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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Por otra parte, Gorki había perdido a José Alvear, con quien en las horas trágicas de la invasión alemana de Francia había hecho buenas migas. José Alvear permaneció unos meses con Gorki en Perpiñán, echando de menos a su madame Bidot, de Toulouse; pero de repente, enterado de que en la Francia ocupada, sobre todo por el Norte, se habían fundado embrionarias células de resistencia francesa, favorables a la Francia Libre de De Gaulle, había cruzado sin más la línea divisoria y se había ido primero a Lyon y luego a París, donde se encontró con Antonio Casal, muerto de miedo, dudando entre esconderse en cualquier chambre de bonne o irse a trabajar a Alemania, puesto que "allí pagaban buenos sueldos, suficientes para alimentar a la familia".

– ¡Abur…! -le había dicho José Alvear a Gorki, al marchar. Y ahora, en París, estaba en contacto con otros anarquistas españoles que, en conexión con algún que otro "franchute", proyectaban volar trenes o apuñalar centinelas alemanes por la espalda; reteniéndolos únicamente el temor a las represalias anunciadas por Hitler.

A José Alvear le hubiera gustado recibir noticias del Responsable y demás familia; pero, desde la Francia ocupada, le era imposible. Sus relaciones se habían cortado como las de Gorki con Cosme Vila. Las últimas noticias que había recibido de aquél procedían de Venezuela. El Responsable continuaba en Caracas con sus hijas, con el Cojo y demás, y se limitaba a decir que "toda Sudamérica era la juerga padre", que él "lo hubiera pasado en grande con Pizarro o cualquiera de esos tipazos" y, ¡cómo no!, continuaba despotricando, como siempre, contra los comunistas, "los cuales cuando menos lo esperas te liquidan, como le había ocurrido en Méjico a ese pobre imbécil llamado Trotsky".

José Alvear levantó la moral de Antonio Casal, ex jefe socialista gerundense, íntimo amigo de la Torre de Babel. Mucha falta le hacían a Casal palabras de aliento desde que Julio García se había marchado de París.

– Anda, no seas mameluco -le decía José Alvear-. Ese Hitler de la rehostia acabará perdiendo. ¿No ves el lío en que se ha metido? ¡Rusia…! Ni que fuera Andorra… Le van a dar una que pa qué… ¿Tú sabes de alguien que haya copado a Rusia? Menda no… Ni siquiera Stalin. Además… ¿te has fijado en esos teutones? ¡Menuda facha! Se pasan el día sacando fotos de la Torre Eiffel e invitando a las midinettes… Te digo, Casal, que no tienen eso que han de tener los hombres: iniciativa particular… Son la Aritmética, te lo juro. Aquí le das el mando a la Federica Montseny y, en vez de irse a Grecia o al desierto ese de África, hubiera cruzado a nado el Canal de la Mancha y se hubiera ido directamente a romperle la crisma a Churchill, al míster. Y se acabó. Y si te he visto no me acuerdo. Eso era lo normal… y lo estratégico. Ahora en Rusia… ¡la reoca!

Antonio Casal sonreía con escepticismo.

– Todo eso es muy bonito… Y te expresas muy bien. Pero recuerdo que también hablaba así Porvenir cuando se fue al frente de Aragón con la columna Durruti… "¡Pasado mañana, Zaragoza es nuestra!". Y aquí estamos todos…, incluyendo a la Federica Montseny. Y en Zaragoza, la Virgen del Pilar. Y los alemanes, los amos… Los amos, incluso de las midinettes…

Washington, 1 de julio de 1941.

Queridos amigos Alvear: Sólo unas líneas para que sepáis que Amparo y yo estamos bien y para daros nuestras nuevas señas: Imperial Hotel, Washington, DC-USA.

¿Cómo estáis? Recibimos la participación de boda de Pilar. Imaginamos que será feliz… y acaso esperando ya la cigüeña… ¿A que sí?

Hubiéramos querido mandarle un obsequio -por aquí venden cosas preciosas-, pero ¿cómo hacerlo? Los barcos, como sabéis, se dedican desde hace tiempo a transportar otro tipo de regalo…

Esta ciudad es muy hermosa, con muchos árboles y muchos edificios antiguos. Abundan los negros, pero también hay gente fina. ¡Deberíais oírme hablar inglés! Se me da bien. En cambio, Amparo, que en París sólo sabía decir pardon, aquí hace lo mismo: sólo sabe decir: okey.

No he recibido ningún periódico ni revista de Gerona… O no los habéis mandado, o se han perdido por el camino. Lo lamento mucho. Me divertían horrores, sobre todo las Hojas Parroquiales que Matías metía entre página y página, con ese Consultorio Moral que imagino era obra de mosén Alberto. Por cierto, ¿ha publicado ya Amanecer mi sentencia? Me refiero al expediente abierto contra mí por el Tribunal de Responsabilidades Políticas…

Ignacio… ¿qué tal? Sé que terminaste la carrera. ¡Enhorabuena! Pero, dime. ¿Y Marta? ¿Os casasteis ya? Anda, apresúrate… Amparo asegura siempre que el estado ideal del hombre, que el estado okey, es el matrimonio.

¡Cómo pasa el tiempo…! Más de dos años ya que faltamos de Gerona. Y estamos otra vez en pleno verano: Imaginamos que la Costa Brava estará llena de bañistas… y de guardias civiles.

Bueno, ha llegado la hora de poner punto final. A ver si un día termina esta guerra y podemos volver a vernos. Entretanto ponedle una vela a San Narciso para que nosotros sigamos prosperando, igual que vosotros. Recibid un sombrerazo fraternal de JULIO GARCÍA

Repito las señas: Imperial Hotel. Washington, DC-USA.

CAPÍTULO LIX

La vida continuó en Gerona. Los que se habían marchado a Rusia habían dejado tras sí un halo romántico o dramático, según las circunstancias de cada cual. Pero la vida continuaba, a ritmo un poco lento, debido al calor. El calor se apoderó de nuevo de la ciudad. Gotas de sudor perlaban las frentes. La gente se aireaba con el pañuelo y doña Cecilia manifestaba su nostalgia por la época en que las mujeres usaban el abanico, "Aquellos abanicos…, con aquellos motivos tan preciosos…, con aquel varillaje precioso también… El abanico era un gran adorno para la mujer. ¡Debería salir un decreto que lo declarara obligatorio!".

La ola de calor dispersó, como siempre, a los ciudadanos que podían permitirse el lujo de veranear. La Organización Sindical soñaba con el día en que todos los "productores" pudieran disfrutar de sus vacaciones pagadas en buenos albergues en el mar o en la montaña; pero de momento las posibilidades eran escasas. Los Campamentos Juveniles volvieron a funcionar, eso sí. Por algo se decía que el Frente de Juventudes era "la obra predilecta del Régimen". Y uno de esos Campamentos, el de Aiguafreda, de la Sección Femenina, se llamó este año "Campamento División Azul".

Fueron varias las familias que se marcharon de Gerona en busca de aire, de bosque y de agua. El notario Noguer, observando aquel despliegue, recordaba los veranos de antes de la guerra, cuando el paro obrero hacia estragos y los hombres se sentaban en las aceras, la espalda reclinada en la pared y la boina o la gorra caída sobre los ojos. Parecían estatuas… a punto de ponerse en pie. Daban miedo. Uno tenía la impresión de que en cualquier momento se levantarían todos y empezarían a disparar… como así ocurrió.

Ahora eran pocos los que se sentaban en las aceras. El paro obrero no existía y los hábitos -era preciso reconocerlo- se habían modificado. A la noche se organizaba alguna tertulia en las puertas, o en los vestíbulos, sobre todo en las calles poco céntricas. Pero sin boina ni gorra que ocultara los ojos. Los ojos eran visibles y ello resultaba una bendición de Dios. 'La Voz de Alerta' y Carlota se fueron a Puigcerdá, a la mansión que poseían allí los padres de la "alcaldesa". Antes de marchar, Carlota fue a la consulta del doctor Morell. La mujer quería tener un hijo y, habida cuenta de que de momento no llegaba, quiso someterse a reconocimiento. El doctor Pedro Morell no descubrió en el organismo de la condesa Carlota nada anormal.

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