamente…

Ignacio no sabía que decir.

– Me fastidia este control, Ignacio. Así que, en cuanto se ha presentado la ocasión, he traspuesto la barrera… como cada quisque.

El cigarrillo de Manolo punteó en la semioscuridad. Ignacio le preguntó a Manolo:

– Por curiosidad…Si Esther se enterase de esto, ¿te lo perdonaría?

Manolo abrió los ojos de par en par, con expresión cómica.

– ¡Ni pensarlo…! Se quedaría en Jerez con sus papas. Y borraría mi imagen de la memoria de mis hijos.

Ignacio porfió con malicia:

– Y si ella te hiciera a ti algo parecido, ¿qué?

Manolo se acomodó en el sillón.

– Me pegaría un tiro.

Ignacio movió la cabeza.

– Entonces… -dijo-, todo eso de Bernard Shaw y de Chesterton y de Oxford, nada… Entonces resulta que sois tan ingleses como pueda serlo mi amigo Cacerola.

Manolo se encogió de hombros.

– Así es…

Ignacio se quedó pensativo. En el fondo le había impresionado que Manolo hubiera engañado a Esther. Manolo se dio cuenta y le dijo:

– Todo esto te demostrará una cosa, Ignacio: el matrimonio es un compromiso extraño… En el mejor de los casos se sostiene por un hilo… -marcó una pausa-. La convivencia, entiéndelo… La convivencia es algo terriblemente difícil.

Nueva sorpresa. El tono de Manolo era reticente.

– Pero tú has tenido suerte, ¿no es cierto? Vuestro matrimonio… prácticamente es perfecto.

Manolo continuaba arrellanado en el sillón. El agua del Ter seguía bajando, al amparo de la noche.

– No lo creas… ¡En fin! No me considero desafortunado… Esther y yo… nos llevamos bien. Pero nos llevamos bien sobre todo cuando hay gente delante.

Ignacio se tomó de un sorbo el café que había dejado enfriar.

– ¿Quieres decir… que cuando estáis solos os peleáis?

– ¡No! Eso nunca… Es decir, en raras ocasiones. Nos queremos… ¡Por Dios, no pongas esa cara! Nos queremos, chico, nos queremos de verdad… La cosa no va por ahí. Pero te repito que la convivencia… ¡Oh, qué difícil resulta explicarle esto a un soltero!

– Lo siento, Manolo; pero si no me pones algún ejemplo…

– ¿Algún ejemplo…? -Manolo estaba tranquilo-. Pues verás. Entrar en el cuarto de baño cuando ella acaba de bañarse y encontrar el espejo empañado con el vaho caliente… Al principio, uno llega a respirar hondo ese vaho. Es íntimo. Es excitante. Ahora me fastidia. He de dominarme para no coger la toalla y hacer un claro en el espejo que me permita empezar a afeitarme…

Ignacio se rascó con el índice la ceja izquierda.

– Puedes afeitarte en otro momento, ¿no?

– ¡Ahí está! Claudicación… ¿Es que no me escuchas? Al principio ese vaho me gustaba…

– Ya…

Manolo prosiguió:

– Otro drama… Tú sabes que tenemos unas vértebras en la espalda, ¿verdad? Pues bien, exactamente la tercera, la tercera vértebra, le duele a Esther… He de darle friegas todas las noches, con una pomada que hasta ahora le mandaban de Gibraltar… -Manolo añadió-: Huele. Es una pomada que huele… Y además, en el contrato no figuraba que un día empezaría a dolerle a Esther la tercera vértebra.

Ignacio se rascó con el índice la ceja contraria, la derecha.

– Pero… ¡todo esto es una broma!

– ¿Una broma? ¿Has dicho una broma? -Manolo llamó al camarero para pedirle coñac-. ¡Bueno…! No hay nada peor que la insensibilidad. Y esta noche, querido Ignacio, eres insensible… Uh coñac, por favor.

El camarero viró en redondo y fue por la botella.

Manolo sonrió.

– ¡Ah, el matrimonio…! Me las sé todas, Ignacio. ¿Quieres otro matiz de la cuestión? Eso de adivinar lo que el otro está pensando… y de saberse de antemano los gestos que hará… Hay quien dice que ahí radica la felicidad. ¡Supongo que se referirá a la vejez! Y yo acabo de cumplir los treinta y seis… ¿No será que el hombre es polígamo?

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