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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Manolo se rió. El camarero llegó con la botella de coñac y dos copas, como si se hubiera dado cuenta de que Ignacio también necesitaba vigorizarse. Manolo esperó a que el camarero se fuera y luego prosiguió:

– Esther… Caprichosa… Con sus pantalones de raya perfecta… Con sus jerseys, que son un primor… ¡Demasiado elegante, Ignacio! Y yo he de imitarla, ponerme a tono… ¿Crees que me gusta ese sombrerito tirolés, que llevo en invierno? Pero he de hacer pendant… -Manolo se tomó de un trago el coñac-. ¡Ay, amigo mío, mi pasante…! A ti, con Ana María, va a ocurrirte algo parecido… Y eso que la prefiero mil veces a Marta, que a lo mejor ahora estaría en la División Azul… Sí, va a ocurrirte lo mismo, a menos que don Rosendo Sarró caiga en manos de la Fiscalía y lo manden a Garrapinillos… ¿Te fijaste en el dúo Esther-Ana María la noche de la procesión? Parecían gemelas… Ana María también ocupará el cuarto de baño antes que tú, y tú, para afeitarte, también tendrás que coger la toalla y hacer un claro en el espejo…

Ignacio hizo un esfuerzo y consiguió sonreír.

– ¡Bien! -dijo-. Pero yo tengo una gran ventaja sobre ti, por lo que veo: no me importará no hacer pendant. No llevaré nunca sombrerito tirolés.

Fuera de Gerona, Adela y Ana María…

Lo de Adela era una llama.

– Te necesito, Ignacio. Ven, acércate, abrázame…

Adela mandaba a los chicos y a la criada fuera, a jugar a la playa o a que pasaran la tarde en Torre Valentina, y esperaba el autocar que trajera a Ignacio. Desde la ventana lo veía pararse en la carretera. La casita que le había alquilado Marcos en Playa de Aro se erguía sobre un montículo, disponía de salita trasera, hacia el bosque. Era muy difícil que alguien los sorprendiera. No había vecinos. Y Marcos tenía guardia en Telégrafos, en Gerona, precisamente los sábados y los domingos.

Era una fusión erótica y nada más. Nada más por parte de Ignacio. Pero Adela le estaba tomando afecto al muchacho. "Eso… engendra cariño, ¿sabes?".

Adela era una experta en cuestiones de amor. Conocía el valor de un lunar pintado hoy aquí, mañana allá. Y sabía adoptar posturas, previamente ensayadas en el espejo -como se decía que Hitler preparaba sus discursos-, que hubieran puesto nervioso al propio Cefe, pintor de desnudos.

– Pero ¿dónde has aprendido todo eso, guapa? -le preguntaba Ignacio-. No será en el Kama-Sutra, ¿verdad?

– El Kama-Sutra… ¿Y eso qué es?

– Quiero decir que no creo que tu marido sea precisamente un maestro…

– ¡Ji, ji! Marcos… el pobre… ¿Me vas a obligar a decirte… que he conocido otros hombres antes que tú?

Adela quería darle celos a Ignacio.

– No te obligaré a nada, Adela… Anda, yo también te necesito. Ven, acércate…

Ignacio, antes de abandonar la casa, tenía que admirar el último bañador que Adela se había comprado. Y subir a la azotea, donde ella se ofrecía al sol. Y luego el chico se tomaba una merienda fenomenal.

– Hay una cosa que me horroriza: pensar que algún día puedo perderte…

– Pero, mujer… No me perderás nunca. ¿No ves que estoy loco por ti? ¿Te das cuenta de que expongo mi pellejo?

– Sí, pero… ¿y cuando te cases?

– ¡Por favor, Adela! Eso está muy lejos… Y además, ya veremos.

– Sí, claro, ya veremos… Yo querría una seguridad, ¿comprendes?

Por suerte, Adela sabía sonreír en el momento oportuno.

– Sí, tienes razón, Ignacio. Hay que vivir el presente… ¡Ay, bendita Playa de Aro! -Adela miraba hacia el mar-. ¿Quieres otra tostada con mantequilla?

– Pues… sí.

La despedida era siempre frenética. "Ahora, otra vez sola… Otra semana esperando el autocar".

En San Feliu de Guíxols, Ana María… Cambio de decoración. Allí lo que importaba mayormente no era lo presente sino lo futuro.

Ignacio llegaba cada semana a San Feliu abochornado. Cada vez tenía que inventar excusas, pues nunca sabía la hora de llegada. A Ana María le hubiera gustado ir a esperarlo a la estación. Precisamente aquel tren pequeño, asmático, le hacía gracia. Pero Ignacio le decía: "No te molestes. A lo mejor vengo con alguien en coche… No sé a qué hora terminaré el trabajo. Compréndelo".

Daba igual. Por fin se reunían y se iniciaba, hasta el domingo por la noche o hasta el lunes, aquel idilio profundo, sincero, que la anécdota de Adela y su lunar móvil no conseguía romper.

San Feliu de Guíxols estaba hermoso aquel verano. Las cicatrices de la guerra iban desapareciendo. Habían reparado y limpiado por completo el rompeolas y también, y a conciencia, el paseo del Mar. En el rompeolas circulaba siempre la brisa y desde la rotonda del faro se veía una gran extensión de azul. Y el agua al rebotar contra las rocas de contención arrancaban sonoridades misteriosas, que excitaban la imaginación de Ignacio. "¿Sabes, Ana María, que en el Manicomio hay un torrero que afirma que los peces se siembran?".

– ¿Cómo? ¡Qué curioso!

La imaginación de Ignacio era el mejor antídoto para Ana María, tocada a veces de una lógica excesiva. Ana María tenía una gran sensibilidad, pero le costaba inventar mundos. Los dibujos de Félix, el protegido de los hermanos Costa, la hubieran desconcertado. Estaba segura de que lo intocable no se podía ver. Mejor dicho, ella se sentía incapaz de ver lo intocable. En cambio, Ignacio le aseguraba que, pese a las teorías del doctor Chaos, el espíritu era más verdad que el cuerpo, los deseos más reales que la nariz y que en el interior de cada cosa habita un duende.

– Todo es subconsciente, ¿comprendes, Ana María? Nos movemos por impulsos ignorados, como esa agua que viene de lejos. Por impulsos que no son nuestros, que no nos pertenecen. A ti, por ejemplo, te asusta el viento. Lo he notado; a mí, por el contrario, me gusta. ¿Por qué será? Algún antepasado tuyo se vería envuelto en una galerna o en un huracán… A mí, como sabes, me dan asco los mariscos… Hay aquí algo oculto, remoto… Debes leer a Freud. ¡Y preguntarle qué son los sueños!

Por cierto, ¡si te contara lo que soñé anoche! Oh, sí, todo tiene un significado, incluso esa voracidad que nos invade a veces al ver una tostada de pan untada con mantequilla…

San Feliu de Guíxols estaba hermoso porque los pescadores, en los bancos del paseo del Mar, tomaban el sol y miraban el rizado del agua más allá del puerto y la Punta de Garbí, intentando profetizar el tiempo que haría. Ignacio decía que los pescadores miraban raramente al cielo, o que sólo lo hacían como orientación, con un sentido funcional. Lo que les interesaba de veras era el mar. "Los que miran al cielo son los campesinos, la tierra, la tierra escueta y parda, es terriblemente inexpresiva. Es mucho más expresivo el mar".

Una nota desagradable en el mar de San Feliu de Guíxols: el balandro de don Rosendo Sarró. Se lo habían construido durante el invierno, de acuerdo con sus instrucciones. Allí estaba, como una bandera, como una admonición. Blanco, con unas franjas encarnadas. Un poco como si fuera de la Cruz Roja… Se llamaba Victoria.

– ¿Por qué le pusisteis ese nombre? Debía llamarse Ana María…

– No, Ana María no le pega a un balandro. Aunque Victoria tampoco me gusta. No sé…

– Yo sí lo sé… -decía Ignacio-. Tu padre le puso un nombre autobiográfico.

Ana María se reía. "_ Aquel verano había mucha más gente que el anterior. Amistades de Ana María y de los padres de ésta. Ignacio fue presentado a ellas. Todavía Ana María no se atrevía a decir: "Mi novio…", o "mi prometido…" Decía: "Os presento a un amigo… Ignacio Alvear".

El nombre gustaba a las amigas de Ana María. Y les parecía bien que fuera abogado y que tuviera el pelo negro y unos ojos que perforaban las cosas. Ahora bien, ¿y su familia? ¿De qué familia era? Porque Ana María rehuía, durante la semana, salir a solas con otro muchacho…

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